Revista Cultura y Ocio

Vértigo – @Patryms

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

“… Cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
            o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
                                              Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.”
(Jaime Gil de Biedma)

Cinco y cuarenta y siete. Joder, que frío hace y eso que no he salido de la cama… El aire helado me raspa la punta de la nariz, esperando que el edredón deje de esconderme. Vamos, susurra, o no llegarás.

Una ducha rápida, un café con leche demasiado caliente y a la calle. Marzo ha llegado a lo loco, destemplado, muy tarde y frío como la culpabilidad.

La ciudad a estas horas tiene la misma vida que las plantas, que sí, están vivas, pero a su ritmo, en su tiesto y con la tierra y las raíces sin compartir. Así va la gente: dormidos, ausentes, con la música más dentro de su cabeza que fuera y la lista de la compra mezclada con los pañuelos usados. Bocas tapadas, párpados hinchados, prisas, mocos y cosas por hacer.

Es hora punta pero la estación no parece reaccionar.

De vez en cuando me cruzo con alguna mirada que cae a las vías y sigue su recorrido al contrario, mientras la mía recrea y coloca gente que hoy no está aquí. Aquella pareja a dos metros que discutía qué tren coger, esa mujer despeinada a la que se le veía por el bajo del chaquetón la bata azul de asistencia a domicilio, aquel chico rubio que pesaba menos que los tres libros que intentaba sujetar con sus pequeñas manos heladas… No quiero pensar dónde estarán y no dejo de soñar con que estén lejos de aquí.

Joder, que frío. Me tiembla todo el cuerpo al unísono del crujir de las vías. Ha llegado el tren. Dos pitidos, se abren las puertas, tiemblo, exhalo, el aire me congela al aspirarlo, tiemblo, no me responden las piernas, “¡¡perdón!!” grita una chica al chocar con mi estatua corriendo para subir al tren, tiemblo y subo.  Dos pitidos más, puertas cerradas.

Me castañean los dientes y las rodillas con descompás. Huele raro. El tren va lleno y nadie parece darse cuenta. Voy esquivando mochilas, bolsos, sombras, pies. Uno, dos, tres… doce, quince, veintisiete, treinta y tres… vamos demasiados en el vagón. Demasiados, desconocidos. No me atrevo a mirar a los ojos a nadie, tampoco sé si querría verme reconocido en otros ojos abiertos y fijos en mí.

Respira… respira conmigo… Es la voz de Hugo la que me susurra.

Cuando mis nervios, el terror o el rencor se apodera de mí, aparece su voz calmada pegada a mi oído. Miro el vagón desde el fondo; se me hace infinito y agobiante, la puerta está demasiado lejos y es pequeñísima, las ventanas son frágiles e insalvables. Y hay demasiada gente aquí. Aquí, tan lejos.

4383 días dan para mucho. Dan para sentarse a mirar el abismo que habita dentro de ti esperando a que termine de comerte, para desgarrarse la piel y secarse las lágrimas a base de arrancarse la costra a dentelladas y coserse la herida, para enfadarse con el mundo y su ritmo y golpearlo hasta sangrar gritándole por qué; por qué te olvidaste de mí, por qué no recuerdas que día es hoy, por qué sigues como si nada. Dan para levantarse y huir, para lamerse la culpabilidad de hacerlo. Dan para tirar la toalla y recogerla al día siguiente, ducharse, y volver a empezar.

Hace 4383 días mi despertador sonaba algo antes de las seis de la mañana. No era mi horario habitual pero no importaba. Aquel iba a ser un buen día, como decía Machado, en el buen sentido de la palabra bueno.

Tenía gestiones que hacer. Ni importa ni importaba que era aquello tan importante que me hacía madrugar; después, iba a darme el lujo de tener un día libre en Madrid.

Yo, que me encantaba la música sin saber cantar, tocar o bailar, que me apasionaba el arte sin saber coger bien un lápiz y salpicando demasiado con el pincel, que me olvidaba de por donde había venido si me iba fijando en la arquitectura o en la naturaleza a mi paso, que me apasionaba la historia sin ser capaz de recordar sin mezclar las fechas… iba a regalarme un día entero y sin reloj. El Prado, el Retiro, el Museo de Cristal, el Teatro de la Zarzuela… incluso el Museo Nacional de Antropología.

Cuarenta y siete minutos de trayecto que estaba acabando. Luego tardaría un par de horas como mucho y… No llegamos.

No recuerdo que pasó. Mi memoria sólo es capaz de ver la punta de mis converse cubiertas por el bajo del vaquero descosido y desgastado que llevaba. El estruendo llegó antes del temblor y después, nada.

Me cuesta abrir los ojos, me pican y además están pegajosos. Me duele todo el cuerpo. Intento mover los brazos pero los cristales que me cubren hacen acto de presencia clavándose más en mi brazo y mi costado. Tampoco puedo mover las piernas, tengo algo encima. Algo y a alguien. Me cuesta respirar. ¿Estoy respirando? Tengo el pecho comprimido y no puedo coger aire, si se le puede llamar aire al hollín espeso que cubre el techo del vagón. Dios… No me puedo mover, tengo a alguien encima y no sé si está bien.

Por favor, por favor, por favor… ayuda…

Me cuesta respirar, y estoy chorreando. Lágrimas y sangre mezcladas. ¿Mías? No me puedo mover, tengo cascotes encima y dentro de mí y la persona que me aplasta no contesta.

Por favor, por favor, por favor… ayuda…

Se ha roto el silencio y se ha parado el tiempo. Escucho gemidos y no escucho nada… Gritos al fondo y abandono. Vacío y llantos débiles. Hierros retorcidos, olor a quemado y cuerpos. No puedo ver, no puedo respirar. Entra demasiada claridad desde demasiado lejos y todo está oscuro. El techo cubierto de humo y al final, luz.

Me mareo. Tengo la boca pastosa y todo me sabe metálico y a sangre. Tengo miedo, frío. No puedo ver, no me puedo mover, no me llega aire…

La voz de Hugo me despertó. Susurraba tan cerca de mi oreja húmeda que su aliento me hizo sentir frío. No podía abrir los ojos pero ya no sentía la opresión en mi pecho. Ruido de fondo y Hugo.

“Ey, ¿me oyes? me llamo Hugo. Vamos a sacarte de aquí, no te preocupes, no llores, me voy a quedar contigo, te vas a poner bien…”

Sus manos recorrían mi cuerpo y yo, que no sentía nada y todo me dolía, notaba cada uno de sus dedos palpándome. Los brazos, el cuello, la cintura, las piernas… Ya no sentía peso encima de mí pero aún me costaba respirar.

Respira… respira conmigo…

Dicen que lo primero que olvidamos de las personas es su voz. Yo no recuerdo la cara de Hugo, si es que alguna vez la vi, ni sé a qué se dedicaba aquel día en que me salvó. No sé dónde o qué tal estará, ni si pude darle las gracias.  Pero recuerdo perfectamente su voz.

Hemos llegado a la Calle Téllez. Han pasado ya las 7:36 de la mañana. Ha pasado un minuto al siguiente, un metro más de vía, un vagón y después otro. La gente se revuelve y se mueve. Nadie mira el reloj, son las 7:39. Estamos llegando, nada más.

Los aniversarios son lo que tú quieras que sean. Cada día puede ser un aniversario. El día que conociste a alguien, el día que te pasó tal cosa, el día que dejaste de hacer algo o empezaste a hacer.  El día que todo acabó o que empezó todo… El día que te pasó a ti.

Pitan las puertas antes de abrirse. El filo y el andén. Qué vértigo.

2050 personas no nos bajamos del tren hace doce años. Los que salimos, los que se quedaron esperando a quién ya no bajó, los que entraron a buscarnos… Todos tenemos un sitio en el tren. Somos el tren y no somos los mismos.

Hoy me he subido de nuevo. No es la primera vez desde aquel día que me subo en un tren, pero hoy he cogido ese tren. Es día once de marzo y es la primera vez que celebro en un tren mi nuevo cumpleaños.

Tengo una cicatriz de catorce centímetros de la frente a la oreja porque un proyectil me partió el cráneo, tres operaciones, cortes, quemaduras y cicatrices aún por todo el cuerpo, el pecho cosido por un neumotórax, subidas, bajones, lagunas, un sofá sujetapenas, un par de discos salvavidas, algunos miedos más de los que me gustaría permitirme y demasiados libros que aún no he podido leer.

Me espera Madrid. El Prado, el Retiro… quién sabe si el Museo Nacional de Antropología y he conseguido bajarme del tren de Atocha.

He dejado de creer en muchas cosas, pero no he dejado de creer en vivir, ni de escuchar la voz de Hugo.

Respira… respira conmigo…

Hoy va a ser un buen día. Como decía Machado, en el buen sentido de la palabra bueno.

In memoriam. 11 de Marzo de 2004
[ Brian Crain – Wind ]

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