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Víctimas y verdugos

Publicado el 30 mayo 2022 por Delaflor
Víctimas y verdugos

Relato presentado para la antología

Visiones 2022; Mundos Sostenibles

Pórtico aefcft

 

Año 2022


   Las noticias sobre el estado del planeta son desalentadoras. El 80% de la basura que llega a los océanos son plásticos de distintos tipos. La contaminación por fármacos alcanza a ríos de todo el mundo, y una cuarta parte de los ríos que se analizaron en Europa, los más contaminados eran los de Madrid, España. De 269 ríos pertenecientes a 104 países analizados, sólo dos lugares no tenían ningún tipo de polución. Estudios psicológicos avalan que la contaminación ambiental afecta a la salud mental de la población. Científicos alertan por contaminación lumínica. Satélites podrían perturbar las mediciones y la búsqueda de asteroides peligrosos para la Tierra. La ONU alerta de las grandes amenazas planetarias que suponen los incendios forestales, cada vez más frecuentes, y la contaminación acústica de las ciudades, que afirman, pueden tener efectos devastadores en la salud humana. Los zoológicos se ven forzados a usar tecnologías criogénicas para congelar sus muestras genéticas y salvar a animales en extinción. Contaminación atmosférica, desertificación, mareas de plásticos en el mar, montes arrasados por el fuego, vertidos de petróleo en el océano, deshielo de los polos, contaminación de ríos. En definitiva, los humanos somos una plaga sobre la Tierra.

Año 2030


   Greta cada vez se encontraba peor, todo había degenerado tan rápido que era imposible encontrar algo de comida que no estuviese contaminada, y del agua del grifo, mejor ni hablar. Cada día se despertaba con dolor de cabeza y, en el trabajo le costaba un mundo concentrarse. Últimamente se le dormían los pies y las manos y eran más frecuentes los episodios infecciosos. Ya podía ser conjuntivitis en los ojos, llagas en las encías, ardores de estómago, cistitis o cualquier cosa. El clima, cada vez más insoportable, caluroso y seco hacía que su piel se viera sin brillo y cuarteada. De nada le servían las cremas hidratantes o los aceites corporales, pero ella no era la única. Toda la gente de su alrededor sufría los mismos problemas de salud y, era imposible que te diesen cita en el hospital o en el ambulatorio para antes de doce meses y, entonces, todo el mundo dejaba ya de intentar acercarse al médico y optaban por automedicarse, con lo que muchos en lugar de mejorar, agravaban aún más sus dolencias. 

  

   Aquel lunes, Greta no había ido a trabajar. A las nueve de la mañana nadie la había visto entrar en la oficina y su escritorio permaneció vacío toda la mañana, tampoco recibieron ninguna llamada por parte de ella para decir por qué se había ausentado de su puesto de trabajo. El jefe estaba muy enfadado y le dijo a Maika que la llamase para que le diese alguna contestación convincente de por qué no estaba trabajando, y que si no le gustaba lo que le tenía que decir, iría derecha a la cola del paro. Pero su mejor amiga no pudo hablar con ella por más que lo intentaba. Si no quería quedarse ella también sin trabajo, su misión aquella mañana era la de contactar con Greta. Aquel déspota que tenían como jefe sabía que el mundo laboral estaba cada vez más difícil con tanta digitalización, y que mandarlas a la calle supondría literalmente para ellas tener que vivir debajo de un puente. 

—Maika. Ven aquí ahora mismo.

—Sí señor Ruibarbo. 

—Como veo que has sido incapaz de contactar con Greta por teléfono, ve a su casa a ver qué pasa, y no vuelvas por aquí si no es para decirme que su ausencia se debe por causa de fuerza mayor, o sea, que ha muerto mientras dormía y por eso no pudo levantarse de la cama. ¿Queda claro? 

—Sí señor... —contestó Maika conteniendo las lágrimas. 

—Pues venga, que mi tiempo es oro. 

   Maika se subió a un autobús abarrotado de gente donde el calor era insoportable, su traje la oprimía de repente, su blusa debajo de la chaqueta se le pegaba al cuerpo por el sudor, y al llevar falda con medias, la sensación de la fricción de los materiales le producían dentera. Aunque estaban en marzo, era como si estuviesen ya en julio, cada año las temperaturas subían y hacía más calor. La gente sudaba a mares y se quejaba porque el aire acondicionado no funcionaba. El conductor les decía que se callasen, que él era un simple trabajador y que no era su asunto, que pronto aquella línea pasaría por una modernización y pondrían un nuevo modelo de autobús sin conductor, y ahí sí que no tendrían a nadie a quien culpar de sus desgracias. Tras cinco paradas, Maika se hizo camino casi a empujones para llegar hasta la puerta y poder bajar en la siguiente, cuando de pronto, una mano le apretujó el cachete izquierdo de su trasero. Su reacción fue quedarse paralizada, era la primera vez que le ocurría algo así. Las puertas se abrieron y bajó entre una marea de personas a la acera, entonces se giró y vio como un hombre la miraba con una mueca perversa y los ojos enrojecidos, su boca salivaba, y una sensación de asco golpeó la boca de su estómago, haciendo que vomitase el café de la mañana, pero a nadie parecía importarle, la sociedad era cada vez más egoísta e incluso agresiva.  

   Maika anduvo tres calles y llegó al portal de Greta. Llamó un par de veces al interfono pero no recibió contestación alguna, entonces sacó las llaves y abrió ella misma. Ambas tenían las llaves de sus portales y pisos, ya que solo se tenían la una a la otra en Madrid. Greta y ella se conocían desde niñas, pues eran del mismo pueblo de Cáceres y se habían ido a vivir a la gran ciudad en busca de su futuro, pero en vista de los resultados, quedaba claro que no había futuro en ningún lado. El piso estaba completamente a oscuras y en silencio. Encendió la luz del pasillo y la de la cocina, los platos de la cena estaban en el fregadero sin lavar. Ni rastro de un posible desayuno. Apagó la luz de la cocina y salió de nuevo al pasillo. 

—¿Greta? —nadie contestó. 

   En el lavabo había un charco de pis en el suelo, debía ser de Greta, porque su amiga no tenía ni perro ni gato que se pudiesen haber meado. En el comedor, una silla estaba tirada en el suelo, la que quedaba entre la mesa y un aparador. Había que atravesar esa salita por ahí para llegar desde el pasillo hasta el dormitorio. La puerta estaba abierta y la televisión encendida. Maika, extrañada pero algo más calmada, pudo ver que su amiga estaba en la cama. Sin encender la luz para evitar molestarla por si dormía, apagó la televisión y subió la persiana con cuidado. Como hacía tanto calor, Greta llevaba solamente una camiseta de tirantes y unas braguitas para dormir. Maika supo que el charco de orín efectivamente era de ella. 

—Greta... —susurró Maika —¿cómo estás? El jefe está muy cabreado —pero la chica no contestó ni se movió.

   Maika empezó a ponerse nerviosa. Su amiga estaba completamente lívida y fría, parecía estar muerta, pero ella jamás había visto a una persona muerta cara a cara. La agarró por los hombros y la zarandeó suavemente mientras le decía que se despertara pero, Greta no reaccionaba. En un intento por comprender, Maika apoyó su oreja sobre el pecho de Greta en busca de su corazón, pero nada parecía latir ahí debajo. Un llanto desgarrador inundó la habitación, Maika abrazó a su amiga, incorporando su cuerpo inerte como si estuviese sentada y empezó a llorar sin consuelo meciendo a la chica, como si se tratase de una madre llorando con el cadáver de su bebé. Estuvo así durante un cuarto de hora, superada por los acontecimientos, llorando e hipando con una gran pena y desconsuelo. De pronto notó como el cuerpo de su amiga se agitaba entre sus brazos y, secándose los ojos con el reverso de la mano, no podía creer que Greta estuviese finalmente viva. A lo mejor, pensó, había sido solo un desvanecimiento, y ella, sin nociones de medicina, lo había interpretado mal. 

—¡Greta, qué alegría! ¡Estás viva! Me importa un pimiento si el imbécil de Ruibarbo nos manda a la calle. ¿Greta qué te pasa? ¿Qué haces? ¡Greta! ¡Greta! ¡Gretaaaaa! 

   Pero Greta tenía los ojos blancos como si tuviesen cataratas y, su boca empezaba a salivar. Con una rapidez inhumana se abalanzó sobre Maika y la mordió en plena cara. La chica, intentó apartarla y las dos rodaron cayendo al suelo, le dio una patada a una Greta poseída por no sabía qué, pero esta la agarró por el tobillo y la mordió en el gemelo. Como pudo, Maika salió corriendo del piso. Al bajar a la calle, las personas no entendían y se apartaban de ella con rechazo en lugar de ayudarla, aún viendo que estaba herida y cojeando. Como en la huida, no había cerrado la puerta, Greta había salido detrás de ella y, lo primero que hizo al pisar la calle fue lanzarse encima de un niño de cuatro años que iba de la mano de su madre. Enseguida se desató el caos en la ciudad. Una epidemia de no muertos se extendía con gran rapidez por Madrid y sus poblaciones cercanas.


Año 2035


   Los gobiernos mundiales no pudieron hacer nada para parar la pandemia. Al principio, intentaron controlarla encerrando en casa a la población imponiendo cuarentenas pero evidentemente, no funcionó. Muchas decisiones y gestiones priorizaron el dinero sobre las vidas humanas. Además, muchas personas ocultaron su infección por temor a no poder volver a estar con sus familias y la extendieron sin remedio. La sociedad estaba dividida, algunos asustados, otros sin miedo a nada y dispuestos a saltarse la ley. Los contagios se propagaron por todos los continentes y, la ley marcial establecida en la mayoría de países no sirvió para nada. Muchos pasajeros viajaron en barco y en avión aún sabiendo que estaban infectados y se callaron, expandiendo así la muerte y destrucción por todos los continentes. Al principio todo sucedió muy rápidamente, los vivos morían y volvían de esa muerte convertidos en zombis hambrientos, deseosos de comerse a otros humanos vivos, que a su vez morían y se convertían, haciendo que la rueda de muerte girara sin parar. Luego, aunque se ralentizaron los contagios, más que nada, porque cada vez quedaban menos vivos y la tasa de natalidad estaba bajo mínimos, los sobrevivientes también seguían muriendo por otras enfermedades, contagiosas o no, por accidentes o por imprudencias e incluso por asesinatos. 

   Aunque ellos no lo sabían, Armando, Rosa, Mary Anne, Nathan y Nicole, eran los últimos humanos vivos en todo el planeta. Armando y Rosa, tras su boda, estaban visitando a sus primos en Tampa, Florida, cuando todo comenzó cinco años atrás y no pudieron volver a su México natal. Mary Anne y sus mellizos adolescentes, Nathan y Nicole, vivían en Charleston, Carolina del sur. Los dos primeros meses se quedaron encerrados en casa. No se atrevieron a salir desde que vieron a su vecino, el señor Monroe, comerse las tripas de John, el marido de Mary Anne delante de su casa. Subsistieron con la comida que tenían en la despensa. Luego, no tuvieron más remedio que aventurarse a salir. Vivieron muchas situaciones que jamás se les podría haber pasado por la cabeza cuando sus vidas podían considerarse como normales. Tuvieron que vérselas con los no muertos más de lo que a ellos les hubiese gustado, pero también con los vivos que no venían con buenas intenciones precisamente. Las personas se volvieron más egoístas y agresivas, y sin leyes, el mundo era un campo de batalla. Conocieron a Rosa y Armando en Atlanta, cuando todos formaban parte de grupos más numerosos. Poco a poco las bajas les fue reduciendo hasta los cinco que eran en la actualidad. Ahora se encontraban en algún punto indeterminado de Maine. 

—Hace mucho tiempo que no hemos visto a nadie, aparte de a los podridos —dijo Nathan atusándose el flequillo. 

—¿Y qué? —contestó su hermana. 

—¿Y si somos la única humanidad sobre el planeta? 

—La verdad, —dijo Mary Anne— es que me da igual. Llevamos cinco años batallando, ¿y para qué? Vivamos lo que tengamos vivir. Ya veremos si encontramos a más sobrevivientes, este país es muy grande. 

—Amén señora —dijo Armando mientras Rosa le cogía la mano a modo de aprobación. 

   Los cinco estaban alrededor del fuego comiendo un par de conejos que habían cazado unas horas antes, contando historias alrededor de la fogata como solían hacer y estaban tranquilos porque no se habían cruzado con ningún zombi en los últimos cinco días. Aún así, se turnarían para las guardias, como siempre. Alguien se quedaría vigilando mientras los otros durmiesen. Todos acordaron que Rosa hiciese la primera guardia. No se oía ni un ruido y el calor de aquella noche de agosto era bochornoso. Con todo en silencio, Rosa empezó a recordar cómo había conocido a su marido en su Sonora natal, en la fiesta de sus quince años, cuando Armando venía acompañando a su prima Marina, la cual era la mejor amiga de Rosa. Él, a sus diecisiete años, era un apuesto joven vestido con un elegante traje azul, casi del mismo color que su propio vestido de princesa. Hacían una bonita pareja y desde ese día, siempre estuvieron juntos. Sin darse cuenta, Rosa cayó dormida mientras soñaba con aquella fiesta. De pronto, se despertó chillando de dolor. Un no muerto se había abalanzado sobre ella y la había mordido dos veces, estaba masticando un trozo de carne que le había arrancado del brazo. Otros dos zombis habían atacado a Armando y a Nicole. Nathan y Mary Anne intentaron apartarlos pero, cuatro podridos más aparecieron de entre los árboles y aunque, pudieron acabar con dos de ellos, se encontraban en clara desventaja y al final, todos ellos fueron infectados y se convirtieron en muertos errantes, dejando ahora sí a la Tierra, sin ningún ser humano vivo. 


Año 2075


   Después de cuarenta años sin humanos y de treinta sin zombis que pudiesen alimentarse de más humanos vivos, el planeta fue recuperándose poco a poco. Las carreteras habían desaparecido prácticamente cuando la vegetación se abrió paso entre sus grietas. El metal de las construcciones se había corroído y nuevas especies de animales aparecieron en los nuevos ecosistemas de las ciudades, en las que ya no habitaban aquellos humanos que les hubiesen echado o exterminado. Los animales que estaban al borde de la extinción, se salvaron de desaparecer por la acción del hombre, y eran libres de pasearse por el mundo. El aire volvía a ser puro, libre de pesticidas y otros productos químicos. Los ríos, mares y océanos respiraban por fin aliviados, aunque los plásticos tardarían unos mil años en descomponerse del todo en la naturaleza. 

   El Homo sapiens, a fin de cuentas, fue víctima y verdugo de su propio destino.


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