
Douglass ya demostraba una lucidez adelantada para su tiempo. A pesar de recibir los latigazos, los correctivos y las vejaciones de los amos blancos que le aseguraban su inferioridad, algo en su interior le decía que aquello no podía ser verdad. Que la superioridad racial tenía que ser una falacia producto de la ignorancia y la más pura de las prepotencias.
Y sus sospechas se confirmaron cuando aquella mujer (blanca) le enseñó a leer. Aún sabiendo que traspasaba las leyes políticas, sociales y hasta morales de su época, que corría un riesgo que podría conducirlo incluso a la muerte, Douglass apostó por vencer y convertirse en un aclamado abolicionista que no cejó nunca en su empeño de formarse, superarse y luchar contra el racismo más exacerbado.

Así es como surgió esta historia contada por él mismo. En Vida de un esclavo americano, el autor sorprende por la perspicacia de sus observaciones, por la franqueza de su narración, por la crudeza de sus escenas. De este testimonio no solo asombra el nivel cultural de un hombre que vivió presa del oscurantismo durante mucho tiempo, sino también la crítica contundente hacia el sinsentido de la esclavitud. En este sentido, Douglass no teme señalar a quienes se refugiaban incluso en la palabra de un Dios que, según ellos, legitimaba una de las prácticas más aberrantes de la historia de la Humanidad.
Así que aquí os presento este imprescindible de la literatura norteamericana (que por cierto descubrí gracias a El blog perdido de Laura) por si, como yo, queréis mirar una vez más hacia el pasado y, de este modo, reflexionar sobre y desde el presente.
