Revista Sociedad

Yo no ronco

Publicado el 08 noviembre 2013 por Nicolau Ballester Ferrer @ColauBallester

Después de unos pensamientos muy poco serios, he decidido finalmente dedicarme a la filosofía de calidad. Este magnífico ensayo plantea de una manera ontológica o antológica, como prefieran, la estética del roncar. Dejar de roncar es, simplemente, proponérselo, sino lean lo que decía Nietzsche al respecto: “Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos”.
La siguiente historia está escrita en tono masculinista —el que ronca es el hombre—, pero perfectamente se le podría aplicar un tono feminilista en la que quien roncara fuera ella. Por lo dicho, pretendo quedar exento de dudas sobre tendenciosas  referencias de género (sexo).
Yo no ronco
—Buenos días, rey mío: has roncado esta noche.
—¡No me digas! Pues debe ser que he dormido en posición de decúbito supino (de espaldas. Es que cuando estamos enamorados tenemos estos excesos lingüísticos, entre otros excesos) o del vinito que tomamos ayer: tengo la voz de cazallero. Porque yo, normalmente, no ronco.
—No te preocupes, amor, no me ha molestado; me he vuelto a dormir enseguida.
Esta pareja está enamorada y sus palabras, además del tono melifluo habitual, no pasa de una inocuidad aparente a la par que inocente. El espíritu de las frases no es el literal, y esto, de lo cual no se ha dado hoy cuenta la pareja, les pasará factura en el futuro. La primera frase en realidad lleva escrita en sus espacios vacíos la preocupación de la dama: «justamente, con lo encantador que es y lo que le quiero: ¡ronca! Supongo que es lo que él dice, pero como siga así vaya futuro nos espera». La respuesta de él es tan patética como falsa. En realidad él quería decir: «sí, ronco como un cerdo desde hace años, pero nunca nadie me ha dado el coñazo puesto que no he dormido con nadie que se despierte a medianoche y se entretenga en marcar el compás de mis ronquidos. La próxima vez lo que tiene que hacer es despertarme y verás si le daré ronquido. Por todas partes». Finalmente ella le quita hierro al asunto, y también miente, puesto que sí le ha molestado y no se ha dormido enseguida, sino que ha tenido tiempo para pensar en la miseria humana del hombre cuando se quita los Hacketts, la Façonnable y las Camper, y se le escapa un conato de apacentamiento de criadillas que espera que pase desapercibido. Mientras que ella, más pudenda y previsora, se va al baño para adecuar su bisectriz.
La cama es el reducto de la intimidad. El aroma de Chanel mengua en la misma proporción en que va aumentando el de los humores corporales y otros menos feromónicos que en alguna ocasión se escapan por rendijas que creíamos estancas. Posturas no habituales. Son síntomas de relación real,  como otros bien conocidos que aparecen en mitad de la noche, o justo cuando esta empieza, y suscitan ruidos que pueden llegar a ser molestos para el oyente. De hecho, siempre que hay un oyente son molestos.
Con el tiempo, la pareja va ganando consistencia, experiencia y menos miramientos: «¡Roncas! ¡Tienes que hacer algo!» Es el primer ataque serio y frontal a la evidencia. Cuando la pareja –ella– tiene que levantarse a las siete de la mañana y a las cinco está dando empujoncitos o haciendo sonidos onomatopéyicos con la boca emulando la llamada a las gallinas, se da cuenta de que tiene que tomar medidas de choque urgentes, y se dirige al sujeto activo –o sea, tú– para que concluyas tu festival onírico-sonoro de una vez, para siempre, y ya.
El primer paso es ir al médico. Vas al otorrinolaringólogo: ¡Craso error!
—Doctor, ronco.
—¿Se despierta por las noches sin poder respirar? ¿Se siente cansado durante el día? ¿Se duerme conduciendo? ¿Fuma? ¿Toma habitualmente bebidas alcohólicas? ¡Tiene sobrepeso! Buenoooo… Hay que reducir peso, de fumar ni hablar, y no duerma de espaldas: cósase una pelota de tenis al pijama en la espalda, así nunca estará bocarriba. Seguro que mejora. Si no fuera así, habría que pensar en la cirugía.
—¿Cirugía?
—Sí. Es una operación sencilla se quita piel sobrante del paladar, campanilla incluida (úvula en ininteligible lenguaje médico), amígdalas y alguna rectificación nasal si hubiera desvío de tabique. No se preocupe, existen sistemas láser y quirúrgicos tradicionales muy avanzados.
—¿De pago?
—Sí. Tenga en cuenta que este tipo de operaciones no son incluidas por las compañías en sus pólizas.
Volvemos a casa dispuestos a sacrificar nuestra existencia: «¿Fumar?, no lo dejaré, pero procuraré fumar un poco menos. ¿Beber?, no tomaré destilados, solo cervecitas y vino. ¿Peso? Sí, tengo que adelgazar. A partir del lunes ensaladitas y saldré a correr, pero ¿cuándo?, no tengo tiempo. Bueno quizás con el régimen baste. Ahora, lo de la pelota sí que no. Ya me cuidaré yo de no dormir de espaldas».
Primer intento fallido. Sigues gruñendo a un buen nivel toda la noche. Llegan las primeras discusiones ya que ella te sigue reprochando sus desvelos y tú argumentas que haces lo que puedes. Ahí empieza la segunda fase: los remedios surgidos del «tengo un amigo que…», «he leído en internet…», «a mi hermano le pasaba lo mismo y…», fracasos uno detrás de otro: ¡Nada sirve! El enamoramiento subyuga hasta cierto punto, pero superado éste, ni amor ni gaitas: «¡Quiero dormir!»
Ya estás dudando si trasladarte a otra habitación u operarte, o ambas cosas. Ninguna de las dos es descartable. Ya no está el horno para bollos: la máquina de reñir, de reprochar, ahora con ojeras, no te dejará dormir. Hasta tal punto que alguna noche te tengas que marchar a dormir con los niños o al sofá de la tele, el de las siestas.
En un momento de lucidez, piensas, reflexionas y, finalmente razonas, y la razón te dice que si el problema es el ruido, con unos simples tapones en los oídos de la oyente el tema estará solucionado. Se lo comentas a tu pareja. «¡Ah, no! no oiría el despertador, además los tapones no eliminan todo el ruido y con el que tú haces… No. No es la solución, amor mío. O te operas o te trasladas a la habitación de invitados (que todo el mundo tiene una en su casa)».
Como amas a tu pareja y sientes en el alma que no descanse, puesto que su alegría es la tuya y su indisposición también es la tuya, tomas la decisión: «¡Me opero!» Médico, análisis, declaración jurada, pasta gansa –mucha–. La operación, un éxito: «ya no tendrás más problemas» te dice el médico. Tú, que ya te arrepientes, porque escupes sangre, porque ha subido un tono tu voz que ahora suena más aflautada: «mucho más bonita» te anima tu pareja. Si todo va bien y no se ha formado una gleba de sangre que provoca que no se cierre alguna herida y te llena el estómago de sangre que, al no digerir el cuerpo humano la suya propia, la va vomitando con frecuencia suficiente para que no duermas en toda la noche, hasta que la gleba, en una de las arcadas, se despega y permite cicatrizar la herida.
Al día siguiente comentas la posibilidad de intentar compartir nuevamente el lecho. La pareja accede puesto que para eso te han violado la nariz y la garganta.
—¿Qué tal? ¿He roncado?
—Un poquito, pero mucho más flojo que antes. Esto irá desapareciendo. Qué bien, amor mío, lo has hecho por mí. ¡Te quiero tanto!
No. No irá desapareciendo. Cuando estés curado de la operación, después de la convalecencia, volverás a roncar. Te venden que las tasas de éxito oscilan entre el 50% y el 70%. Optimismo del médico (embaucador). En cualquier caso, a ti te ha tocado el 30% o 50% restante. A los pocos meses vuelves a estar en plena forma y tus ronquidos traspasan muros de carga, no solamente de Pladur.
Vuelves a la habitación de invitados, u otra, pero diferente de la conyugal, y decides que solo no se duerme tan mal y que no vas a tomar más medidas, por lo menos de momento, entre otras cosas, porque no tienes ni idea de que acciones tomar. Priva una relajante y resignada tregua.
Puede suceder, de hecho se dan algunos casos, en que la pareja se rompe y cada uno se va a su casa. Bueno, la mujer se queda y tú te vas. En este caso ya no vuelves a roncar más. No es que roncases por la cercanía de tu pareja, es que ya nadie es testigo de tu sueño y tú el que menos. Sin testigos, se acabó el roncar. El roncador jamás oye el ruido de sus ronquidos: axioma irrefutable.
Pero que poco dura la alegría en la casa del pobre. Te levantas cansado, despiertas alguna vez advertido por tu subconsciente de que te habías olvidado de respirar; te das cuenta que te vas haciendo mayor y ya has perdido la cuenta de los conocidos que se han marchado con un fallo cardíaco –incluso a uno se le paró el corazón entre ronquido y ronquido– y, ahora, sin agobios ni presiones externas, pero ciertamente acongojado, empiezas a indagar sobre la existencia de soluciones serias al problema de los ronquidos y las apneas –te has enterado, por internet, que así se llaman estas pausas en la respiración. Y piensas que si el subconsciente te falla alguna vez y se te olvida demasiado tiempo respirar…–.
Descubres que el especialista al que deberías haber ido la primera vez no se llama otorrinolaringólogo, sino que hay otros a los que se les llama neumólogos que, parece ser, están más duchos en estas lides. Y lo visitas. Después de las preguntas de rigor, te suelta así, como una cosa normal, «tendremos que hacer una prueba del sueño», «¿?» contestas tú. «Es muy fácil. La enfermera te dará hora. Se trata de venir aquí, por la noche, con el pijama –no olvidarse las zapatillas– y marcharse por la mañana –a las 6:00 si tienes que ir a trabajar o a las 6:30 si estás ocioso–».
Te presentas a la hora convenida, 23:15 o 21:30 según vayas a una clínica privada o a una de la Seguridad Social. Una vez puesto el pijama –y las zapatillas, si no las has olvidado. Con pijama y zapatos de calle harías tu papel– te cablean, o sea, te colocan cables por todo el cuerpo –hasta veintiuno– y dos correas –pecho y abdomen–. De esta guisa y la incomodidad que representa arrastrar veintiún cables y dos correas por debajo de las sábanas, debes dormirte, porque van a monitorizar tu sueño para documentar lo que pasa contigo mientras recorres las distintas etapas desde el adormecimiento –ahí crees que no vas a llegar nunca–, el sueño ligero, el sueño profundo, sueño delta, fase REM, y sus alternancias. Por la mañana crees que no has dormido en toda la noche, pero sí, no solo has dormido, sino que has roncado toda la noche. «Le avisaremos cuando tengamos los resultados». Son las 6:15, es de noche y tienes prisa por llegar a casa e irte a dormir.
—Tienes apneas, veinticinco por hora, concretamente, y roncas –aquí el neumólogo no se ensaña en la palabra roncas porque es un profesional y sabe que si estás ahí es, precisamente, por ello–. Pregúntale a tu seguro privado si te cubre la instalación de una CPAP. Para que te la cubra la Seguridad Social debes tener un mínimo de treinta apneas por hora.
—¿?
—Es un apartito, un compresor, que te insufla aire con la fuerza adecuada para que no vibren las membranas del cuello cuando duermes y, por tanto, no ronques ni tengas apneas. El único inconveniente es que tienes que dormir con una mascarilla todas las noches. La enfermera te dará hora para que vengas a hacer la prueba de presión.
—¿?
—Es simplemente pasar una noche aquí, con monitorización y mascarilla conectada a una CPAP para ir regulando la presión y poder establecer el ajuste exacto de la máquina.
Otra noche cableado, con pijama y zapatillas, pero, además, con una mascarilla conectada a un tubo y éste, a su vez a un aparatito con cierto nivel acústico. La mascarilla solo te cubre la nariz, pero si abres la boca te sale aire por todos los orificios del cuerpo. Te da la sensación de que si cierras la boca te vas a hinchar como un globo hasta explotar y dejarlo todo perdido. Se ve que está muy bien pensado, puesto que al dormirte el cuerpo se adapta perfectamente al funcionamiento del artefacto. El secreto, inspirar y expirar solamente por la nariz. Esto no lo descubres en tu consciencia, sino que es tu inconsciente el que ve claro cómo funciona el invento.
—Presión de 9. 
El médico te entrega unos resultados, que entregas a tu compañía de seguros, que entrega, a su vez, a la compañía suministradora y mantenedora de CPAPs. Y van, y te instalan una CPAP y te la gradúan a 9.0 cmH2O –con un par–.
Por fin se acabó el problema del roncar. Te acostumbras desde la primera noche a dormir con la mascarilla, y te anima levantarte descansado, como nunca antes habías hecho. Claro que te imaginas tu aspecto mientras duermes y sabes que no dista mucho de uno de los protagonistas de Monstruos, S.A. Eso, si uno duerme solo, no tiene la menor importancia; si duerme con su pareja, escasa; pero si llevas una amante ocasional, y para dormir sacas el aparato y te colocas la prótesis, aunque le consuele que no ronques, posiblemente sea la primera y la última vez que duermas con ella. Quizás, ni la primera.
Si roncas y tienes apneas, y te causa problemas conyugales o físicos –no son tan importantes como los conyugales, pero también deben cuidarse–, acude al neumólogo e imagínate a Alf durmiendo plácidamente, con un murmullo de fondo como de una rueda de bicicleta que se está deshinchando. ¡Problema resuelto! 
No ha sido exactamente como Nietzsche pensaba, pero sí de una lógica aristotélica de libro.
Colau

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