
Lo más difícil de asumir en la vida son, primero, nuestras contradicciones y después, las de los demás. Yo siempre a veces (2026) es una serie sobre una mujer real: con defectos, que comete errores, que casi nunca acierta y que tendrá que asumir sus contradicciones una y otra vez. La relativa originalidad del guión de Marta Bassols -a la que veremos también como actriz- y Marta Loza es proponer como protagonista a un personaje femenino muy lejos de estar idealizado. Laura, interpretada por Ana Boga, que me parece una revelación, es una joven normal, no especialmente brillante, con un físico no normativo, que fuma, bebe alcohol y se droga, que le gusta estar de fiesta y se enamora ingenuamente de un tipo tan imperfecto como ella, Rubén (David Menéndez), un 'hijo de mamá' egoísta e inmaduro. Es esta pareja la que se nos presenta en el primer capítulo de la serie y, aunque intuyo que el espectador de la misma generación puede sentirse identificado, la idea es que nos parezcan dos descerebrados. Intuición que se confirma cuando Laura se queda embarazada y se convierte en una madre a la fuerza. Los siguientes episodios nos muestran cómo Laura debe lidiar con su nueva situación, lo que la aleja del camino que tenía trazado en su vida -vivía y trabajaba en Berlín- y la devuelve a Barcelona donde se enfrenta al problema de la vivienda, al trabajo precario y a la misión imposible que es la conciliación familiar en España. No solo eso, Laura debe lidiar también con sus padres -Paco Tous y Belén Ponce de León-, con sus compañeros de trabajo y con sus amigues. Todos le dirán a Laura cómo vivir su vida y algunos intentarán ayudarla con escaso éxito. En este proceso vital de Laura, de convertirse en madre, veremos el coming of age de una treintañera, que a pesar de su edad y su independencia seguía siendo una adolescente. Ahora no le quedará más remedio que asumir que sus nuevas responsabilidades limitan su libertad, sus deseos e incluso sus oportunidades de ser feliz, o al menos, de alcanzar lo que ella pensaba que era la felicidad. Todo esto se cuenta en cinco episodios -tras el prólogo- que nunca intentan dar lecciones morales ni criticar esas problemáticas que todos conocemos, sino contar la historia de este personaje, las cosa que le pasan, los problemas en los que se mete, con mucho amor y más de una digresión que se sale de la posible agenda de temas sensibles, lo que se agradece. El guión es francamente inteligente y la producción corre a cargo de los Javis, lo que sigue siendo sinónimo de calidad, frescura e incluso algo de riesgo -y de una serie de temas progresistas-. Detrás de la cámara encontramos a las dos Martas, y a realizadoras como Claudia Costafreda y Ginesta Guindal, que imprimen ese estilo de cine indie que vemos en muchas series de los Javis, que resulta estéticamente atractivo, intimista y emotivo y que juega con el montaje y la música de una forma original. Un empaque atractivo para seguir las aventuras y desventuras de Laura. Si la dramaturgia convencional exige que los personajes aprendan de sus errores y cambien, a ella la veremos madurar para luego equivocarse otra vez. Como en la vida real.
