Revista Opinión

1822. Las cortes.

Publicado el 15 diciembre 2017 por Flybird @Juancorbibar
1822. Las cortes.

PORTUGAL HIZO LA INDEPENDENCIA DE Brasil. Hasta la víspera del Grito del Ipiranga, eran raras las voces entre los brasileños que apoyaban la separación completa de los dos países. La mayoría todavía defendía el mantenimiento del Reino Unido de Portugal, Brasil y el Algarve, en la forma creada por don Juan en 1815. Este era el tono de las proclamaciones del príncipe regente don Pedro, de los discursos de los diputados brasileños en Lisboa y también la línea de los editoriales del periodista Hipólito José da Costa en el Correio Braziliense, el principal formador de opinión de la prensa brasileña de la época, publicado en Londres para huir de la censura del país. Fueron el radicalismo y la falta de sensibilidad política de las cortes constitucionales portuguesas, pomposamente intituladas "Congreso Soberano", los que precipitaron la ruptura.

Convocadas en septiembre de 1820, un mes después de la eclosión de la Revolución Liberal de Oporto, las cortes solo comenzaron a reunirse en Lisboa el día 24 de enero del año siguiente. Antes fue necesario proceder a las elecciones de los diputados, que vendrían de todos los confines del imperio portugués. El número de representantes sería proporcional a la población de cada región, pero los esclavos estaban excluidos. Por esta razón, aunque contase con 4,5 millones de habitantes, población superior a la de la metrópoli, Brasil tuvo derecho a ocupar solamente 65 de los 181 escaños, cabiendo a Portugal cien diputados. Las demás provincias ultramarinas - caso de Angola, Mozambique y los archipiélagos de Madeira y las Azores - quedaron con los dieciséis escaños restantes. Aun así, sólo 46 brasileños tomaron posesión en Lisboa, ya en la segunda mitad de 1821. Los demás se quedaron en Brasil por dificultades de locomoción o por divergencias dentro de la propia delegación, caso de la provincia de Minas Gerais, que no envió ninguno de sus trece diputados. Esto dejó a los brasileños una minoría en proporción de dos a uno ante los portugueses.

A pesar de la diferencia numérica, el clima al inicio llegó a ser de confraternización entre los "portugueses del continente y los de allende el mar", como se definían los habitantes del Portugal metropolitano, de Brasil y de los otros territorios ultramarinos. "¿Cuál será el portugués europeo que no aprecie como su buen hermano al portugués de América?", preguntaba el diputado baiano Luís Paulino Pinto da França. "La voz de la independencia, señores, desapareció en Brasil después que brilló en el horizonte de Portugal el nuevo astro", afirmaba el pernambucano Muniz Tavares, en octubre de 1821. Se refería a las ideas defendidas por la Revolución Liberal de Oporto. En la sesión del 21 de mayo de 1822, o sea, menos de cuatro meses antes de la proclamación del Siete de Septiembre, el diputado paulista Antônio Carlos Ribeiro de Andrada Machado e Silva, hermano del ministro José Bonifacio, llegó a negar la existencia de un partido independentista en Brasil. "Que haya uno u otro loco que piense eso, puede ser, pero digo que no existe un partido de la independencia", afirmó. "Estoy plenamente convencido de que Portugal gana con la unión de Brasil, y Brasil con la de Portugal, por eso pugno por la unión".

En caso de haber prevalecido la propuesta brasileña, el Imperio lusitano se habría convertido en una entidad semejante a la Commonwealth, una comunidad de países que antiguamente componían el Imperio británico y que acordaron mantener a la reina de Inglaterra como símbolo de sus vínculos incluso después de conquistar la autonomía - caso de Australia, Nueva Zelanda y Canadá. Brasil tenía interés en el mantenimiento del Reino Unido por razones económicas. Antes incluso de la fuga de la familia real a Rio de Janeiro, la colonia ya se había vuelto la más rica e influyente porción de los dominios portugueses. Los grandes traficantes de esclavos, entonces el mayor negocio del Imperio, y los principales comerciantes de azúcar, tabaco, algodón, oro, diamantes y otras riquezas estaban establecidos en Brasil, en especial en Salvador y Rio de Janeiro. En algunos casos, mantenían pocas relaciones con la metrópoli. La continuidad del Reino Unido daba a esos comerciantes acceso privilegiado a las otras partes del Imperio y también al rico mercado europeo. Los portugueses metropolitanos pensaban de forma diferente, pero las divergencias tardaron algún tiempo en quedar claras.

Las noticias de la Revolución Liberal de Oporto, ocurrida en agosto de 1820, fueron recibidas con entusiasmo en Brasil y se propagaron rápidamente por el país. El Gran Pará fue la primera provincia en adherirse a la causa constitucional. La novedad llegó a Belém a bordo del navío Nova Amazonas el día 10 de diciembre de 1820. Su portador era un joven estudiante de derecho de la Universidad de Coimbra, Filippe Alberto Patroni Martins Maciel Parente. Dueño de un carácter "ardiente y atrevido", Patroni quedó tan entusiasmado con las noticias de la Revolución Liberal de Oporto que, sin pensarlo dos veces, abandonó los estudios en Coimbra, donde estaba próximo a concluir su curso, y embarcó inmediatamente para Belém a fin de transmitir la buena nueva a sus conterráneos. Traía en el equipaje una tipografía que daría origen al primer periódico editado en Pará, O Paraense, lanzado un año y cinco meses más tarde.

Las tres semanas siguientes fueron de gran agitación en Belém, ciudad de 12.471 habitantes, de los cuales 5.719 eran esclavos. Una conspiración, liderada por Patroni y tramada en reuniones secretas, explotó el día 1 de enero de 1821, durante la parada militar de celebración del año nuevo, en el centro de la ciudad. El alférez de milicias Domingos Simões da Cunha, que aquel día estaba de descanso, se adelantó del lugar en que estaba y, delante del coronel João Pereira Vilaça, comandante del 1º Regimiento de Infantería de Vanguardia, disparó tres "vivas". En los dos primeros no hubo novedad alguna. El tercero lo cambiaba todo: "¡Viva la religión católica! ¡Viva El Rey! ¡Viva la Constitución!".

Para sorpresa general, en vez de mandar prenderlo, el coronel repitió el grito del alférez, en el que fue seguido por toda la tropa. Era parte de la conjuración orquestada en las reuniones secretas. Testigo de la manifestación mientras se dirigía a la catedral para celebrar misa, el clérigo Romualdo Antônio de Seixas, vicario capitular y futuro gobernador del obispado del Gran Pará, relató haber sido intimidado por un oficial rebelde a mandar repicar las campanas en señal de júbilo por la revolución constitucionalista de Portugal. Llegó a protestar, pero obedeció. Más tarde, sería nombrado arzobispo de Bahía, marqués de Santa Cruz, y presidiría la solemne consagración de don Pedro II como emperador de Brasil.

El estudiante Patroni y el alférez Simões da Cunha eran los profetas de la buena nueva que los meses siguientes habría de extenderse por Brasil y resultar en la Independencia. El día 10 de febrero de 1821 fue el momento de la adhesión de Bahía a la causa constitucional tras un rápido intercambio de tiros entre tropas leales al gobernador, el conde de Palma, y oficiales rebeldes acuartelados en el Fuerte San Pedro, en Salvador. La cabeza del Imperio, Rio de Janeiro, cayó dos semanas después. Presionado por los rebeldes, un asustado don Juan VI apareció el día 26 de febrero en las ventanas del Palacio Imperial, en el centro de la ciudad, y balbuceó las palabras con las que juró las bases de la futura Constitución a ser elaborada por las cortes.

Por primera vez en siete siglos de monarquía portuguesa, un soberano aceptaba abrir la mano de parte de su autoridad en favor de un congreso que, convocado en rebeldía, delimitaría en adelante sus poderes. Con casi medio siglo de retraso, Brasil y Portugal eran finalmente capturados por los vientos soplados en Estados Unidos, en 1776, y en Francia, en 1789. Don Juan también acató las órdenes de embarcar de vuelta a Lisboa, dejando a su hijo don Pedro como príncipe regente de Brasil. Cuando el ministro Silvestre Pinheiro Ferreira aún intentó convencerlo para que se quedara, el rey se limitó a responder en tono desanimado: "¡Qué remedio, Silvestre Pinheiro! ¡Fuimos vencidos!".

Ante tantas novedades, el clima era de euforia. Aparentemente, todos - brasileños y portugueses - luchaban por la misma causa. "Se creyó que, sin la ruptura de los vínculos que ligaban a los dos reinos, se inauguraría una era de libertad, de gobierno representativo, de franquicias constitucionales a los dos lados del Atlántico", afirmó el historiador Octávio Tarquínio de Sousa. Al poco, sin embargo, las divergencias fueron quedando más claras. Las cortes se rebelarían liberales en relación a sus propios intereses en Portugal, pero reaccionarias en lo que se refería a Brasil. Había cuentas que ajustar entre los dos lados del Atlántico. "La verdad es que la revolución portuguesa, bajo su capa liberal, de defensora de los derechos del hombre, escondía rencores y resentimientos contra la colonia que se había transformado en centro de la monarquía", escribió Tarquínio.

Las cortes eran una asamblea en la que tradicionalmente los reyes y la nobleza de Portugal pactaban sus relaciones. Desde la creación del reino, en el siglo XII, eran convocadas siempre que había dudas respecto de los límites y la legitimidad del poder real. Durante el reinado de Alfonso V, entre 1438 y 1481, fueron convocadas trece veces porque ese fue un periodo en que el poder del rey todavía se estaba consolidando en Portugal. En esas asambleas el soberano oía a la gran nobleza de la tierra, los jefes militares y a la alta jerarquía de la Iglesia sobre la aplicación de las leyes y el papel que él mismo desempeñaría al frente del gobierno. Fueron cayendo en desuso a medida que el poder del rey se fortaleció. En 1820, ya hacía 122 años que las cortes no eran convocadas. Ese fue el periodo del absolutismo, en que el poder del rey estuvo en auge. El soberano decidía solo, sin oír a nadie, o delegaba esta tarea en ministros poderosos, que gobernaban en su nombre, como sucedió con el marqués de Pombal durante el reinado de don José I, entre 1750 y 1777.

Bautizadas como "Cortes Generales, Extraordinarias y Constituyentes de la Nación Portuguesa", la asamblea convocada en 1820, además de romper el largo ayuno de esas reuniones en el siglo anterior, tenía una diferencia importante en relación a todas las que le habían precedido. Eran cortes liberales, profundamente influenciadas por las nociones de la Revolución Francesa, que defendía el fin o la drástica reducción del poder de los reyes. Cabría a esas cortes la difícil tarea de construir un nuevo y desconocido sistema político, el de monarquía constitucional, hasta entonces nunca intentado en Portugal. Aunque inspirada en las ideas francesas, era una revolución en la sombra, sujeta más a errores que a aciertos y cercada por un fuerte clima de radicalización política.

La composición de esas cortes también se diferenciaba de las demás. En lugar de la gran nobleza de la tierra, de la alta jerarquía militar y eclesiástica, estaba integrada, en su mayoría, por sacerdotes, profesores, abogados y comerciantes - representantes de una nueva élite política e intelectual que había emergido en el país durante la permanencia de la familia real en Rio de Janeiro. Eran hombres como el exseminarista Manuel Fernandes Tomás, hijo de comerciantes de la ciudad de Figueira da Foz, héroe de guerra contra las tropas de Napoleón Bonaparte, juez en la ciudad de Oporto y fundador del Sanedrín, organización secreta de inspiración masónica donde fue tramada la Revolución Liberal de 1820. Uno de los exponentes de las cortes constituyentes, murió a los 51 años en noviembre de 1822, dos meses después de la Independencia de Brasil. Era tan pobre que no tenía dinero para comer. Sus amigos y correligionarios tuvieron que promover una lista nacional de donación para costear los gastos fúnebres. "Un ciudadano extraordinario, un hombre único, un benefactor de la Patria, un libertador de un pueblo esclavo", escribió sobre él el poeta portugués Almeida Garrett, que una década más tarde serviría como soldado en las tropas liberales de don Pedro (Pedro IV de Portugal) en la guerra civil contra los absolutistas de don Miguel. Otro líder de las cortes, el también exseminarista y abogado José da Silva Carvalho, venía de una modesta familia de agricultores de la aldea de Viseu, región de Beiras. Con Fernandes Tomás, ayudó a fundar el Sanedrín y a provocar la revolución que pondría la casi milenaria monarquía portuguesa de rodillas.

De Brasil también acompañaron algunos de los hombres más revolucionarios de su época. La lista incluía diversos republicanos, participantes de la Revolución Pernambucana de 1817, caso de José Martiniano de Alencar, diputado por Ceará, del vicario Virgínio Rodrigues Campelo, representante de Paraíba, de monseñor Francisco Muniz Tavares, de la delegación de Pernambuco, y de Antônio Carlos Ribeiro de Andrada e Silva (el hermano de José Bonifacio), elegido por São Paulo. Todos acababan de salir de la cárcel, después de cumplir penas que oscilaban entre los tres y cuatro años en régimen cerrado. Por Bahía fueron el médico y periodista Cipriano José Barata de Almeida, el "Baratinha", agitador político que pasaría buena parte de su vida tras las rejas, y el cura Francisco Agostinho Gomes, sospechoso de participación en la Conspiración Baiana de 1789, también conocida como Revuelta de los Sastres. Por Rio de Janeiro, el abogado Joaquim Gonçalves Ledo, líder de la masonería, en cuyos templos serían tramados los eventos más cruciales del año de la Independencia. En la delegación de Minas Gerais, que no llegó a embarcar, estaba el diputado José de Rezende Costa, el hijo, participante de la Conspiración Minera, castigado con una pena de diez años de exilio en Cabo Verde, en África.

Es curiosa la alta proporción de sacerdotes en la delegación brasileña, el 30% del total entre diputados y suplentes, prueba de que la Iglesia constituía uno de los pilares de la revolución en marcha en la colonia. Hacendados, abogados y médicos componían otro 30%. Los magistrados, el 20%; los militares, el 10%; cabiendo a funcionarios públicos y profesores el 10% restante. Sólo la representación de São Paulo llevó instrucciones a la constituyente portuguesa. Elaborado por José Bonifacio, con el título de "Memorias y Apuntes del Gobierno Provisional para los Señores Diputados de la Provincia de São Paulo", el documento, entre otras propuestas, defendía "la integridad y la indivisibilidad del Reino Unido" y la igualdad de derechos entre brasileños y portugueses. En Brasil habría un gobierno centralizado al que se someterían todas las provincias.

Al desembarcar en Lisboa, ya en la segunda mitad de 1821, sin embargo, los diputados brasileños fueron sorprendidos por diversas decisiones tomadas por las cortes en su ausencia. Todas tenían el objetivo de recolonizar Brasil anulando los privilegios y beneficios concedidos por don Juan VI en los años anteriores. Al actuar de esa forma, los representantes portugueses habían roto la promesa, contenida en el edicto de convocatoria, de no tocar asuntos del interés de Brasil antes de la llegada de sus representantes.

En un deliberado esfuerzo por fragmentar el territorio brasileño como forma de controlarlo más fácilmente, el día 24 de abril de 1821 las cortes habían decidido dividir Brasil en provincias autónomas. Cada una de ellas elegiría su propia junta provisional de gobierno, que respondería directamente ante Lisboa, sin dar explicaciones al príncipe regente don Pedro. Al saber que Pará se adhería a la revolución constitucionalista, el diputado Fernandes Tomás propuso que aquella parte del país pasase a ser llamada provincia de Portugal, sin ningún vínculo con el resto de Brasil. El proyecto fue aprobado el 5 de abril de 1821, antes de que los diputados brasileños llegasen a Lisboa en condiciones de contestarlo. "Se realizaba así el plan poco a poco revelado de dividir Brasil, de anularlo y de fragmentarlo en meras provincias ultramarinas de Portugal", anotó Octávio Tarquínio de Sousa. En Rio de Janeiro, don Pedro se sentía cada vez más aislado. "Me quedé regente, y hoy soy capitán general, porque sólo gobierno la provincia (de Rio de Janeiro)", se quejaría meses más tarde en una carta a su padre, don Juan VI.

Las medidas más drásticas llegaron el día 29 de septiembre. Anulaban los tribunales de justicia y otras instituciones creadas por don Juan en Rio de Janeiro, restablecían el antiguo sistema de monopolio comercial portugués sobre los productos comprados o vendidos por los brasileños y, finalmente, determinaban que el príncipe regente don Pedro volviese inmediatamente a Lisboa y de allí pasase a viajar de incógnito por España, Francia e Inglaterra. Para asegurar que sus resoluciones fuesen cumplidas, en octubre las cortes nombraron nuevos gobernadores de armas para cada provincia, en la práctica interventores militares encargados de preservar el orden y sofocar cualquier tentativa de autonomía, que, igualmente, sólo obedecerían las órdenes de Lisboa. La suma de todas estas decisiones devolvía a Brasil a la condición de colonia de Portugal, que regía hasta la llegada de la corte, en 1808.

El tono de los discursos entre los diputados portugueses era incendiario. Al pedir más tropas para Bahía en la sesión del 21 de mayo de 1822, José Joaquim Ferreira de Moura afirmó que la población brasileña estaba "compuesta de negros, y de mulatos, y de criollos y de europeos de diferentes caracteres", o sea, gente de segunda clase, para ser tratada con palos y látigo. Poco más de un mes después, Xavier Monteiro llamaba a don Pedro "un muchacho vacío de experiencia, arrebatado por el amor a la novedad y por un insaciable deseo de figurar, vacilante en los principios, incoherente en la acción, contradictorio en las palabras". En un tono todavía más duro, otro representante portugués, Barreto Feio, se refería al heredero de la corona como "un mancebo ambicioso y alucinado a la cabeza de un puñado de facciosos". El día de la discusión del decreto que determinaba la vuelta de don Pedro a Lisboa, Fernandes Tomás alertó de que "el Soberano Congreso no da al príncipe opiniones, sino órdenes". Y remataba de forma insolente: "No eres digno de gobernar, ¡vete!".

En esa época, las comunicaciones entre Brasil y Portugal eran muy lentas. Un viaje de Salvador a Lisboa tardaba 65 días. Desde Rio de Janeiro, setenta días. Por eso, es natural que los diputados brasileños tardasen meses en tomar posesión y, una vez instalados en Lisboa, tuviesen dificultades en saber de las novedades políticas de Brasil. Lo mismo pasaba con las decisiones de las cortes que afectaban a los intereses brasileños. Por esta razón, sólo el día 9 de diciembre de 1821 el navío Infante Dom Sebastião atracó en Rio de Janeiro con las noticias de que las secretarías gubernamentales en Brasil serían cerradas y que don Pedro debería embarcar para Lisboa.

La reacción de los brasileños al tener conocimiento de noticias tan humillantes y contrarias a sus intereses fue de rebelión. Manifiestos y peticiones contra las cortes y pidiendo la permanencia de don Pedro en Brasil comenzaron a ser organizados en São Paulo, Minas Gerais y en la propia capital. "Rio de Janeiro hervía con panfletos, periódicos, clubes, sociedades predicando la separación", apuntó el historiador Hernâni Donato. Encargado de los negocios de Austria en Brasil, el barón Wenzel de Mareschal registró en sus anotaciones del 24 de octubre de 1821: "Es increíble cómo las medidas de las cortes lograron en tan poco tiempo desorganizar enteramente este país y crear un odio profundo contra el nombre portugués, a la par que un espíritu de independencia imposible de reprimir más largamente".

En Rio de Janeiro, el centro de la conspiración era una modesta celda en el Convento de Santo Antônio, situado a cierta distancia de Carioca. Su ocupante, fray Francisco de Santa Teresa de Jesús Sampaio, estaba ligado a la masonería y fue el autor de la representación que, en nombre de los habitantes de la ciudad, sería entregada al príncipe pidiendo que se quedase en Brasil. En total, la petición tenía 8 mil firmas - número asombroso para una ciudad de apenas 120 mil habitantes. La fecha escogida, el 9 de enero de 1822, pasaría a la historia como "o Dia do Fico" o Día de la Permanencia. Al recibir el documento de manos del presidente del Senado de la Cámara, José Clemente Pereira, don Pedro anunció la decisión de permanecer en Brasil, contrariando las órdenes de las cortes.

La famosa declaración de Permanencia envuelve un misterio. Según el historiador Tobias Monteiro, al recibir la petición, don Pedro habría dicho: "Convencido de que la presencia de mi persona en Brasil interesa al bien de toda la nación portuguesa, y conocido que la voluntad de algunas provincias así lo requiere, demoraré mi salida hasta que las cortes y mi Augusto Padre y Señor deliberen a este respecto, con perfecto conocimiento de las circunstancias que han ocurrido". Esta es la versión que consta en los autos del consejo municipal y del edicto publicados el mismo día - una respuesta prudente, sin rupturas, en la que invocaba "el bien de toda la nación portuguesa". Misteriosamente, al día siguiente un nuevo edicto fue publicado con palabras más enérgicas. "Como es por el bien de todos y por la felicidad general de la nación, estoy preparado: ¡diga al pueblo que me quedo!", habría sido la respuesta de don Pedro. No se sabe quien la cambió, pero la nueva versión estaba más de acuerdo con las expectativas de los masones de Rio de Janeiro, mentores de la petición.

Los brasileños escasamente tuvieron tiempo de conmemorar la Permanencia. En el intento de forzar al príncipe a retroceder y obedecer las órdenes de las cortes, el general Jorge de Avilez Juzarte de Sousa Tavares, comandante de la División Auxiliadora, principal guarnición militar portuguesa en Rio de Janeiro, ocupó el cerro de Castelo, elevación que antiguamente dominaba el centro y la zona portuaria de la ciudad. En la puerta del teatro de São João, donde don Pedro compareció la noche del día 11, el teniente coronel portugués José Maria da Costa lanzó un desafío: "Habremos de llevarlo por las orejas", gritó. "La tropa va a cercarlo y prenderlo". Se refería a un plan secreto, urdido por parte de las tropas, para secuestrar al príncipe y llevarlo por la fuerza a bordo de la fragata União, ya preparada para transportarlo con la familia de vuelta a Lisboa.

La ciudad amaneció en un clima de guerra, con brasileños y portugueses listos para la batalla. Del lado brasileño, concentradas en el campo de Santana (actual plaza de la República) había 8 mil personas armadas, incluyendo soldados, pero también "frailes a caballo armados con pistolas, cuchillos y simples palos, [...] negros cargando forraje y mijo para los animales o llevando en la cabeza tableros con dulces y refrescos para los hombres", en descripción de la viajera inglesa Maria Graham. Los portugueses estaban en inferioridad numérica - cerca de 2 mil soldados - pero mejor entrenados y organizados. El mismo día, los ánimos por fin se calmaron con la noticia de que el general Avilez se disponía a retirar sus hombres a Praia Grande, en Niterói, al otro lado de la bahía de Guanabara. Fue un gran alivio. El comercio reabrió sus puertas y la ciudad volvió a funcionar. Don Pedro mandó bloquear las tropas de Avilez por tierra y mar y determinó que embarcasen para Lisboa, orden que el general cumplió el día 15 de febrero.

Un mes más tarde, el día 5 de marzo, un nuevo escuadrón portugués, comandado por Francisco Maximiliano de Souza, apareció en la entrada de la bahía de Guanabara. Traía 1.200 soldados destinados a sustituir a las fuerzas del general Avilez. Una vez más, don Pedro se mantuvo inflexible. Los navíos entraron en la bahía, pero tuvieron que mantenerse a distancia del alcance de los cañones de las fortalezas cariocas y con las tropas imposibilitadas para desembarcar. Los oficiales sólo pudieron ir a tierra después de jurar obediencia al príncipe regente. Los navíos fueron reabastecidos, los soldados recibieron sus sueldos y, el día 23 de marzo, todos zarparon nuevamente hacia Lisboa. Pero dejaron atrás una preciosa contribución para las fuerzas de la naciente Marina brasileña: la fragata real Carolina, con 44 cañones.

El primer gran enfrentamiento entre portugueses y brasileños resultó en una tragedia familiar que abatió profundamente el ánimo de don Pedro. Amedrentado por los rumores sobre el plan de secuestro durante el motín de la División Auxiliadora, don Pedro decidió proteger a la familia enviando a la princesa Leopoldina a la Real Hacienda de Santa Cruz, más apartada de la ciudad. Fue un viaje incómodo, por carreteras agujereadas y bajo el calor sofocante del alto verano carioca. Embarazada de ocho meses, Leopoldina llevaba en brazos a su hijo mayor, João Carlos, de apenas diez meses, frágil y enfermo. El principito, heredero del trono, murió el día 4 de febrero después de 28 horas seguidas de convulsiones.

Al dar la noticia al recién nombrado ministro José Bonifácio, don Pedro se mostraba inconsolable:

Llorando escribo ésta para decirle que venga mañana, a la hora acostumbrada, porque yo allá no puedo ir, ya que mi querido hijo está exhalando el último suspiro y así no durará una hora. Nunca tuve - y Dios permita que no tenga otra - ocasión igual a ésta como fue el darle el último beso y dejarle la última bendición paterna. Calcule por el amor que tiene a su familia y a mi hijo, cuál será el dolor que me traspasa el corazón.

En otra carta, a su padre don Juan VI, acusó a las tropas portuguesas y prometió venganza: "La División Auxiliadora [...] fue la que asesinó a mi hijo, el nieto de Su Majestad. En consecuencia, es contra ella que levanto mi voz".

A partir de ahí, las relaciones entre brasileños y portugueses se agriaron decisivamente. En Lisboa, los diputados brasileños eran blanco de mofas en las calles y abucheados en el recinto de las cortes. Irritado con este trato, el baiano Cipriano Barata avisó en la sesión del 1 de julio de 1822: "¿Y qué hacemos los brasileños? Nada más nos queda sino que llamemos a Dios y a la Nación por testigos, nos cubramos de luto, pidamos nuestros pasaportes y nos vayamos a defender nuestra patria". En octubre, el ambiente se volvió de tal forma insoportable que Cipriano y otros seis diputados huyeron, sin pasaporte, a Inglaterra y, de allí, embarcaron de vuelta a Brasil.

Con la expulsión del general Avilez y la prohibición del desembarco de las tropas de refuerzo enviadas por Lisboa, Rio de Janeiro y gran parte de las regiones Sur y Sudeste estaban libres de cualquier presión militar. El día 16 de enero, una semana después del Día de la Permanencia, don Pedro organizó su primer gobierno en Brasil. Estaba liderado por el paulista José Bonifácio, el hombre cuyos consejos e influencia serían decisivos en las acciones del príncipe en el camino a la independencia. Bonifacio actuó rápido. Con una serie de decretos, restauró la administración de las diversas provincias a partir de Rio de Janeiro. También anunció que la ejecución de cualquier orden de las cortes sería ilegal sin el previo consentimiento del príncipe regente. Por fin, convocó un "Consejo de Procuradores Generales de las Provincias", luego sustituido por una Asamblea Constituyente encargada de elaborar las primeras leyes del futuro Brasil independiente. Eran todas decisiones típicas de un país ya autónomo, que desautorizaba cualquier interferencia de Portugal en sus destinos.

En mayo, don Pedro aceptó el título de "Defensor Perpetuo y Protector de Brasil", que le fue ofrecido también por iniciativa de la masonería. La primera semana de agosto, el príncipe lanzó un manifiesto a los brasileños. Redactado por el masón Gonçalves Ledo, el texto decía que estaba acabado "el tiempo de engañar a los hombres" y terminaba con la siguiente exclamación: "Habitantes de este vasto y poderoso Imperio - está dado el gran paso para vuestra independencia y felicidad [...] ya sois un pueblo soberano". Un segundo manifiesto, en el mismo tono, fue dirigido "a los gobiernos y naciones amigas". Al enviar copia del documento a los diplomáticos residentes en Rio de Janeiro, José Bonifacio anunció que "Brasil se considera tan libre como el reino de Portugal, sacudido el yugo de la sujeción e inferioridad con que el reino hermano lo pretendía esclavizar [...] pasando a proclamar solemnemente su independencia".

Las cortes respondieron en el mismo tono. Prohibieron el embarque de armas y refuerzos para las provincias obedientes a Rio de Janeiro y determinaron que don Pedro disolviese el nuevo gobierno, cancelase la convocatoria de la Constituyente y arrestase a los ministros contrarios a las decisiones de Lisboa. En un discurso contra los "facciosos y rebeldes" brasileños, el diputado Borges Carneiro amenazó: "Muéstrese que aún tenemos un perro guardián, o un león, tal que, si lo soltamos, ha de traerlos a obedecer a las cortes, al rey y a las autoridades constituidas". Fueron esas las órdenes insolentes que don Pedro recibió de manos del sofocado mensajero Paulo Bregaro al caer la tarde del 7 de septiembre de 1822, en los márgenes del riachuelo Ipiranga.

Laurentino Gomes


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