Ficho a las 23,20. La jornada de esclavitud vespertina ha finalizado. Abro la puerta de mi nicho vivienda a las 23,42. Está silencioso y parcialmente oscuro. Nunca bajo las persianas hasta que me voy a dormir.
Nadie me da la bienvenida ni me pregunta cómo me ha ido el día. Nadie me espera. Ni siquiera tengo peces cautivos. Prefiero que naden en el río aunque huela a podrido. Tampoco tengo pájaros enjaulados. Son más bellos aleteando en el cielo aunque esté contaminado.
No preparo nada de cenar porque no tengo hambre. No tengo hambre porque comí en el trabajo demasiado tarde. Enciendo una vela, una varilla de incienso, el libro electrónico y me tumbo en el sofá. Siempre en ese orden inconsciente, disfrutando de la libertad absoluta de movimientos; de momentos no compartidos.
La paz que respiro en ese momento es irrenunciable. La misma de tantos momentos incontables ya vividos, que ahora vuelve a colmarme de dicha, calma espiritual y sosiego mental.
No me dejes nunca, querida soledad, y acompáñame hasta el final del camino.
