




Las calles de Kelin se van abriendo al paso de los nuevos visitantes que ávidos de conocimientos caminan por la seca loma de "Los Villares" atrapados en el espacio-tiempo.


Se asoma a medio camino un lagar portátil donde la bobal, uva autóctona de la comarca, muere a los pies de lo que durante siglos, sigue siendo tradición de las gentes que elaboran el vino, como nuestros antepasados iberos hacían. Hay tradiciones que no permita el tiempo que cambien jamás. Vinos especiados, con miel e incluso con queso rallado eran elaborados y ofrecidos por estos pueblos en reuniones y fiestas importantes donde, agasajaban a sus invitados con vino de producción propia y con el sello característico de cada artesano.

Kelin, guardiana de los caminos que unían la meseta manchega con el litoral levantino, era rica en tierras de labranza que aun, hoy en día, siguen perdurando en el tiempo. Olivos, cultivos de cereales con los que elaboraban su panes de trigo, de centeno, de avena. Legumbres que ya en aquella época alimentaban a estos pobladores en sus duros inviernos, como lentejas y garbanzos.



Al recorrer Kelin, ya al lado de la casa más importante de la ciudad, la sanadora se ocupó con urgencia de una pequeña visitante, de nombre Claudia, a la que una avispa quiso convertir en protagonista por unos minutos. Bajo la atenta mirada de la sanadora y con sus conocimientos sobre plantas medicinales, alivió a la pequeña niña utilizando barro y un ungüento a base de amapola para aliviar el dolor. 

A todos ellos gracias, mil gracias por haber sido grandes anfitriones de la historia en la IX Jornada de puertas abiertas de la ciudad ibera de Kelin.
Sin duda mereció la pena el viaje en el tiempo.
Sin duda volvimos a ser protagonistas de la historia.
