Revista Cultura y Ocio

Añorar el futuro que no existe

Publicado el 31 diciembre 2015 por Trilby @Trilby_Maurier

El laberíntico mapa de la reflexión tiene las paredes teñidas de tristeza. Por eso resulta tan sencillo perderse intentando buscar la salida: al fin y al cabo, regodearse en el dolor es una de las aficiones favoritas de nuestra capacidad contemplativa. No es extraño, entonces, que al hacer el balance el peaje siempre sea cierta dosis de melancolía. Leía hace unos días que la frase “somos demasiado jóvenes para estar tan tristes”, de la ilustradora Sara Herranz, se había convertido en viral: la propia autora aseguraba que el éxito de la cita se debía a que reflejaba el desencanto de su generación, de la mía, de la nuestra.

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El caso es que pienso mucho en nosotros últimamente. La frase me pareció demasiado triste para ser tan jóvenes. Parece que hemos aceptado sin protestar las tachuelas, la ESO, la extinción del cassette, las barbas, las collejas, las mechas y la pena. Lo curiosos es que se me viene a la cabeza mi abuela, a sus 92 años, y me asombro al pensar que la he visto de muchas maneras (enfadada, coqueta, ida, contenta, enferma, vitalista, ofendida, trascendental…) pero nunca la he visto perdida. Nunca con ese sentimiento de desconcierto que los de nuestra generación parecemos llevar adherido como una costra en el cerebro. Y creo que estamos desorientados porque nos dedicamos a buscar la brújula, no el Norte.

Nos empeñamos en seguir reglas y manuales sin pensar en la excepción, aun sabiendo que todo lo verdaderamente importante tiene sus propias normas. No en vano, los verbos que merecen la pena son irregulares: acertar, andar, comenzar, dar, decir, hacer, poder, querer, sentir, sonreír. ¿Por qué insistimos entonces en seguir aferrados al manual de instrucciones que nos dieron para un mundo al que le faltan piezas? Ya lo decía Ángel González en el poema que da título a este blog: “Añorar el futuro que no existe es aceptar la vida despojada de sus días mejores”. Nos obcecamos en echar de menos algo que nunca tuvimos. Y esa, como diría Sabina, es la peor de las nostalgias.

Tenemos la obligación de ser la generación de la improvisación. Los guiones que llevábamos aprendidos no servían de nada y nos hemos dado cuenta cuando ya estábamos en el escenario, cuando el cañón nos enfocaba. Algún día dirán que fuimos la generación que perdió el miedo a quedarse en blanco, a empezar de cero. La generación que enseñará a los que vienen que el talento no es de unos pocos, ni se evalúa con una nota, ni con un título. La generación que comprendió que la vida es mejor comérsela sin leer el prospecto.

Es fácil sentirse frustrado si piensas que un año más ha pasado, que la Tierra ya ha dado la vuelta al Sol y tú ni siquiera has conseguido rotar sobre ti mismo. Las comparaciones son tan odiosas como, quizá, inevitables. Lo que uno sí puede elegir es su referente: Venus, por ejemplo, tarda más tiempo en girar sobre su eje que en dar la vuelta al Sol. Puede que sólo sea eso: que nos hemos equivocado de planeta. Salgamos de las fronteras de nuestro pequeño mundo, hay mucho universo por explorar.

Así que lo que os deseo (y nos deseo) para 2016 no es una lista de frustrantes propósitos, sino cambiar la escala, el enfoque y la perspectiva para que las tristezas no se nos acumulen al final del renglón en el último día del año. ¡Ah! Y que siempre haya una ilusión sonriendo cada mañana al otro lado del espejo. ¡Feliz año!


Añorar el futuro que no existe

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