Revista Arte

Antichrist

Por Peterpank @castguer

Antichrist

Cerca de la frontera con Mali la mayor preocupación de nuestro guía era que su mujer había salido defectuosa. El reflejo rojo del atardecer se repartía entre las mil pozas que salpicaban el estiaje del río Gambia. También el tiempo parecía haberse roto en aquellas orillas y, sin embargo, apetecía intensamente vivir, quizá porque el aire era más fresco y ligero de lo habitual. Bebíamos cerveza y soda mientras los animales se acercaban hasta el campamento para rebuscar entre los desperdicios. Toda la creación parecía perfecta, pero aquel hombre repetía sin cesar que había pagado demasiado dinero por una mujer antipática que trabajaba con desgana y discutía cada una de sus decisiones.

- Deberías dar las gracias por estar junto a una tipa desagradable y maloliente, interrumpió de improviso el holandés.

- ¿Acaso a usted le gustaría una mujer así? -preguntó, contrariado, el guía.

- Me gustaría… si pudiera gustarme. Tú tienes una mujer, una mujer como Dios manda. Si mañana sufrieras un accidente, o la gonorrea comenzara a devorarte, ella se ocuparía de tus hijos y de tu casa como lo hace siempre que estás borracho. No sabes lo que dices. Esa hembra acepta que seas su continente. Y así debe ser. Si tu mujer fuera mujer te enfrentaría cada mañana al caos. El ser humano que contiene en sí el tránsito de la vida también guarda el de la muerte. La gestación, la sazón, la lozanía, la salud y la belleza se agostan dolorosamente en ellas, y entonces siembran de corrupción y podredumbre la tierra. El disfrute, la sensualidad y la delicadeza tienen su reverso en el hastío, el desprecio y la crueldad. El sexo femenino es un bosque y un desierto. Exhuberancia y detrito, luz y nada. El sexo femenino es nación y miedo. La creación natural está condenada a arruinar la misma Naturaleza como nosotros castramos su feracidad con nuestra normativa. El sufrimiento, la devastación y la descomposición son el abono de la nueva vida, así que pertenecen a la feminidad tanto como el primer cuidado de los hijos. Sí, hay algo oscuro en ellas, algo indómito. La creación no puede ser el origen de la moral, sino su pretexto y desbordamiento. Y es un milagro que no sea así, que no estemos perpetuamente sumidos en el salvajismo, pues cuando nosotros, el sexo de Cristo, condujimos la guerra humana hasta la periferia de la sociedad incluyéndolas a ellas en el centro de nuestro patrimonio, también acogimos dentro de nuestros propios hogares la guerra natural, la que se desarrolla calladamente en la materia. Las mujeres poseen el instinto de la comunidad orgánica, pero no el de la camaradería moral. Son la legitimidad de la sangre y ante la ofensa o la dificultad sólo admiten la venganza o la traición y de eso las hemos alimentado durante diez mil años. Nuestra disciplina filibustera contuvo su naturaleza rebosante: a su nación, dimos Estado; a su irracionalismo, ciencia; a su arte útil, espontaneidad. El orden perfecto es el sueño viril y el hombre es el artista que mejor sueña con la realidad. Somos los ángeles administradores de una diosa derrocada. Nuestra es la paz honrosa, la voluntad unívoca, la creación de laboratorio y la determinación de todas las causas: el fin de la concepción natural. Hemos establecido la nueva alianza entre la masculinidad y la tierra. La eusexualidad. Si tu mujer fuera mujer, te abriría la garganta y después intentaría demoler el museo palpitante en el que hemos encerrado su sexo. Deja de quejarte.

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 El viajero, como el aventurero, es un misógino que prefiere no estar. El esposo es misógino en su polvoriento patrimonio sexual y el cornudo lo será en su desengaño. El feo se refugia en la misoginia y el creador la necesita. El pornógrafo y el donjuán profesan la histerectofobia de quienes no pudiendo dominar una sola humedad, desean navegarlas todas sin mojarse. El duro y el marica comparten secretos inconfesables y los marineros, los curas y los entrenadores de fútbol tiemblan ante el sudor de una piel femenina. Ellos odian y temen a la mujer, ¿por qué no iba a hacerlo también, en un waltdisneyano y hermoso delirio cinematográfico, el señor Von Trier?


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