
En esta ensombrecida Argentina, a veinte años de 2001, después de los cuatro años del macrismo -que no fueron otra cosa que una contrarrevolución por una revolución que no vivimos-... ¿De dónde obtener la fuerza necesaria para la audacia que el momento requiere tras el fracaso de la imprudente prudencia?. En medio de este lodazal, dejo la que para mí fue el análisis más claro y profundo que se hizo, desde todo el espectro ideológico (ya que no antepone una ideología a la experiencia cotidiana, sino que al contrario, desde la experiencia se construye el marco teórico), de la actual situación de los argentinos, o al menos una gran parete de ellos. Y aunque no esté del todo de acuerdo (ya que para mí quedó claro que lo único radicalizado en Argentina es la derecha) pero sí lúcido de principio a fin. Con ustedes, Mayra Arena por primera vez (creo) en el blog cabeza.
Por Mayra Arena
Bueno acá van unos apuntes del escenario político. (Decir análisis sería una locura.)
[1] Política

El centro de la política peronista hace rato se viene corriendo hacia la izquierda, en especial desde lo moral/ideológico, mientras que permanece estancado en lo económico. Quienes defiendan el ATP deben saber: no llegaron los ATP a los barrios pobres, donde todos sabemos que se comercia desde la informalidad. El IFE duró 3 meses y la pandemia un año y medio. Los planes sociales y algunos beneficios solo llegan a la población más politizada y los pobres antiplanes (incluyendo algunos que los cobran) son cada vez más. La inflación es apabullante, el billete de más alta denominación no llega a llenar una bolsa de mercadería. Hace rato que ya no hay una época del mes que no se viva como fin de mes.
No podemos ser tan infantiles de echarle toda la culpa al “voto bronca” porque las cosas nunca suelen ser tan simples por estos pagos. Suele verse que el político hable con el corazón y el laburante le responda con el bolsillo, ahora pasó que ni siquiera sintió que le hablaran a él. ¿A cuántos incluís cada vez que decís todes y a cuántos dejás afuera? Si no se habla el mismo idioma, difícil que surja una identificación. El precio de sentirse inclusivo se paga caro: dejás afuera a muchos que todavía no resolvieron demasiados quilombos como para seguirte el tren. No me terminó de cerrar el feminismo y ya me estabas corriendo con la movida no binarie.
Aclaremos algo: la mayoría de la gente no está en contra de estas causas. Tampoco están a favor. Simplemente son causas ajenas, amorfas, extranjeras. La mayoría no las abraza simplemente porque no les generan ni fu ni fa. En todo caso está claro (para nos, los politizados) que no son causas en detrimento de la justicia social, pero que son percibidas como grandes distracciones: ¿Qué estabas haciendo mientras yo le quedaba debiendo al almacenero porque la yerba se me fue a 500 pesos?
Y acá entra algo incómodo para muchos pero que es necesario decir: las grandes mayorías no tienen agendas ideológicas. Las grandes mayorías no quieren que les rompas las pelotas, y tampoco te las quieren romper a vos. Cada vez que me cancelás un artista que me encantaba o me hacés sentir una porquería por reírme de algún cuento viejo pienso más que vos y yo no tenemos nada que ver. Si ni siquiera nos reímos de lo mismo, si no me dejas reírme a mí, si me retás como a un nene cuando digo algo “incorrecto” ¿en serio esperás que me identifique con vos?
Hace rato que venimos diciendo: guarda que la mayoría no se prende en tu movida progresista, guarda que las mayorías tienen otros problemas y OTROS VALORES. Una población que viene empobreciéndose hace años en picada, enojada por la falta de escuela, destruida por las restricciones de la pandemia viendo cómo las políticas siempre parecen tocarle a gente “especial” o minoritaria. ¿Y yo, que soy común, para cuando?
Esta corrida hacia la izquierda moralista (que hoy no hace autocrítica si no que nos trata de odiadores seriales de minorías) es cada vez más notoria y genera un quiebre de representación. ¿Es culpa de las minorías postergadas? ¿Hay que seguir postergándolas hasta el infinito? Claro que no. Mientras se reivindicaron los derechos de estas personas, cayó el poder adquisitivo de todos, minorías y mayorías por igual, por lo que queda a la vista que una no agenda fue en detrimento de la otra. Podría haberse llevado otra agenda, más popular y pragmática en paralelo, pero no se hizo y, aun así: cuidado, porque a nadie le gusta que le impongan lo que tiene que pensar.

Es esperable que las mayorías sin otra causa más que la de poder vivir tranquilo, tener un mango y que no te peguen un tiro para sacarte el celular, encuentre quien los represente sin pedirle un certificado de corrección política. El electorado (casi) siempre va a encontrar quien lo escuche, quien lo identifique y, sobre todo, quien no lo rete. (También pedimos que dejen de hartar con sus reglas que no le mejoran la vida a nadie y sólo los hace sentir superiores moralmente, pero aclaremos que esto no lo digo en nombre de nadie más que el mío.)

Por otra parte, la relación con el estado se volvió más notoria que nunca. ¿Mira igual el día a día el que sabe que va a cobrar todos los meses que el que vive apretando los dientes? ¿Cómo cayó que se levante el IFE en plena pandemia? Llamo a un juzgado y no hay nadie, pero a la noche me cruzo a la mina en un bar: el no retorno al laburo público de los que ya habían retomado la vida privada se vivió como una enrostrada violenta. ¿Hasta cuándo el estado va a estar de cuarentena mientras yo tengo que lidiar con la vida a medias? Las decisiones aleatorias de qué cosas sí, qué cosas no, y ahora tengo que bajarme una app cuando este celu es una cagada y tengo que borrar otra para tener espacio.
[2] ECONOMÍA

Hablar de plata hoy es el verdadero tabú. Nuestro problema es de producción, no de distribución. La brecha que existe entre la población con una educación cada vez más exigua –y en el último año y medio, nula– y la demanda laboral –cada vez más chica y exigente– deja en offside a millones de personas de todas las edades. Sólo nos queda concluir: o adaptamos el sistema para que pueda entrar la gente o adaptamos a la gente para que pueda entrar al sistema. No me prometas un ideal de un mundo más justo mientras el de hoy me exige idiomas, buena presencia y 3 años de experiencia. (¿Lo peor? En ciudades con problemas de desempleo estructural, aun con todo eso no encontrás laburo hace años.)
La solución al problema económico no se reduce a “poner plata en el bolsillo de la gente”: ya lo dije atrás, aquellos que tienen problemas económicos, también tienen ideología (y esto a muchos los dejó shockeados). Aún en esos barrios donde el mango escasea que da calambre, los planes no sólo no son siempre bienvenidos: cada vez causan más rechazo. Si alguien que cobra planes gana casi lo mismo que yo, yo me convierto en un gil laburante, mientras el otro es un piola bárbaro. Pero más allá de esa máxima, detrás de lo ideológico, está lo real: los salarios paupérrimos han logrado que trabajar sea inviable para los más pobres. Parece una joda, pero trabajar, a parte de imposible, se volvió CARO. Los costos de traslado, la comida fuera de casa, conseguir quien me cuide el nene (y si vivo solo encontrar quien me cuide la casa ¿vos sabés lo que es dejar la casa sola en este momento?) esperar el colectivo y exponerme a la inseguridad, esperarlo y que no pase, comerme los garrones propios de la vida laboral, etcétera, etcétera. Aun los que siguen peleándola desde la búsqueda porque no toleran otra forma de ganarse el mango, no encuentran un empleo que valga la pena. Sobran currículums que ya ni hay a dónde tirar (porque ahora las empresas lo piden por internet).

También están, claro, los que nunca trabajaron ni buscaron trabajo: ese sujeto que, nacido en la marginalidad, formó su flaco colchón en base a lo que el estado le diera. Gente que no quiere laburar hay en todas las clases sociales, pero es en la pobreza donde el estado parece contener sin reparar, generando un desasosiego social. ¿Cuándo le llega el título de egresado al que necesitó un plan? Creo que si hay derecho a recibir cuando uno necesita, también debe haber derecho a dejar de ser un eterno necesitado. En esa brecha de productividad donde algunos parecen no tener nada para ofrecer en el mercado, hay incluso algunas fracturas: ponete una mano en el corazón y aceptá que algunos ya no van a poder entrar, a menos que esta vez la política y el mercado piensen en algo distinto.
La franja etaria o la sorpresa de que los jóvenes (que hasta hace un par de años, según el progresismo “la tienen re clara” “nos enseñan a nosotros”) no apoyen masivamente al oficialismo también parece sorprenderlos. Si la progresía se vuelve norma es natural que la resistencia sea conservadora, pero además ¿pensaste qué quiere un pibe de veinte años? Quiere muchas cosas, pero ante todo descular como ganar plata para lograr esas cosas. Al mundo lo mueven los sueños, pero a esos sueños les faltan financistas.

A modo de resistencia, en lugar de salir a tildar a toda la población de “facha” (y de muchas cosas más) yo me fijaría un poquito más en otras cosas. No sólo por el hecho de que llamarle facho a cualquier cosa vacía el sentido político de la palabra, sino porque el gobierno tuvo clarísimos errores y desfases con la realidad. También prestaría atención a qué le llaman derecha. (Si alguno de ustedes es stalker mío, verán que algunos seguidores me vienen comparando con Milei. Bueh.) Si se te volvió de derecha hablar de criminalidad: fijate que a quienes más afecta es a los pobres. Si se te volvió de derecha hablar de cargas impositivas, fijate que a quienes más afecta es a quienes podrían ser tus socios sacando a la gente de la pobreza. Si se te volvió de derecha que alguien no hable con la e, fijate que podés ser medio fantasma.
[3] Seguridad

Hace rato venimos pidiendo que la política deje de ser indulgente con la delincuencia. ¿Pedimos mano dura? No. No todos. Pero si me roban, preferiría que el estado esté de mi lado. La criminalidad afecta a los más pobres, porque quienes tienen recursos pueden pagar elementos de seguridad y prevención. Por el otro lado, quienes roban, son marginales con cada vez menos recursos intelectuales, gente que solo puede robarle a alguien igual de pobre que ellos. A largo plazo nadie discute que una sociedad más justa y más igualitaria traería menos delito. Pero la gente no pide tanto, se sentiría mejor si por lo menos le alumbraras la parada del bondi.
Escribí en mayo del año pasado: “Quienes exigen respuestas y soluciones, suelen ser hombres y mujeres de clase trabajadora, laburantes de a pie y comerciantes para los que el robo y el delito tienen un peso moral importantísimo, además de sentir miedo de que en cualquier momento les pase algo a ellos o a sus seres queridos. La militancia, lejos de escuchar e intentar comprender la furia, los tilda de fachos. El funcionariado ahí anda.
En segundo lugar, minimizar el robo, alegando que es un delito menor, es un error gravísimo. Por supuesto, ante el organigrama penal, el robo seguramente será un delito menor. Pero para un laburante que se compra un celular en setenta y ocho cuotas y se lo roban a la segunda (y tiene que seguir pagándolo sabiendo que ese pibe lo vendió por dos mangos) el robo tiene un peso transcendental. Que te roben el fruto de tu esfuerzo (y peor, si sos de barrio sabés quién te robó, a quién se lo vendió y a cuánto) es mucho más doloroso que cuando te roban y tu poder adquisitivo es otro. De ahí que se condena al robo en los sectores laburantes mucho más que en cualquier otro lugar.
Otro error es el de colocar en situación de víctima al delincuente. No estamos negando acá las condiciones de marginalidad (me he cansado de explicar y explayarme en sus diferencias con la pobreza) sino exponiendo la ofensa que es para millones de argentinos víctimas de la pobreza que el delincuente sea más comprendido que la víctima de robo. Es absurdo tener que decir lo obvio: la abrumadora mayoría de los que nacimos en la pobreza jamás le asomamos la cara al delito sin importar lo mal que lo hayamos pasado. Desconocer que es en la miseria donde más se afirman (y se ponen a prueba) los valores, es desconocer la realidad por completo.”
Por último, déjenme que apunte algo más delicado (y personal). La baja de la talla en los delincuentes, cada vez más flacos, más petisos, más aniñados, ha generado que mucha gente se resista a los robos y se resuelva todo en un mano a mano. La violencia contra la violencia se vuelve ley ahí donde no llegan patrulleros porque no hay móviles disponibles. Atención ahí porque la alerta es doble. Dejo un paréntesis acá porque este tema todavía lo estoy armando, pero vengo viendo un patrón constante.
[4] Educación

Hay quienes temen hablar del sistema educativo. Creen que hablar de su pésimo estado, es atacar a los docentes. Lejos estoy de esa postura. Si queremos una educación que nivele para arriba, que los niños desarrollen habilidades y competencias que los vuelvan capaces, debemos pelear a muerte por mejorar drásticamente la escuela pública, que ha perdido hasta su legitimidad. La cuarentena era, por ejemplo, un gran momento para arreglar todas las escuelas. No ocurrió. El estado de las escuelas públicas es innegable. El ausentismo del alumnado es tan preocupante como el docente. El pésimo estado hace que las clases medias (e incluso las medias bajas, que se pelan el cuero para pagar) emigren a la privada. Más pobres en escuelas pobres es igual a menos convivencia sociocultural, lo que resulta indirectamente en menos movilidad económica.
(El que quiera oír que oiga, solo les pido una consideración: antes, muchísimo antes de ser militante, soy madre de tres nenes que van a la escuela pública del barrio, acá en la provincia de Buenos Aires.)
[5] Salud

[6] Conclusión
Lo peor que le podría pasar al país sería el retorno del macrismo, ahora liderado y encarnado en Larreta. No se le puede pedir a la gente un apoyo ciego si económicamente vive peor e ideológicamente escucha un discurso más propio en ellos que en nosotros. A la crisis económica se le responde con acciones y a la crisis de identidad política se le responde con los brazos abiertos: basta de echar gente porque no coincide en alguna cuestión irrelevante. ¿A dónde se vio que el peronismo excluya a los que no se van aggiornando a la época?
Hay dos temas extras que creo que son importantes:
- El primero es la pobreza impermeable a los vaivenes económicos, es decir, la pobreza que, aunque crezca el empleo, aumente el PBI, paguemos la deuda que dejó el macrismo, etc, etc, no cambia su situación. La indigencia o la marginalidad. Puede llegar a variar en términos de mayor/menor contención/consumo, pero no deja de ser estructuralmente pobre sin importar cuánto podamos crecer. Son diferencias entre pobreza y marginalidad de las que ya he hablado tanto que a veces.
- El otro tema es el cuentapropismo, que crece en el mundo y la tendencia es imparable. No sólo porque la industria, aunque logremos desarrollarla, no hará espacio para todos, si no porque hay todo un cambio cultural en un par de generaciones que desean genuinamente no trabajar en relación de dependencia. Son, creo, los más jóvenes, que por cambios culturales tienden a valorar más la independencia y el tiempo propio, y los más grandes, que tienen la legítima sospecha de que ya no encontrarán laburo formal. En este sentido hay que pensar en cómo los cuentapropistas pueden empezar a ser reconocidos como trabajadores, y pensar qué se puede hacer para que quienes se ganan la vida de esa manera, puedan vivir lo mejor posible.
Estos son mis apuntes en base a la observación y también mis deseos. Que la política en general y el peronismo en particular vuelva a llenar de contenido los discursos vaciados. Que se hable y se labure por lo que la gente quiere: que la plata le alcance, que no le afanen, y en lo posible, que los que están para asegurar todo eso no le rompan las pelotas.

