
Quedan ustedes invitados a la fiesta. Anímense, cojan un vaso y paseen por este salón que José Agustín Goytisolo habilita para que deambulemos a nuestro libre albedrío. Al principio, escucharán cómo se habla de la profesión más antigua del mundo (quizá también la más desprestigiada), con la cual no se gana demasiado dinero, se sufren burlas y se es señalado. En efecto, se está refiriendo a la poesía. Repuestos de la sorpresa, y quizá con una sonrisa instalada en los labios, leerán el hermoso, sencillo y hondo poema funeral que le dedica al poeta Alfonso Costafreda, que “se bebió más de un litro de café / para empujarse todas las pastillas / de cuatro o cinco frascos de un somnífero” en el año 1974. Después se enterarán de que Luis Cernuda no vive en los grises manuales polvorientos en los cuales sus compañeros de generación (y los críticos posteriores) se empeñaron en instalarlo, sino en los ojos y el corazón de sus lectores actuales, que poco a poco lo van comprendiendo en su pura integridad. O que Gabriel Ferrater, aquel gran “marginado auténtico”, ha sido mitificado tras su muerte por quienes, en vida, no le prestaron atención o no llegaron a entenderlo. O que al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger le robaron pronto la maleta que eligió junto a José Agustín.
Pero sigan, sigan paseándose libremente por el salón. No seré yo quien distraiga su atención mencionándoles los nombres de Jaime Gil de Biedma, Henry Miller, José Lezama o Salvador Allende: caminen y observen. Beban y charlen. Fumen y escuchen. José Agustín Goytisolo nos ha abierto las puertas para que conozcamos este museo de devociones personales, para que asistamos como invitados a esta fiesta donde prolifera el gin-tonic, para que grabemos en nuestra memoria esta reunión de versos y música. No desaprovechen la ocasión.
