
Todas las que aparecen en este delgado volumen son, nos dice el autor, “historias verdaderas”. Es decir, sucesos que acaecieron y que el norteamericano Paul Auster convirtió después en palabras, que luego tradujo y prologó Justo Navarro. Por tanto, no pertenecen al mundo de la fantasía, ni son estrictamente cuentos: es más bien un repertorio de anécdotas, de trocitos de realidad, de rememoraciones. Redactados con sencillez y de forma breve, estos apuntes mantienen la frescura de relatos orales, de imágenes que brotan del mundo del recuerdo y el autor nos traslada, como si nos estuviera enseñando algunas fotografías curiosas del álbum familiar.
Así, vemos a Paul Auster trabajando en una granja del sur de Francia en el año 1973, pasando apuros económicos y consiguiendo alivios gastronómicos gracias a un fotógrafo apellidado Sugar; a un tío del escritor que, a punto de perder una pierna durante la Segunda Guerra Mundial, la terminó conservando y encontró trabajo como vendedor de seguros en Chicago; al amigo pintor (brillante, pero con poco éxito artístico) que, al cabo de muchos años, recuperó a su amor de juventud universitaria y alcanzó la estabilidad económica (ella era rica); al tipo curioso que lo acompañaba en las cuatro ocasiones en que Paul Auster sufrió pinchazos en alguna rueda de su vehículo; o en cómo salvó de morir aplastada bajo un Chevrolet a una amiga de su hermana, quien no se enteró nunca de esta operación de salvamento. Elegante, sinóptico y reflexivo, el famoso escritor norteamericano nos deja asomarnos a algunos episodios de su ayer, en un simpático libro, más curioso que imprescindible.
