
Soy de aquellos que creen que el auténtico rey del rock and roll es Chuck Berry, que los mejores discos de Elvis son los que grabó en Sun Records, que Elvis realmente murió cuando fue al Ejército, que se convirtió en un muñeco en manos de Hollywood, del falso coronel Parker, que era un inmaduro sobrepasado por las circunstancias de su repentina fama y que su aportación a la música está sobrevalorada en exceso.
Pero, antes de nada, vayamos al prólogo de Being Elvis (Alianza Editorial) en el que Ray Connolly cuenta cómo durante una entrevista con Bob Dylan previa al famoso concierto de la Isla de Wight, la conversación languidecía ante la falta de habilidades sociales del bueno de Bob y, casualmente, Connolly comentó que había estado semanas antes en el retorno de Elvis en Las Vegas. La conversación floreció y, como un fan cualquiera, Dylan se entusiasmó con preguntas continuas sobre el repertorio o el grupo acompañante y la entrevista se convirtió en dos fanáticos charlando con entusiasmo de un héroe de su adolescencia. Otro tanto le ocurrió poco después durante una conversación con John Lennon. Para ambos genios de una generación posterior a la de Elvis, este aún representaba el germen de una vocación, una actitud que les había llevado a la música, un empuje que fue tan rompedor en su momento que abrió unas compuertas por las que se coló en sus radios y televisiones toda la magia de una música que hasta entonces solo había estado al alcance de quienes tenían acceso a las emisoras de música racial, como se decía en la época, o a disposición de un reducido círculo de estudiosos universitarios que podían permitirse los caros discos de la Smithsonian Folkways Recordings. Y fue esa música, con un sonido más moderno, unida a una imagen rompedora, lo que definió el cambio radical respecto de cualquier otro movimiento musical anterior.
Estas reacciones pueden resultar difíciles de comprender hoy en día porque hemos escuchado la música que había antes, la que trajo Elvis, todo lo que vino después. Cuando no nos perturba ver a un Bowie disfrazado de mujer o a los Kiss siendo los Kiss. Pero, a cambio de esta infinita información, hemos perdido la capacidad de ponernos en el lugar de quienes vieron la actuación de Elvis por primera vez en el programa de los Dorsey Brothers o en el Ed Sullivan Show. Y esta infinita sorpresa y la consiguiente reacción nos será ajena por siempre.
Por eso, Connolly no pretende en este libro cubrir ese vacío imposible. Si bien esta biografía sigue los pasos cronológicos y musicales inevitables en toda obra similar, lo cierto es que pone un empeño singular en hacer honor al título del libro, ese being Elvis, ese esfuerzo por explicarnos cómo era ser Elvis, qué pasaba por su cabeza, cómo percibía lo que ocurría a su alrededor cuando actuaba.
Connolly no se va a interesar tanto por contarnos qué sentían las fans que gritaban ante los contoneos del cantante, las cifras de ventas o sus infinitos noviazgos, sino por qué era lo que le convertía en único y singular, qué le empujaba a comportarse de aquella manera. Por qué sentía la continua necesidad de rodearse de la llamada mafia de Memphis, un conglomerado de amigos de infancia, familiares y advenedizos que, a todas luces, solo estaba para vivir a costa de su dinero a cambio de someterse a los caprichos y excentricidades del Rey, que podían ser despertados a las tres de la mañana para jugar un partido de tenis, que salían disparados a la farmacia portando una receta médica para comprar los cientos de pastillas que podía consumir a la semana durante sus últimos años de vida.
En este sentido, el texto es minucioso y presta equilibrada atención a las diversas épocas del cantante, tanto los episodios previos a su entrada en el negocio de la música como sus primeros éxitos, la etapa cinematográfica, el retiro de los escenarios, el Comeback del 68, Las Vegas o las giras posteriores. Y en todas ellas se trata de hacer ese relato introspectivo a que se hace mención desde el propio título, una vida solitaria.
Connolly aborda cómo es posible que un niño claramente enmadrado y tímido podía tener un inquebrantable afán por diferenciarse del resto, por destacar, al tiempo que también deseaba confundirse con el resto. Cómo podía combinar su atención a los oficios dominicales y la música góspel con lo que oía por las calles de Memphis o en la radio, uniendo así tradiciones musicales muy diferentes. Un Elvis que apenas sabía reaccionar a una escueta pregunta de un periodista local en sus primeros días y que en sus citas amorosas siempre sabía aguardar el momento de la consumación para citas posteriores.

Elvis nunca pretendió ser rompedor o convertirse en portavoz de una generación, no ofreció nunca un mensaje social, pese a que sus fans sí sintieron que el aire fresco que trajo simbolizaba muchas de esas cuestiones en las que el propio Elvis no creía. Su pasión por las placas y la policía, la triste historia de su visita a Nixon y su discurso sobre las drogas mientras casi babeaba por el efecto de los narcóticos. Quería ser el hijo perfecto, el novio perfecto, el chico de la puerta de al lado al tiempo que se compraba un rancho inmenso y lo llenaba de carísimos caballos, aún sabiendo que estaba siendo engañado por todos los vendedores.
Porque Elvis en todo momento creyó que su riqueza era algo que debía compartir, no es que fuera engañado por su séquito, es que compartía su suerte con ellos. Sus propinas, sus gastos superfluos, todo ello le llevaba a una dependencia continua de nuevos ingresos y, por tanto, de las maquinaciones del coronel Parker.
Pero la vida de Elvis siempre discurría entre lo que íntimamente deseaba y lo que le convenía. Quería producir buena música, pero el tipo de contrato para los compositores que exigía el coronel, claramente fuera de mercado, expulsaba a los mejores talentos, como terminó ocurriendo con Leiber y Stoller. Su desentendimiento de las condiciones de sus músicos terminó provocando el abandono de viejos acompañantes de los primeros tiempos como Scotty Moore o Bill Black o el del grupo de acompañamiento vocal, The Jordanaires.
Su amor por el góspel quedó sepultado durante gran parte de su carrera por la interpretación peculiar del coronel Parker sobre lo que creía que los fans esperaban de él. Su odio por unas películas que le condenaban a una repetición continua de estereotipos alejados de los papeles que había soñado de niño, cuando trabajaba de acomodador, tampoco le llevó a tratar de enmendar la errática y triste carrera cinematográfica hasta que los papeles cesaron de llegar.
Y es que Elvis tenía auténtico pavor a tomar decisiones que afectasen a su carrera. Las pocas veces que lo hizo acertó, pero por lo general, dejaba las decisiones en manos del coronel y apartaba la mirada de los platos rotos.
Una continua sucesión de contradicciones que Elvis arrastró hasta su muerte, una muerte también solitaria. El amor que sentía por su madre y su anhelo por satisfacerla no impidieron que Gladys terminase en una muerte prematura fruto del alcohol. Tampoco su amor sincero por Priscilla sirvió para apartarle de las malas compañías y las píldoras, ni su repentina afición por la espiritualidad logró ofrecerle un asidero seguro.
Tal y como señala el autor, una de las raíces, tal vez la más profunda y definitiva, de sus comportamientos incomprensibles desde nuestro punto de vista, fue el temor a la pobreza. Porque Elvis siempre tuvo muy claro que no quería volver a ser pobre. Como Scarlett O’Hara se conjuró para no volver a pasar hambre. Su familia pasó enormes dificultades, su padre estuvo en la cárcel (en el mítico penal de Parchman) por falsificación de cheques y siempre tuvo un enorme pavor a perder su dinero. Cuantas veces quiso rebelarse contra el coronel Parker, este siempre tenía clara la amenaza. Si haces esto, perderás dinero. Habrá que vender Graceland, la casa en la tierra de la Gracia que le ataba a una vida de desgracia, una paradoja más.
Por ello, Elvis nunca vistió vaqueros, esa prenda tan icónica para la juventud de su tiempo pero que para él representaba la carestía de su infancia, cuando apenas podía vestir otra cosa. De ahí su extravagancia en el vestir, sus trajes dorados, sus capas y sus cinturones horteras, su exceso en todo, la construcción de un personaje ajeno al origen que encarnaba. Porque tal vez, la mejor baza de Elvis con los jóvenes una vez pasado el inicial alboroto de los bailes y meneos, podría haber sido ese origen humilde, algo que otros músicos supieron jugar con menos motivos, como los burgueses Stones. Pero según Elvis se iba escondiendo más tras su personaje endiosado, más se alejaba de quienes podían seguir creyendo en él. Si esto llegó a vislumbrarlo en algún momento, el coronel Parker debió encargarse de sepultarlo en lo más profundo de su conciencia.
Y una vez llegado al final del libro, al término de esta triste historia, uno tiene que corregir de alguna manera su inicial idea expuesta en el primer párrafo de este comentario. Y es que, efectivamente, antes de Elvis estaba casi todo, pero solo cuando él llegó comenzó todo.
