Revista Música

Bunbury se quita la coraza

Por Fran_desesperado

Nunca me consideré un fan de Bunbury. Sus discos me gustan, pero una vez que pasa el tiempo, me da pereza buscarlos por las estanterías en las que los había dejado. Creo que es un intérprete extraordinario. Lo que hace en ‘Pequeño rock and roll’ de Quique González es de quitarse el sombrero. Pero no me ocurre igual con sus letras, siempre me han parecido excesivamente recargadas y muy lejanas a la sencillez que en determinadas ocasiones se exige. A veces tengo la sensación, de que las canciones que más me gustan son las que tiene en colaboraciones o versiones a otros artistas

Sin embargo, con ‘Las Consecuencias’ me ha pasado lo contrario. Creo que ya ha transcurrido un mes desde su lanzamiento y no me canso de escucharlo. Bunbury ha dejado de lado las poses y gorgoritos de los que algunas veces abusa, para mostrarnos al verdadero Enrique Ortiz de Landázuri. Ya no necesita fabricar un personaje para intentar ocultarse. Por fin se ha quitado la coraza y se ha mostrado tal cual es.

Y es que ‘Las Consecuencias’ no desprende esa fortaleza que caracterizaba al personaje de Bunbury. Sino que la fragilidad gana partida a través de un tono melancólico y natural. Quizás se deba a que guarde en sí un sentimiento de culpa por todo lo ocurrido estos años. Tal vez haya sido la edad la que le haya dado mayor perspectiva. Ahora se encuentra en una posición privilegiada desde donde puede juzgar todo lo que le rodea. Durante todo el disco planean frases lapidarias con un fuerte contenido moral y que él mismo se encarga de enfatizar con unos excelentes coros. Sus mensajes combinan la búsqueda del perdón con el desengaño de sí mismo ante los golpes de la vida.

Además, la música parece estar especialmente elegida para cada momento. La mayoría del disco se apoya en un tono relajado, pero no falla cuando tiene que cambiar el ritmo. Por ejemplo, en ‘Es hora de hablar’ los primeros treinta segundos prometen una canción tranquila para sorprendernos con un final del todo desgarrador.

Pero sin duda, si hay una canción que sobresale por encima de las demás es ‘Frente a Frente’. Es asombroso como una canción con la misma letra y melodía cambie tanto según sea el intérprete. La revisión que hace Bunbury del tema la convierten en algo majestuoso, que se describe por ella misma. Los coros de Miren Iza desprenden ingenuidad a la vez que ternura. Hay canciones mejores, pero el disco adquiere una fuerza especial cuando llega a este cuarto corte. Cuando suena, el mundo se paraliza, nada tiene sentido y todo gira en torno a la historia que nos cantan. La intensidad que se logra es tal, que incluso, una vez pasada la canción, las siguientes llegan a ofrecer una falsa apariencia de decaimiento, como si nunca más se lograse volver a esa fuerza. Son las siguientes escuchas del álbum las que nos dan cuenta de que todo él está lleno de momentos mágicos y aparentemente irrepetibles.

Así Bunbury nos presenta las consecuencias de toda su carrera. Todo lo que le ha traído hasta aquí y que, por fin, le ha permitido quitarse la careta para mostrarse más cerca a cómo en verdad es. Un disco reposado y que como él mismo admite “no es apto para todos los públicos”. Pero que cada vez que suena, nuestro mundo interior reflexiona y recapacita para seguir con más ganas de vivir. Con más ganas de quitarnos la coraza y llegar a encontrar nuestras propias consecuencias.


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