Revista España

Capitán de navío Joaquín Bustamante y Quevedo

Publicado el 29 noviembre 2019 por Dpl71

Capitán de navío Joaquín Bustamante y Quevedo

Bustamante y Quevedo, Joaquín. Santa Cruz de Iguña (Cantabria), 20.V.1847 – Santiago de Cuba, 19.VII.1898. Marino, investigador e inventor.

Hijo de Luis y Juliana, nació y se crió en el seno de una familia aristocrática acomodada de la más pura cepa santanderina y marinera. Ingresó muy joven en el Colegio Naval (1859), donde obtuvo la máxima nota y sentó plaza como guardia marina de 2.ª clase (1861). Tras pasar por la fragata escuela Esperanza y por la Escuadra de Instrucción, embarcó en la fragata Triunfo (1862), con la que se trasladó al Pacífico para integrarse a la escuadra enviada a aquellos mares por problemas surgidos con Chile, Perú y Bolivia.

En la campaña del Pacífico pasó por destinos a bordo de la goleta Covadonga, la fragata Resolución, con la que tomó parte en la ocupación de las islas Chinchas (1864), y la fragata Villa de Madrid. En agosto de 1865 embarcó como oficial en el vapor Marqués de la Victoria, con el que realizó varios viajes de Punta Arenas a San Francisco de California.

El 2 de noviembre del mismo año regresó a la goleta Covadonga, destacada para bloquear el puerto de Coquimbo (Chile), que el 26 de noviembre combatió con la corbeta chilena Esmeralda en el Papudo.

La Covadonga, de sólo dos cañones y ciento veinticinco hombres, era mucho más lenta y muy inferior a la Esmeralda, de veintidós cañones y cuatrocientos hombres, por lo que tras unos cincuenta minutos de lucha, con veinticinco bajas a bordo y viendo que no podía resistir el combate por más tiempo, su comandante ordenó hundir el barco para que no fuera apresado. Pero la Covadonga no se hundió, y aunque a los chilenos les costó unas dos horas controlar la situación, lograron hacerse con el barco. Entre los heridos de la Covadonga se encontraba Bustamante, que fue hecho prisionero y llevado a Santiago de Chile.

Ascendió a guardia marina de 1.ª (1865) y durante su permanencia en prisión aprovechó para estudiar Matemáticas y Física. Fue liberado el 25 de mayo de 1867 y llevado a Valparaíso, desde donde se trasladó a El Havre (Francia), a bordo del mercante francés Casimir Lequellec. A continuación embarcó en la goleta Caridad que lo condujo a Ferrol. Más tarde se trasladó a Cádiz, y embarcó en las fragatas Villa de Madrid y Lealtad. Ascendió a alférez de navío (1867) y navegó en diferentes barcos por las costas españolas.

Destinado en la goleta Caridad (1868), navegó entre Gijón y Pasajes en misiones de guardacostas; se encontraba a bordo cuando el barco se unió a la causa de la Revolución. Más adelante sirvió en las goletas Prosperidad y Buenaventura, fue segundo comandante de la goleta Consuelo, y tras desempeñar otros destinos en tierra, ascendió a teniente de navío (1871) y fue nombrado segundo comandante de la corbeta Ferrolana, en Ferrol.

En 1872 pasó destinado a Filipinas. Efectuó campañas hidrográficas por las costas de Mindanao y Davao como comandante interino de la goleta Wad Ras.

En 1873 fue nombrado jefe de la Estación Naval de Davao, donde con dos falúas viejas y lentas organizó la vigilancia de las costas cercanas, con frecuencia hostiles y pobladas por piratas, y efectuó más levantamientos hidrográficos. Durante estas actividades situó muchos puntos notables de la costa, corrigió otros y cartografió las islas Sarangani; este trabajo, publicado por la Dirección de Hidrografía, fue uno de los primeros frutos de su labor investigadora. Nombrado comandante del cañonero Mindoro (1875) participó en acciones contra piratas y contrabandistas, en los bloqueos de Joló y de Tavi-Tavi, en los desembarcos de Zamboanga y Paticolo, y en los bombardeos de Joló y Maibung (1876), acciones por las que fue recompensado con dos condecoraciones y el grado de comandante de Infantería de Marina, sin antigüedad ni sueldo.

Por las penalidades de la campaña de Filipinas cayó enfermo y fue repatriado (1876). Durante año y medio se repuso en su tierra natal y aprovechó el tiempo para estudiar Matemáticas superiores. Una vez repuesto, fue destinado a la comandancia de Marina de Santander como segundo comandante con carácter interino (noviembre de 1877). En enero de 1880 fue nombrado alumno de la primera promoción de la recién creada Escuela de Torpedos en Cartagena, lo que supuso un drástico cambio en su viva y su carrera.

En aquella época, dentro del concepto de “torpedos” entraban varias armas submarinas además de los clásicos torpedos automóviles, como eran armas fijas normalmente fondeadas —que hoy se llaman minas—, armas llevadas en el extremo de perchas o botalones, e incluso armas remolcadas; artefactos de alto poder destructivo, que estaban en continua evolución y desarrollo, en un momento en que la Artillería era incapaz de atravesar las corazas de los barcos, que sólo podían ser dañados con fuertes explosiones submarinas.

Por ello, Bustamante llegó a la Escuela de Torpedos en un momento crucial en la investigación de dichas armas, que iban a tener una gran influencia en la evolución de las tácticas navales. Su labor en el curso fue tan apreciable que a los seis meses (junio de 1880) fue nombrado profesor de la Escuela, donde ascendió a teniente de navío de 1.ª —equivalente a capitán de corbeta— en octubre de 1880, y allí permaneció durante siete años. En la escuela realizó diversos trabajos en el campo de las armas submarinas, como un estudio sobre torpedos eléctricos, publicado en 1883, o la invención de un aparato de puntería para torpedos automóviles, que fue declarado reglamentario y por el que fue recompensado en 1884. También redactó un Curso de electricidad teórico y práctico para los alumnos de la Escuela de Torpedos (publicado en 1886), y diseñó y llevó a cabo la instalación telefónica del Arsenal de Cartagena. Por sus trabajos, tuvo el reconocimiento de sus superiores, compañeros y subordinados; como ejemplo se puede citar el homenaje y la felicitación que recibió de sesenta jefes y oficiales de la escuadra y del departamento de Ferrol (1884).

Bustamante trataba de estar siempre enterado de la evolución de las armas submarinas en otros países, y de las necesidades e inquietudes de la Armada.

Cuando se enteró de que el teniente de navío Pietruski, agente del Gobierno austríaco, había ofrecido al Gobierno español por doscientas mil pesetas (1883) los secretos para construir un torpedo fijo automático —una mina— que ya había sido adquirido por otros países europeos, estudió la información que consiguió sobre dicha arma, y se puso a diseñar una parecida para ser fabricada en España, lo que podía suponer un gran ahorro de dinero y un importante impulso para la industria nacional. Gracias a sus conocimientos de mecánica, química y explosivos, realizó un proyecto de mina que elevó a la Junta Reorganizadora de la Armada, que al estudiarlo abandonó otros proyectos, apoyó la propuesta de Bustamante, y le concedió diez mil pesetas y todos los auxilios que necesitara para fabricar y ensayar en Cartagena la mina de su invención. Construida la mina —o “torpedo Bustamante”— y realizadas sus pruebas, éstas fueron tan satisfactorias que la Comisión de Torpedos la declaró reglamentaria (Real Orden de 9 de mayo de 1885), y la Armada efectuó un primer pedido de cien unidades (1886), con la idea de construir muchas más en el futuro para proteger los principales puertos. Por el éxito de su invento fue condecorado en 1892, con un retraso que se vio compensado por el hecho de que la nueva condecoración venía pensionada con el 10 por ciento del sueldo.

Surgió entonces la crisis de las Carolinas (1885), en la que la flota alemana aparecía como un poderoso enemigo para la decrépita Armada, por lo que el Gobierno intentó comprar en el extranjero buques de guerra con los que poder hacer frente a la situación.

Para tal fin, Bustamante fue comisionado como asesor a Inglaterra, donde llevó a cabo unas buenas gestiones que no se tradujeron en adquisición alguna, ya que la crisis hispano-alemana se solucionó por la vía pacífica.

Aquella comisión le valió varias felicitaciones y una nueva condecoración. Al cesar en la Escuela de Torpedos, tomó el mando del cañonero Pilar (1887) con base en Barcelona, con el que realizó una importante comisión de pesca por el golfo de Rosas. Al ascender a capitán de fragata (1888), pasó a la ayudantía mayor del Arsenal de Cartagena, donde compaginó su trabajo con estudios sobre alumbrado eléctrico, máquinas y calderas. Formó parte de la comisión para determinar cuál era el torpedo automóvil más conveniente para la Armada, y perteneció a la junta de evaluación del submarino Peral (1889-1890). Era un defensor de los acorazados, y publicó sus Apuntes sobre material de Marina (1890), en los que comentaba los problemas de los viejos barcos de la Armada, lo costoso que resultaba su mantenimiento, y preveía posibles desastres como el de 1898. Nombrado comandante de la corbeta Tornado, en la que se ubicaba la Escuela de Torpedos, pasó a ser también su director (1890).

La Tornado había sido apresada en la guerra del Pacífico, y en cierto modo fue una compensación por la pérdida de la Covadonga, donde había sido herido Bustamante. Con la Tornado realizó unas interesantes maniobras (1890) en las que utilizó todo tipo de torpedos móviles que había en España, con grandes enseñanzas para los participantes. Mandó una división de torpederos durante un mes (1891), reglamentó el Servicio de Torpedos, y presentó un proyecto de telémetro para baterías de costa (1892).

Más adelante formó parte de la junta encargada de hacer desaparecer los peligrosos restos del vapor Machichaco (1894), hundido por explosión en Santander en 1893. Por su actuación recibió las felicitaciones de las autoridades locales, y fue recibido por la Reina regente. Realizó otras maniobras de torpedos en Cartagena (1894), en las que amplió el programa a cazatorpederos, y al poco tiempo se unió el cañonero- torpedero Galicia, recién entrado en servicio, al que empezó a efectuar pruebas. Publicó un trabajo sobre La aguja náutica y su compensación (1894). En 1895 pasó a ser comandante de marina de Cartagena, y continuó con la pruebas del Galicia. En 1896 fue comisionado a París para inspeccionar la construcción del telémetro que había proyectado para baterías de costa, y también intervino en conversaciones para cambiar en el extranjero las calderas de algunos barcos de la Armada.

Ascendió a capitán de navío (1897) y fue nombrado comandante de quilla del crucero acorazado Princesa de Asturias, que con un gran retraso se estaba construyendo en La Carraca, y que por ello no iba a estar listo para intervenir en los acontecimientos de 1898. Pero Bustamante sí iba a participar, ya que el 8 de enero de dicho año fue nombrado jefe de Estado Mayor de la escuadra del almirante Cervera, con la que salió de Cádiz rumbo a las Antillas en abril. Los barcos de la escuadra tenían muchas carencias —carbón, municiones, personal, armamento, mantenimiento, etc.—, de las que un buen ejemplo quedó registrado el 15 de mayo de 1898, cuando Cervera telegrafió al ministro Bermejo desde Curazao: “En la escuadra no hay ni uno solo de los 60 torpedos Bustamante que se mandó que tuviera”. Tras una difícil travesía, los barcos de Cervera burlaron el bloqueo estadounidense y entraron en Santiago de Cuba el 19 de mayo. Santiago se reveló como una trampa de la que convenía salir cuanto antes; la situación fue sometida a consejo en dos ocasiones (26 de mayo y 8 de junio) en las que Bustamante defendió la postura de salir a la mar a costa de perder algunos barcos, como mejor medida para evitar la destrucción de toda la escuadra. Pero su propuesta fue desestimada en ambas ocasiones. Con la escuadra bloqueada en Santiago de Cuba, y con la plaza atacada por tierra por fuerzas estadounidenses e insurrectos cubanos, Cervera ordenó el desembarco de soldados y marineros al mando de Bustamante para contribuir a su defensa (22 de junio). Hay que señalar que por la organización de la Armada de aquellos tiempos, el mando de las fuerzas de desembarco correspondía al jefe de Estado Mayor, que era el puesto y cargo de Bustamante. El 1 de julio, los estadounidenses realizaron un ataque, en el que lograron tomar El Caney y las Lomas de San Juan a costa de grandes pérdidas, y se aproximaron a Santiago. Bustamante encabezó un contraataque al frente de unos cuatrocientos cincuenta infantes de marina y marineros, para intentar recuperar las Lomas de San Juan y frenar el avance norteamericano. Combatió con pericia y arrojo; muerto su caballo, siguió a pie arengando a sus hombres y continuó su avance aun después de haber sido herido en el vientre. Evacuado al hospital militar de la plaza, supo que su ataque había sido un éxito, ya que logró frenar el avance del adversario, al que llegó a causar más bajas de las que tuvo en sus propias filas. Mientras convalecía en el hospital, la escuadra de Cervera fue destruida el 3 de julio al salir de puerto para intentar romper el bloqueo. Falleció el 19 de julio de 1898 a consecuencia de su herida.

Sus restos recibieron sepultura en el cementerio de Santiago, más tarde se llevaron al de La Habana, y cuando finalizó la guerra fueron repatriados con todos los honores a bordo del crucero Conde de Venadito, para ser depositados en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando, Cádiz (1899).

Casado con Jerónima María de la Rocha (1881), Bustamante fue un marino celoso de su trabajo y del cumplimiento del deber, que además de asimilar con rapidez las nuevas tecnologías intentaba mejorarlas.

Montaba y desmontaba elementos, repetía experimentos e inventaba aparatos, uniendo a su capacidad de trabajo una gran creatividad. Compensaba su carácter algo adusto con un fondo de nobleza y bondad, que le granjeaba el cariño y el aprecio de cuantos lo conocían.

Por sus trabajos recibió muchas felicitaciones y fue acreedor a diversas recompensas: por sus actuaciones en el Pacífico, donde fue herido y cayó prisionero, recibió la Medalla de la Campaña y la de Sufrimientos por la Patria; por sus actuaciones en Filipinas obtuvo una Cruz del Mérito Naval con distintivo rojo y la Medalla de Joló; por la invención del aparato de puntería para torpedos automóviles, por su Curso de electricidad, por la mina de su invención, y por sus gestiones en Inglaterra durante la crisis de las Carolinas, recibió cuatro Cruces del Mérito Naval de 2.ª clase con distintivo blanco; también recibió la Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo; y a título póstumo, en 1900 se le concedió la Cruz de San Fernando, equivalente a la actual Laureada.

Obras de ~: Torpedos eléctricos, Cartagena, 1883; Aparato de puntería para el lanzamiento de los torpedos auto-móviles propuesto por Joaquín Bustamante y Alberto Balseyro, Cartagena, 1883; Curso de electricidad teórico y práctico: explicado en la Escuela de Torpedos, Cartagena, 1886; Descripción e instrucciones para el reconocimiento, conservación y manejo del torpedo mecánico Bustamante, por su inventor el Teniente de navío de 1.ª Clase Don Joaquín Bustamante y Quevedo, Barcelona, 1888; Apuntes sobre material de Marina, Cartagena, 1890; La aguja náutica: instrucciones razonadas para su compensación, Cartagena, 1894; Notas sobre el gobierno de buques, Madrid, 1897.

Bibl.: J. Cervera y Jácome, El Panteón de Marinos Ilustres. Historia y biografías, Madrid, Ministerio de Marina, 1926, págs. 98-102; “Caballeros Laureados de la Armada”, Revista General de Marina, n.º 188 (1975), págs. 659-666; Enciclopedia General del Mar, vol. II, dir. por José M.ª Martínez-Hidalgo y Terán, Barcelona, Ediciones Garriga, 1982, págs. 397- 398; Gran Enciclopedia de Cantabria, t. 2, Santander, Editorial Cantabria, S.A., 1985; pág. 37; C. Martínez Valverde, “Las Lomas de San Juan, de Santiago de Cuba, y el capitán de navío Bustamante”, Revista General de Marina, n.º 213 (1987), págs. 161-169; A. R. Rodríguez González, “Apuntes biográficos sobre don Joaquín Bustamante y Quevedo”, Anuario Juan de la Cosa, vol. VI (1988), págs. 113-140; A. R. Rodríguez González, Las campañas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, Madrid, Agualarga, 1998; M. González Gañibano, Génesis de los Bustamante. Biografía de Joaquín Bustamante y Quevedo, Santander, Caja Cantabria-Ayuntamiento, 2000; J. I. González-Aller Hierro, Catálogo-Guía del Museo Naval de Madrid. Tomo II, Madrid, Ministerio de Defensa- Armada Española, 2000, págs. 262-263; F. González de Canales y López-Obrero, Catálogo de Pinturas del Museo Naval. Tomo III, Madrid, Ministerio de Defensa-Armada Española, 2000, págs. 64-65; M. Fernández Martínez, El Panteón de Marinos Ilustres, Madrid, Escuela de Suboficiales de la Armada, 2002, págs. 68-69.

Marcelino González Fernández

http://dbe.rah.es/

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