
Si hay una cultura que es en mismo grado rica y desconocida para los occidentales será la china. Más de 3000 años de historia en la que apenas el último siglo ha sido testigo de grandes cambios pero ello no por un atraso intelectual sino más bien por todo lo contrario. Un país en el que la tecnología no ha sido el campo de mayor cultivo de ideas sino el estratégico. Un país con un sistema de valores tan diferente al nuestro que a lo largo de las páginas de este China de Kissinger veremos se nos hace difícil entender los motivos internos de sus dirigentes que han determinado tomas de decisiones fundamentales no sólo para una historia nacional sino mundial.
Desde el siglo XV hasta los años 2000, China de Kissinger es un retrato de los cambios y constantes de una de las culturas más antiguas e importantes de nuestro planeta. Vemos su austeridad, su proteccionismo y su cerco con el exterior. Una nación que se piensa a sí misma en términos absolutos, que no es simplemente eje del mundo sino que es lo único que hay. Su proteccionismo acérrimo y una filosofía en busca del equilibrio universal en la quietud de una gota te agua condicionarán la política exterior de este país en un momento de la historia política universal en la que las relaciones diplomáticas internacionales estaban viviendo un constante evolución.
De Li Hongzhang a Mao Zedong, con otros personajes tan relevantes e interesantes como Lin Zexu o Zhou Enlai vemos como escenario de fondo, y sólo de manera intuida a una sociedad estancada (o encerrada) en unas limitaciones que condicionan su dura supervivencia. De los vaivenes de unos imperialismos monárquicos que no toleraban lo nuevo hasta un repentino cambio de sistema al comunista maoísta donde se tomó como centro intelectual aleccionante al campesino rural (la devastadora Revolución Cultural de los años 60 de china fue su contexto).
China de pronto, en su proteccionismo vital y parte integral de su pensamiento se ven en la necesidad de entablar puentes de comunicación con otras naciones a las que siempre mirarán con algo más que recelo. Los chinos, como vemos en este libro, siempre tienen miedo del extranjero puesto que piensan que tienen más que perder en sus relaciones con los bárbaros (pues eso somos a sus ojos) que ideas que ganar. Tendrá que llegar Deng Xiaoping para que declare ante su nación que apostar por la investigación científica tecnológica es creer en el patriotismo y capacidad humana de su pueblo para no dejarse engañar, que no se dejarían engatusar por la cultura exterior, sino que tomarían lo mejor de la misma y lo reaplicarían en el desarrollo de su propio país.
Sólo daré una muestra de la magnitud del pensamiento chino citado en este libro, y es la de Mao en la conferencia de 1957 en Moscú que dice lo siguiente: “No tienen que asustarnos las bombas atómicas y los misiles. Estalle la guerra que estalle (convencional o termonuclear) la ganaremos. En cuanto a China, si los imperialistas desencadenan la guerra contra nosotros, podemos perder más de trescientos millones de personas. ¿Qué importancia tiene? La guerra es la guerra. Pasarán los años, nos pondremos manos a la obra y engendraremos más hijos que antes”. Y mientras los chinos ríen los diplomáticos de otras partes del mundo (incluidos rusos) se miran nerviosos. Si todos los chinos saltasen a la vez.
Es triste que un libro que en ocasiones se hace harto emocionante, haga que asumas la pérdida de inocencia y bienpensar de la intención política de dirigentes gubernamentales. Supongo que pocos serán los que se sientan tentados de leer un libro llamado China de 550 páginas sobre la situación económica y geopolítica de este país (centrado y sobre todo a partir de los años 1970) si no tienen unas nociones de relaciones internacionales, y que por ello ya serán partícipes del desencanto y del idealismo, y estarán más cercanos a la visión de la política realpolitik de este importante actor de la política norteamericana.
Esther Miguel Trula
