Revista Regiones del Mundo

Ciudadanía versus nacionalismo

Por Nestortazueco

La crisis económica ha dejado a una parte de la población activa española sin trabajo. Muchos ciudadanos se han empobrecido, han aumentado las desigualdades, miles de jóvenes universitarios bien formados y sin perspectivas de futuro han emigrado a países que están capeando mejor que nosotros el temporal de recesión y miseria que se ha abatido sobre la vieja Europa. La situación que vive España es grave, muy grave. Nunca desde que España recuperó la democracia después de la muerte del dictador Franco, en 1975, nuestro país había vivido una etapa tan compleja. La situación de España me preocupa y entristece, pero no porque yo sea un nacionalista español o esté obsesionado por los colores de la bandera o la melodía del himno nacional. En absoluto, el nacionalismo español me parece  una idiotez, un sentimiento cutre, impresentable y arcaico. Esa reacción tribal provoca en mí el mismo rechazo  negativo que el nacionalismo vasco o catalán. No quiero ser nacionalista español, porque no me gusta y no me da la gana, y cada vez que me topo con  un miembro de esa especie, que, por desgracia, no está en vía de extinción, tengo ganas de salir corriendo, o de ser portugués, italiano, o francés. Bueno tampoco, porque los nacionalismos portugués, italiano y francés, aunque cada uno de ellos tenga su propia particularidad, apelan a los mismos sentimientos estúpidos e irracionales, se nutren de la misma bazofia ideológica. Para mí, la nación es ante todo y sobre todo una comunidad política compuesta por ciudadanos de carne y huesos, y no un pueblo mítico y al margen de la historia, con igualdad de derechos y deberes. Todo lo demás, la lengua, la cultura, los sentimientos, la tradición, tiene que estar vinculado a lo primero. Yo soy español, pero no porque haya nacido en España o sea hijo de españoles, ya que eso es fruto de la casualidad y no voluntad de Dios o de no sé qué unidad de destino en lo universal, sino porque ME DA LA GANA, por reflexión, voluntad e interés. Soy español porque, ante todo, acepto pertenecer a esa comunidad política plural y diversa llamada España, que para mí tiene que ser una nación de ciudadanos y no un engendro étnico, como defienden los nacionalistas españoles más prehistóricos. Soy ciudadano español porque quiero y me interesa, y porque así lo he decidido libremente y no porque haya recibido una llamada  de don Pelayo o del Cid Campeador. A estas alturas de la historia de la humanidad  hay que ser un auténtico demente, o un gilipollas, para pensar que ser español –o francés, o bien polaco- es lo más importante y serio de este mundo. Y una vez que he dicho que quiero ser español, porque me interesa y lo he decidido, puntualizo que lo que más me importa es ser UN CIUDADANO ESPAÑOL. Quiero ser ciudadano, porque, siguiendo la tradición liberal e ilustrada, mi condición es la de un sujeto político activo que a su modesto nivel participa de los asuntos políticos y sociales de su país. No soy súbdito de ningún monarca feudal o dictador de derecha o izquierda. En España  nos ha costado mucho sacrificio y dolor conseguir de nuevo la naturaleza de ciudadanía. Y no me da la gana sustituir esa condición por la de pueblo, así sin más, a secas, porque pueblo sólo tengo uno, el lugar donde nací hace ya muchos años en la cálida y alegre provincia de Alicante.  Como he dicho antes, la situación de España me preocupa y me entristece. Como también me entristece la situación que vive la mayoría de Europa. La época de bonanza y bienestar pasó a la historia. Nunca volveremos a la situación de pleno empleo y seguridad material, afirman muchos europeos –y españoles- aterrorizados por el presente y temerosos del futuro inmediato. Los españoles salimos de la pobreza hace varias décadas; los polacos están probando las mieles del bienestar económico hace sólo unos pocos años y tienen la suerte de que su país no ha sufrido recesión y creció más de un 4% en 2011. ¡Qué la suerte les acompañe durante mucho tiempo! Volviendo a España, que es lo que me preocupa aquí y ahora, creo que la actitud vital de muchos españoles en estos momentos de crisis deja mucho que desear. No se comportan como ciudadanos maduros y valientes, sino como plañideras, como seres atemorizados que gimotean por la dura situación del país. Evidentemente, estoy hablando de una parte de la sociedad, no de todos los españoles. Quejarse a troche y moche y llorar  no resuelve los problemas. Salir a la calle a protestar, a veces es necesario, pero siempre y cuando se sepa lo que se quiere y no se caiga en el inmovilismo político e intelectual. ¿Qué quiero decir con eso? Pues que como ciudadanos tenemos que asumir que vivimos una época difícil en la que todos, desde los banqueros hasta el más humilde de los trabajadores, tenemos que apretarnos el cinturón,  trabajar más duro y mejor y ser más austeros y honrados. Ya sé que lo que digo no es popular ni simpático, sino todo lo contrario. Pero no me cabe la menor duda de que el inmovilismo, el no cambiar nada y pensar que la culpa de lo que nos ocurre es simplemente de un puñado de ricos financieros y especuladores sin entrañas, nos llevará a un callejón sin salida. Trabajar duro, ser honesto, pagar nuestros impuestos y no defraudar a Hacienda, porque es un robo al conjunto de la ciudadanía, formarse y redoblar esfuerzos por superarse es la única salida que tenemos a la crisis actual. En España y en el resto de Europa. Todo lo demás es mear fuera del tiesto y prolongar la agonía. Nuestros abuelos y padres trabajaron duro, muy duro, para sacar a España de la pobreza, y gracias a su esfuerzo, y no al franquismo, a partir de los años sesenta del siglo XX, España salió del subdesarrollo y se transformó en un país desarrollado en muy poco tiempo. Un país desarrollado en crisis y con muchos parados, pero un país que al fin y al cabo tiene una potente clase media, ha acogido en su seno a más de cinco millones y medio de inmigrantes en las últimas dos décadas y puede ofrecer a sus ciudadanos más débiles un mínimo de bienestar y protección social. Un país que en contra de lo que sostienen algunos agoreros desinformados, es competitivo en determinadas áreas económicas, aunque lo tiene que ser mucho más, y también tiene que aumentar su productividad y no rebajar, como se está haciendo, el gasto en investigación, desarrollo e innovación. España tiene numerosas  multinacionales en todo el mundo y es una potencia en materia cultural y deportiva. Si así lo queremos sus ciudadanos, si no bajamos la cabeza, tras haber superado la crisis, España volverá a ser lo que se merece: una potencia de tipo medio. Los momentos de dificultad sirven para ver en qué nos hemos equivocado, cuáles son nuestras debilidades y fortalezas; también sirven para ver dónde están los ciudadanos patriotas, que no son otros que los que quieren resolver los problemas de su país, de su comunidad política, con trabajo y humildad y sin necesidad de pasear un día sí y el otro también la bandera. Espero y deseo que el patriotismo ciudadano, y  no el patrioterismo chato y vocinglero, impere y se convierta en corriente mayoritaria en la población. Si es así,  dentro de poco España -y el resto de la Europa- habrá superado la crisis y este doloroso bache será recordado como un  episodio lamentable de nuestro pasado reciente. Y con suerte, los que ahora se pasan la vida lloriqueando, en lugar de agarrar el toro por los cuernos, se darán cuenta que la condición de ciudadano, de sujeto político activo, no cae del cielo, sino que hay que conquistarla día tras día. Las naciones en sí no son nada sin sus ciudadanos concretos y éstas consiguen superar los problemas y alcanzar grandes logros cuando su población, mayoritariamente, está formada por una ciudadanía activa y comprometida.


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