Un 16 de enero del 2003, en el Hospital Regional de Punta Arenas fallece Úrsula Calderón, su adios nos habla de la diglosia y el etnocidio que acalla un amplio sector indolente en nuestra sociedad magallánica.
Cumpliendo con sus deseos, el cuerpo de Úrsula fue sepultado en el cementerio de su pueblo natal (Bahía Mejillones, distante 30 kilómetros de Puerto Williams, en la isla chilena de Navarino) y a la ceremonia asistieron sus familiares más cercanos y la comunidad, formada por unas 40 familias de origen yámana, palabra cuyo significado sería "ser humano", "persona", "pueblo".
Con el fallecimiento de Úrsula Calderón, en el mes de diciembre, desapareció una de las últimas representantes de la etnia yámana, que por contener en su experiencia el atesoramiento de las cinco formas del idioma yámana, además de la cultura oral de su etnia, se lleva consigo la posibilidad de recuperar ese patrimonio ancestral.
Ni las líneas de los textos que nos evocan la imaginería de este pueblo canoero, podrán recuperar un registro vivo de lo que fue el sonido polulante de los canales australes. Tampoco el amplio desarrollo de la tecnología "avanzada" podrá constituirse en la herramienta vital para el rescate de una lengua, que anidó una cultura de la que formamos parte, pues aunque no lo reconozcamos, nuestra identidad historicamente no se puede comprender sin este segmento de la realidad.
La absurda incapacidad de la dominante, blanca y mestiza cultura regional, abarrotada de colonizacíón, sigue produciendo la tragedia que destina al mundo aborigen a ser una pieza de museo; constituyendo así un modelo civilizatorio excluyente.
Desde la perspectiva de una pedagogía crítica etnoeducativa, se levanta una demenada ética que nos obliga a mirar este fenómeno, que parece estar aculto tras la lejana bahía mejillones; pero esa voz seguirá hablando para la posteridad en el eco de su dignidad siempre presente en el alma de Ursula...
