Revista Opinión

¿Cómo y cuándo empezó el desastre de la política?

Publicado el 11 diciembre 2017 por Franky
Los españoles, sin entusiasmo y envueltos en problemas tan graves como la rebelión independentista catalana y la corrupción generalizada, acabamos de conmemorar el 39 aniversario de la Constitución española de 1978, una fecha que nos obliga a meditar sobre el camino recorrido y llegar a la conclusión de que España ha vivido, desde entonces, no una democracia sino una partitocracia aguda, una especie de dictadura de partidos políticos disfrazada de democracia, un sistema que, sin duda, ha fracasado porque ha generado insatisfacción, injusticia, deslealtad, desigualdad y un peligro inminente e intenso de ruptura de la nación. --- ¿Cómo y cuándo empezó el desastre de la política? El fracaso de España en las cuatro últimas décadas es el fracaso de los partidos y de los políticos, ya que ellos no han sido capaces de construir un mundo satisfactorio y justo. España, 39 años después de la proclamación de su Constitución, es un país agrietado y marcado por la corrupción y el abuso de poder, con una democracia que no sabe ni puede frenar la codicia y la ambición de los políticos y sus partidos, creadores de una España dividida en Taifas, con más políticos a sueldo del Estado que Alemania, Francia e Inglaterra juntas, profundamente desigual, injusta, endeudada, víctima del desempleo, con sus jóvenes sin ilusión ni esperanza, un "país de camareros", como se nos conoce en el mundo, donde sólo el turismo funciona como verdadero motor de la economía y en el que los ciudadanos señalan a los políticos en las encuestas como uno de los peores problemas del país.

¿En qué momento la clase política española perdió la clase, el norte, la vergüenza y sus miembros se entregaron al egoísmo y a la codicia sin freno?

La cosa empezó muy pronto, tras la muerte de Franco, cuando el régimen, agonizante, no pudo ni quiso poner freno a lo que había sido la esencia del Franquismo: el rechazo a los políticos profesionales y a los partidos. Al desmoronarse en Franquismo, los partidos políticos, que son escuelas de mediocres, corruptos y egoístas, se convirtieron en la espina dorsal de la democracia y redactaron una Constitución a su medida, con poderes desproporcionados y sin los frenos, controles y contrapesos al poder que son imprescindibles en democracia.

La gente no sabe que los partidos políticos y la democracia son incompatibles porque el eje de la democracia es el bien común y el de los partidos el bien propio y el interés egoísta de sus miembros. Muchos ilusos, sin ver esa verdad, creen que la democracia, sin partidos, es imposible, cuando lo que es imposible es una democracia sin ciudadanos, como la que tenemos.

El paso siguiente fue corromper el sistema y provocar que la gente buena y decente escapara de la política, dejando el terreno libre a los peores, incluidos numerosos corruptos, rufianes y saqueadores.

Hoy, los partidos son escuelas de mediocres y de corruptos y la democracia se ha convertido en un parking para aprovechados, que se atrincheran en el Estado para saquear, oprimir y anteponer el interés propio al bien común. El sistema está tan corrompido que su enfermedad es irreversible y necesita ser reseteado para empezar un camino nuevo, con pueblo y sin rufianes.

La realidad española es ocultada por el sistema gracias al apoyo de los medios de comunicación y de esa cuarta parte de españoles que viven espléndidamente del sistema. No se dice que en España no existe separación de poderes, ni controles suficientes al poder, ni que las autonomías son una ruina despilfarradora que exige el cobro de impuestos injustos e indecentes para que pueda financiarse. No se habla de los abusos constantes del poder, de la corrupción medular que prostituye los concursos y negocios públicos, ni de los sueldos y privilegios de la clase política, que nada tienen que ver con la vida común de los ciudadanos, ni de la deslealtad que fluye de los partidos y gobiernos autonómicos, ni del auge del independentismo, ni de la ausencia de objetivos, metas e ilusiones comunes, ni de que se gobierna en contra de la voluntad popular, sin jamás hacer caso a las reivindicaciones populares.

Francisco Rubiales


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