Revista Europa

Costumbres húngaras curiosas para un extranjero

Por Desde Hungría
Costumbres húngaras curiosas para un extranjeroSzimpla (Budapest), donde las sillas cuelgan del techo.
A continuación una lista de costumbres, tradiciones y cosas que tienen los húngaros y que pueden ser sorprendentes para el extranjero recién llegado al país magiar. Algunas cosas ya las he visto en más países, y no son exclusivas de Hungría. Pero los húngaros son diferentes, de eso no hay duda, y ellos está muy orgullosos de ello. ¿Os acordais de aquello que decía Fraga de "Spain is different"? Pues bien, Hungary is different as well!
Los que ya lleven aquí un tiempo, seguro que pensaron lo mismo más de una vez, los que no, que se preparen, y para los húngaros, quizás penséis que soy estúpido. No importa, espero que logre dibujaros más de una sonrisa a todos. Aquí vienen esas cosas que pueden verse en Hungría, algunas de ellas auténticos hungarikums, en clave de humor:
Al llegar a una casa, los húngaros siempre se quitaran los zapatos al entrar (algo que es muy útil para ensuciar menos). Puede que nos sorprendamos la primera vez que vayamos al baño: el retrete suele estar separado en una minúscula estancia del resto del baño. También destaca la manía de meter la lavadora en el baño (casi nunca la encontraremos en la cocina), aunque a veces casi ni quepa, pero ahí que la meten de cualquier manera. Y chicas, nos busquéis el bidet porque aquí no existen.
Otro asunto son las increíbles calefacciones de gas individuales que aún perduran desde hace décadas en muchos pisos. Y muchas veces no habrá persiana (en un país donde en verano amanece antes de las 5 de la mañana). Por último con respecto a las casas, muchas veces la puerta de la escalera tiene cristales o incluso ventanucos, que permiten ver desde fuera si hay luz en casa y si estás allí. ¿La intimidad donde quedó?
Cuando uno queda con un húngaro a las 6 de la tarde, llegará a las 6 en punto o muy probablemente a menos cinco. Y si llega tarde, aunque sea unos pocos minutos, siempre avisará y se disculpará. Cuando te presenten a un húngaro, siempre le darás la mano la primera vez, independientemente del sexo, después ya podrás saludar con dos besos (empezando por la derecha).
Cuando vaya a una tienda dará las gracias al tendero por la compra, por darle el cambio y este también le dará las gracias por lo mismo, en una muestra de exquisita educación. Solo se romperá el protocolo si uno paga con un billete de 10.000 ó 20.000 forint, que pese a ser al cambio 33 ó 66 €, aquí parece que has sacado un billete de 500 euros. Siempre pedirán otro más pequeño, puede que se enfaden, e incluso que digan que no tienen cambio (una vez pagué un café con tarjeta por no darme cambio de 5000 forint, 15 €).
El húngaro no cruzará una calle con el semáforo en rojo, aunque esté desierta o fuese la única persona en el planeta, esperará a que se ponga verde. Si está desconectado (en ámbar intermitente), se desorientará totalmente.
Deberás felicitar a tus amigos húngaros por su santo, ¡que es tan o más importante que su cumpleaños! Y cuando veas a muchos de ellos en verano vistiendo chanclas con calcetines, tranquilo, no pasa nada, son sus cosas. Y aquí la navidad llega el 6 de Diciembre con Mikulás.
A la hora de sentarse a la mesa en un restaurante, que nadie se sorprenda cuando vea que no hay cubiertos ni servilletas, el camarero los traerá todos juntos en un plato del que hay que servírselos. Y que nadie espere que le traigan el pan, con una excepción: ¡si pide sopa!
La sopa es casi obligatoria, bien haga 40 grados o -20, los húngaros son totalmente soperos. Eso sí en verano hay un variante de sopa de frutas fresquita, que a mí particularmente no me gusta. Y cuidado con el hígado, les encanta echárselo a todo: a la sopa, como relleno... si no os gusta evitar la palabra máj a toda costa. Y ojo con algunos platos que llevan médula espinal: evitar la palabra velő. Y si odiáis el pepino como yo, mala suerte, este es el país de los pepinos y hay que vivir con ello. Y que nadie se sorprenda si no encuentra una ensalada en la carta. ¡La lechuga es comida para los conejos! Y dejar claro que queréis agua sin gas (mentesvíz) porque por defecto se pone con gas y una rodaja de limón.
Para terminar con el tema culinario, acostumbraros al paprika en cantidades industriales. Si les veis cocinando, tranquilos, no es que tengan Parkinson, es que aquí el bote de pimentón se vuelca sobre la cazuela. Ah, y el túró (requesón) es algo casi obligatorio en los postres, así como el tejföl, o crema agria (parecido al yogur), para cocinar. Y dos tipos de cerezas, el meggy (cereza dulce) y el cseresznye (cereza ácida). ¿Sabéis cual utilizan casi siempre? ¡Bingo! la ácida.
Por último, un vistazo al transporte. Uno entrará al metro y se dará cuenta de que el torno es un invento que no ha llegado aún aquí: en su lugar hay revisores a la entrada de la mayoría de las estaciones. Y, cuidado, también a veces en la salida comprueban tu billete, así que no lo tiréis hasta salir a la calle. Al autobús podrás subir por cualquiera de sus puertas, el conductor pasará de tí y de tu billete. Pero pueden subir revisores de paisano (algunos incluso disfrazados de estudiantes o incluso vagabundos) y cuando se cierren las puertas sacarán su identificación y exigirán los billete a todo el mundo.
Y del idioma, qué decir... si intentáis hablar en húngaro, casi nunca te entenderán, o directamente te responderán en inglés. Y es que uno necesita tiempo hasta que consigue aprender a pronunciar las 14 vocales del húngaro: decir una "o" poniendo la boca como si fuese a decir una "u" o decir una "i" poniendo boca de "e" nunca fue fácil....

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