Revista Cultura y Ocio

Crítica literaria, Charles Baudelaire

Publicado el 19 febrero 2010 por Unlibroabierto

El de Charles Baudelaire es uno de esos casos, tan frecuentes en la historia de la literatura, en que la meritoria producción de un artista de incuestionable talento y singular atractivo ha quedado eclipsada, por así decir, por el efecto que una sola de sus obras, la más luminosa de entre ellas, ha producido sobre el resto. Pregunte usted a quien quiera si conoce a Baudelaire: «Por supuesto –le responderán–, ¿cómo no iba conocer al autor de Las Flores del mal?» Esto no es extraño si consideramos que el poemario en cuestión es, no solamente una obra clave de la literatura europea, sino también, y por encima de todo, un pequeño milagro artístico. Sin embargo, no podemos dejar de lamentar el olvido en el que, a causa irónicamente de la misma celebridad del autor, han caído algunos textos, igualmente excelentes, que corrieron peor fortuna, como son los poemas en prosa (El Spleen de París), sus escritos sobre arte o los interesantísimos ensayos sobre Edgar Allan Poe.

Creo no exagerar si afirmo que las aportaciones de Baudelaire en el campo de la crítica artística son prácticamente imprescindibles para quien quiera rastrear la evolución de las ideas estéticas en la modernidad. Pocas veces se ha hablado más bellamente o iluminado con mayor acierto una obra de arte de cómo el poeta francés logró hacerlo en su Salones de 1846 y 1859, por no hablar de la lucidez y clarividencia que alcanza en su breve pero brillante texto El pintor de la vida moderna. Y aunque la música no fuera el campo que más frecuentara, sus reflexiones sobre el Tannhäuser de Wagner habían de abrir el camino a toda una nueva sensibilidad artística en Francia.

Pero si el Baudelaire-crítico-de-arte es, en comparación con el poeta, poco conocido, el Baudelaire-crítico-literario es ya un auténtico olvidado. Descuido comprensible si pudiera objetarse que la aptitud de Baudelaire como crítico resulta inferior a su aptitud como poeta, pero dado que este no es el caso, quizá sea hora de corregir, en la medida de lo posible, esta pequeña injusticia histórica.

Probablemente, el hecho de que la producción ensayística de Baudelaire haya sido durante tanto tiempo ignorada se debe principalmente a que, por lo general, la crítica suele resultar más inaccesible que la poesía. En efecto, la poesía, por muy hermética que sea, se presenta ante el lector como una obra acabada, como una forma de arte a quien nadie le discutiría tal condición. La crítica, por el contrario, tiende a ser más fría y más analítica que el poema, y en consecuencia más árida; a esto, hay que añadir, por lo demás, que precisa del arte como objeto criticado, lo que parece ponerla en un segundo nivel respecto a este.

Baudelaire, sin embargo, opta por renovar radicalmente el paradigma de crítica que había reinado hasta su época y que había culminado con el apogeo del romanticismo. Los ideales de tal escuela eran, a grandes rasgos, los que acabamos de retratar: objetividad, frialdad y rigor científico. Piénsese, por ejemplo, en el caso de Saint-Beuve (1804-1869), para quien conocer la obra de un escritor significaba estar al corriente de todos los detalles de su vida, de saber en qué circunstancias se había gestado el texto o cuáles eran exactamente las intenciones de su autor al escribirlo. La forma que Baudelaire tiene de acercarse al arte es, por el contrario, esencialmente bipolar: por un lado, como espectador que observa la obra y que experimenta ciertas sensaciones respecto a ella; por el otro, y aquí está su gran aportación, como creador él mismo, que posicionado frente a la producción ajena, toma las sensaciones que esta le provoca y les da forma según su propio instinto artístico.

Baudelaire es siempre un poeta, no menos en sus críticas que en Las flores del mal. Su actitud como lector no dista en absoluto de su actitud como creador. También ahora se situará frente a la obra, frente al texto, como un lector más que tiene algo que decir al respecto; lo que dirá, sin embargo, lo dirá poéticamente, abriendo una brecha de luz en la interpretación del escrito. Es la otra faceta de un mismo genio artístico, de un mismo fenómeno creativo. Algunos detractores han negado debido a ello que Baudelaire estuviera practicando en serio la crítica; más que crítica, dirán, se trata de recreación, de mero divertimento, puesto que carece del rigor que se le exige al filólogo. Pero ignoran que precisamente por ello Baudelaire es el auténtico crítico, aquel que dialoga con la obra para abrir un horizonte de posibles y dar lugar así a un auténtico estallido artístico.

No se dejen engañar: la crítica de Baudelaire no le va a la zaga a su poesía. No se trata en absoluto de un acopio de textos áridos y eruditos sobre pequeñeces literarias. No; se trata de auténtico arte vivo, en perpetua convulsión. Su prosa levita entre el ser y el no-ser en un perfecto juego poético, sin descuidar sin embargo el objeto de su mirada. ¿Que Baudelaire pone en boca de los autores visitados su propio programa, les hace comulgar con sus propias ideas estéticas? Bueno. ¿Y qué iba a hacer sino ese paladín de la modernidad?

El libro que nos ocupa, editado por Visor, recoge todos los textos de crítica literaria de Charles Baudelaire, a excepción de los dedicados a Poe y los que conforman Mi corazón al desnudo, editados en volúmenes distintos. Simples esbozos algunos, acabados y publicados los más, todos los artículos que componen el presente libro llevan en sí, a pesar de su variable calidad, la huella de verdadero genio. Encontramos entre ellas algunas páginas sublimes y memorables, dedicadas a veces a algunos de los literatos más célebres de su tiempo, como Víctor Hugo, Gustave Flaubert o Théophile Gautier, y en otros casos a autores hoy olvidados que merecieron, sin embargo, el elogio de nuestro poeta.

Los escritos literarios de Baudelaire son, en cualquier caso, algo más que un testimonio de las simpatías y antipatías que nuestro autor sintió hacia sus contemporáneos: son el fresco de la sociedad literaria de una época que habría de marcar un punto de inflexión en la modernidad, tanto en un sentido cultural como social: tiempos del dandy y del flâneur, de revolución y transformación. Y cada uno de ellos esconde en sí toda la concepción estética de Baudelaire y de su tiempo.

Algunos de estos textos destacan por su agudeza o simplemente por lo pulido de su forma: son entre ellos los más notorios La escuela pagana, Consejos a los jóvenes literatos, Reflexiones sobre algunos de mis contemporáneos, Los dramas y las novelas honestos o Pensamiento de diario. Entre las reseñas o impresiones de sus coetáneos se encuentran las admirables páginas dedicadas a Madame Bovary o a Los miserables, así como también al actor Rouvière o al chansonnier Pierre Dupont. En ellas se perfila la ironía y el mordaz sarcasmo tanto como el elogio (a menudo excesivo, como algunos han apuntado) y el aplauso.

En cualquier caso, ninguna de estas críticas nos deja fríos. En todas ellas se evidencia el apasionamiento y la vehemencia del poeta que se encargaría, con su pluma, de renovar la literatura francesa y de empujar toda Europa hacia la modernidad. Muerto el recuerdo de aquellos a quienes iban dirigidos, sus textos nos sorprenden todavía por su vigencia y nos capturan en su sugestiva poética. Y, aunque se trate de meras críticas, ¿quién negará que es este el embrujo de la auténtica literatura?


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