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Crítica Pacific Rim: Categoría 4

Publicado el 15 agosto 2013 por Cineenconserva @Cineenconserva
Crítica Pacific Rim: Categoría 4
Pacific Rim: Categoría CuatroPor Lorenzo Ayuso @Lorenzo_Ayuso

¿Hacía mucho que no le veías el corazón?”. Mako (Rindo Kikuchi) inquiere a Raleigh (Charlie Hunnam) mientras observan el pecho abierto de Gipsy Danger, el mastodóntico y vetusto robot (es analógico, nos informan) que ambos pilotan alineando sus mentes para combatir a los leviatanes interdimensionales. Quizás, esta línea de diálogo, ese plano –los dos personajes, liliputienses en un hangar, embelesados ante el poderío descomunal de la máquina– atesore la mejor definición posible de Pacific Rim(ídem, Guillermo del Toro, 2013). Un blockbuster más grande que la vida, de tamaño vertiginoso, casi infinito, pero que triunfa precisamente por lo que late debajo del fuselaje, por ese mecanismo de poleas que siempre gira con Guillermo del Toro.Y es que Pacific Rim es un mecha en sí mismo. Es el robusto armazón que se acopla y dirige el cineasta mexicano, el que le permite trabajar a mayor escala, más pesado, más aparatoso, más caro. 180 millones de dólares de presupuesto se presumen difíciles de gobernar, y sin embargo Del Toro logra no someterse sino someter a la máquina, servirse de ella para reincidir en las obsesiones que lo envuelven desde Cronos (ídem, Guillermo del Toro, 1992). Aquel, en comparación, minúsculo escarabajo dorado asido al pecho de Federico Luppi, sigue bombeando sangre, sigue funcionando, y aleja esta propuesta de otras tantas destinadas a arrasar a la monstruosa oferta veraniega.

Crítica Pacific Rim: Categoría 4
Siguiendo con el símil electrónico, Pacific Rimfunciona como una Turbomix, una artilugio aparentemente sencillo en cuyo interior se remezclan mil y un ingredientes y sabores, del kaiju eiga, al anime (inevitable la referencia a Neon Genesis Evangelion), pasando por el cyberpunk y los indispensables relatos lovecraftianos... 

La premisa planteada, directa y concisa –Kaijus contra Jaegers–, adquiere volúmenes adicionales gracias a la milimétrica atención por el detalle y el foco en lo humano e íntimo, contrapunto a la majestuosidad de las criaturas protagonistas. Comenzando con un extenso prólogo de narración fabulada –reincidiendo en la mirada infantil ya presente en El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006) y Hellboy II: El ejército dorado (Hellboy II: The Golden Army, Guillermo del Toro, 2008)–, y eludiendo el territorio americano para asentarse convenientemente en el continente asiático, la película combina lo emocional (el concepto de “deriva”, la necesaria simbiosis neuronal de los pilotos), y lo decididamente excéntrico de su agradecida galería de secundarios. En ella figuran tanto el delirante dúo de científicos encarnados por Charlie Day y Burn Gorman, fetichista de los monstruos y enfermizo matemático, respectivamente; como ese carismático Ron Perlman con aspecto de proxeneta de Brooklyn, cabecilla de un submundo que bien parece la extensión del mercado troll descubierto en la citada Hellboy II. Sus marcadas características físicas –de los llamativos tatuajes y la retorcida cojera de unos, a los dientes metalizados y el ojo tuerto del otro–, contrastan con el moldeado perfecto de los miembros de la resistencia, y su papel vital en la trama resalta una vez más la preferencia de Del Toro por los desviados.

Crítica Pacific Rim: Categoría 4

Y por supuesto, las tollinas gigantes que se dedican súper-bichardos y mega-robots. El océano, ese lugar legendario y fecundo en misterios relatados por Samuel Taylor Coleridge, es el vientre que pare a las bestias abisales y restringe sus enfrentamientos con la resistencia mecánica, y otorga una poesía y plasticidad inaudita a las peleas. Fíjense en la sangre fluorescente derramada por los monstruos a cada nuevo envite, esparciéndose como pintura sobre el lienzo. Jaegers y Kaijus combaten a muerte en set pieces superlativas, en las que unos y otros, pluscuamperfectas creaciones digitales, parecen desplazarse con una torpeza casi humana, reforzando el vínculo con aquellos Godzillas y Ghidorahs movidos desde su interior por señores japoneses deshidratados por el sudor. Especialmente reseñables son la batalla de Hong Kong y, sobre todo, ese modélico y portentoso flashback a la infancia de Mako, que entronca con la imaginería del Japón post-bombas atómicas, no en vano, germen de la monster movie nipona a la que se rinde pleitesía.

Estos esplendorosos capones nos hacen olvidar aquellas debilidades de las que adolece la película, apiñadas en el bando de los héroes humanos: el obvio enfoque en las escuadras anglosajonas en detrimento de las rusas (Cherno Alpha) y chinas (Crimson Typhoon), relegadas a una presencia testimonial; así como un desagradecido personaje principal, Raleigh, que palidece ante la florida fauna de secundarios que lo flanquea y ante el poderío de un Idris Elba en la piel de un Marshall de tintes hawskianos y moral incorruptible (ojo a la nula importancia de los poderes fácticos en todo el metraje). 

Apasionada y apasionante, netamente lúdica y con marchamo personal, el saturnal de mostrencos que nos ofrece Del Toro despierta una fascinación ingenua, casi anacrónica, que nos remite a tiempos pretéritos, menos cínicos y con más corazón. A aquellos tiempos de grandes entretenimientos orquestados por orfebres como Ray Harryhausen y Ishirô Honda, a los que, a la postre, se dedica Pacific Rim.

Lo mejor: el flashback de la infancia de Mako. El mercado negro de órganos de kaiju de Hannibal Chau.
Lo peor: Del Toro tiene mejor mano con los freaks e inadaptados que con los héroes convencionales.
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