Revista Arte

Cruzando el charco – vancouver

Por Insane Mclero @insanemclero

En Junio de 2014 ponía punto y final a una etapa de mi vida que, con el tiempo, cada vez me trae mejores recuerdos. Se acababa la universidad, al menos por ahora, y era momento de salir a conocer mundo y cruzar el charco. Siguiente destino: Vancouver.

¿Por qué Vancouver? Es la pregunta que más escuche antes de irme, ¿por que irse tan lejos, quedando tan cerquita Inglaterra? Pues bien, no creo que haya una sola respuesta a eso. Si bien la principal razón fue la de no ser uno más entre tanto español que ya reside en el Reino Unido, también he de reconocer que me motivava la idea de experimentar algo totalmente nuevo, de sumergirme en una cultura de la que tan poco conocía. Y acerté.

Desde el primer momento que aterricé pude sentir lo lejos que quedaba España. Recuerdo que al principio me impresionaba por todo lo que en unos pocos meses se convertió casi en cotidiano. Nada más tocar tierra, me monte en un taxi, en el que un hombre hindú, ataviado con el típico pañuelo a la cabeza, puso rumbo a mi “host family”, con la que pasaría mi primer mes.

Allí me recibieron con la educación y hospitalidad que caracteriza a los canadienses. La familia estaba compuesta por los padres, dos hijas, el hijo menor y Dexter, un pastor alemán con el que hice buenas migas, ya que por aquél entonces hablaba más o menos el mismo inglés que yo, por lo que nos entendíamos bien. Tambíen había más estudiantes alojados: tres chicos de Turquía, dos mejicanos y un colombiano. Y hubiera podído vivir tranquilamente unos cuantos más, ya que la casa era enorme, con jardín, sótano, su patio trasero y su caravana en la puerta, como es de rigor por aquellas tierras.

Pasé los tres primeros meses en una escuela de idiomas, mejorando el inglés, aunque el inglés fue lo que menos me enseñó esa academia. Es increible ver como en unas pocas semanas cambian tantas cosas: tus amigos pasan de llamarse Juan, Raúl o Rubén a Atsuki, Chihiro o Prapatchana; dejas de usar la palabra “chinos”, por asiáticos, ya que empiezas a entender las diferencias con Corea o Japón, que son más de las que pudiera haber entre paises europeos; cambias la tapita de jamón y la cervecita viendo el futbol, por las alitas de pollo viendo el hockey; empiezas a contar las calles por manzanas, y empieza a ser rutinario el preguntar a tus amigos “¿de que país quieren la comida de hoy?” cuando llegan las 12 del mediodía.

Y aunque tuve poco tiempo, siempre se puede sacar un ratito también para el ajedrez. Tras preguntar por internet, di con el “Bar de Joe”. Resulto ser un pequeño bar de barrio, regido por un señor mayor, de portugal. Allí los aficionados, la mayoría entrados ya en años, se juntaban todos los jueves a pasar un buen rato en buena compañía. Para los que me conozcan, sabrán que no hay un plan que me guste más: unas partidas, buena compañía y unas cervezas. En ese aspecto resulto que no eramos tan distintos. Incluso tuve tiempo para jugar un torneo en Vancouver. Fue a rapidas, en una cafetería centríca, con cafelito incluido…¿Que más se puede pedir? Ganar, supongo, pero no pudo ser. Fue un cuarto puesto, que si bien pudiera no parece tan mal resultado, en un torneo con tres premios, te deja un sabor agridulce.

Con la navidad, como el turrón, tocaba tiempo de volver, con sentimientos encontrados. Por una parte, con la satisfacción del trabajo bien hecho, de haber cumplido los objetivos, que era mejorar el inglés, y por supuesto de disfrutar de la experiencia y crecer a nivel personal. Pero por otro lado, quizás nunca antes tuve que decir “see you” a tanta gente, de tan diferentes nacionalidades. Y eso supone que probablemente a la gran mayoría tarde mucho en volver a verlos, si es que lo hago, y eso sin duda hace que esta etapa haya sido tan especial.

La Navidad pasó: año nuevo, vida nueva. No hay tiempo de mirar atrás. Espero volver a escribir otra vez en esta sección pronto, ya que aún quedan muchos lugares que no dejaré de visitar. Mientras escribo estas líneas, estoy sentado en una oficina, en Tunéz, disfrutando de un té con mis compañeras de trabajo, venidas de Polonia y Ucrania. Pero esta historia aún se está escribiendo, así que os lo contaré más adelante…


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