Revista Opinión

Cuento: Cartas Lascivas

Publicado el 10 julio 2014 por Tomás Michel

Capítulo II

Días de intranquilidad, de sospecha e intriga, tal detective en busca pausada y sistemática de un bandido. Uno que asesinó el pseudososiego auto impuesto a raíz de ristras de agrios recuerdos. Trabajar, impartir clases tratando de actuar casual. Investigando. Una mirada más prolongada de lo usual, unos ojos que delataran pensamientos indecorosos, un brillo cristalino y acuoso. Algún gesto que inculpara al responsable de haber despertado tanta ansiedad, de recibir un poco más del suero suministrado. De aquello que  alivió un tanto el pecho acongojado. Mas todo concurría según lo habitual, nada sospechoso entre sus estudiantes. No era como buscar una aguja en un pajar, si  no peor aún; identificar lo obvio frente a su nariz. Pese a la extraña sensación generada, por tener que lidiar con aquella incomodidad que un papel entintado raspó inalienablemente a su conciencia, algo parecido a la decepción le obligó a continuar sus faenas magisteriales en estas semanas, con la normalidad que debiera caracterizarla.

Meditaba, una y otra vez tratando de entender lo ocurrido. Cual pudiese ser la motivación de quien fuese que estuviera detrás de ese juego de mal gusto. Uno, que había despertado erupciones de calores húmedos, en una estación fría y seca. Un interés que no debía ser el motor del despertar cada día. Tenía que hablarlo con alguien. Si lo seguía conteniendo para sí, iba a volverse una desquiciada paranoíca. Después de tantos años de aguantarse la una a la otra, esta no era el tipo de cosas que le ocultabas a su cómplice de vida Gladys. Hubiese preferido mantenerlo a modo de silente o mejor aún, de irrelevante, mas el aroma de dicho sobre no le permitía alcanzar tan humilde perfil.

Se acordaba del fin de semana pasado, mientras andaban en las rutinales caminatas por las noches en las aceras de Santurce. Le pasa a su amiga el papel como quien no quiere la cosa; como si estuviese ajeno a lo que ahí adentro se vociferaba. Gladys sin preguntarle nada al respecto, saca el papel del sobre roto y empieza a leer. Mientras se perdía a través de las oraciones, sus ojos se abrían cada vez más, torciendo a su vez la boca con picardía. Dejaba todo poco a poco, lo blanco del ojo expuesto. Y luego de darse un pase con el olor de la carta el cual no pudo pasar por alto, mira agudamente a esta mujer desorientada en un lago cerrado y hediondo de sentimientos.

—Esto huele a problemas, y esta nota, ¿de dónde te la sacaste?

—Lo mismo que sabes tú, se yo.

—¡Mara, Mara! No te hagas la bruta. Evitate los líos, no te busques lo que no se te ha perdido. Tente cuida’o con lo que tu haces, que no bien te has divorciado de Cuco y ya andas de risueña.

—Pero, de que tú me hablas, yo no he hecho nada.

—Aún. Y como te conozco y me puedo dar cuenta que le estás dando más cabeza al asunto del que deberías; ya eso es un problema. Eso era para ni haberlo terminado de leer y ya haberlo botado para la basura. Primero, ¿Tú estás consciente que a tí no te soportan en la universidad? Por que mientras otros tuvieron que guayarse la yuca, para poder limpiarse una contrato de permanencia, a tí te lo pusieron en bandeja de plata. Segundo, lo último que necesitas es de andar de cougar. Y eso es lo menos importante. Tú sabes lo feo que se vería en las noticias, tu nombre en un titular diciendo “Educación Sexual fuera de limites” o “Violación Premeditada”, créeme no subestimes el sensacionalismo de los periódicos, que ya no venden por noticias que valgan la pena, si no es todo sobre bochinche. Y por ultimo, ¡diantre!, ¿tan necesitada de amor estás? avísame, pa’ darte cariño, pero no te tires la soga al cuello.

—Gladys, por favor. Contrólate, ni que yo fuera una retrasada.

—Mira, tú tienes dos muchachos. Y aquí la cosa esta mala. Los letreros de se venden de las casas, están que hacen orilla. Si tu no quieres ser parte de la diáspora forzoza del país, que de ser Puerto Rico la isla del encanto, va a pasar a ser la isla del espanto con tantas casas vacías que hay; “el pueblo fantasma”. Tu no te quieres ver sin trabajo, créeme. Arriesgar tu seguridad laboral, no es algo de lo que te puedes dar el lujo, que eso aquí lo tienen tres gatos y cuida’o. Sabes que yo no te voy a decir nada. Cuando te jodas, no vengas a donde mí sollozando, que no te voy a hacer caso.

— Shhhh, ¡Ay chica, ya! tampoco era para que te pusieras de malas.

En vez de sentirse disuadida, encontró el gran recalco a una curiosidad que de por sí ya estaba implantada. A la hora de almuerzo de un miércoles como cualquier otro en la facultad, un tanto tentada, por querer saber más de lo que le convendría, llamó al departamento de español para verificar si había correspondencia. La secretaria le respondió con un “sí”, que escuchó entrecortado por la emoción que intentaba aguantar como una dama madura que no debía ponerle demasiado atención a palabras vanas, pasajeras y sin bases demasiada confiables. Dejó a mitad la sopa de plátano que tanto le gustaba por el exceso de ajo, recogió sus platos y se dirigió con rapidez a la ”égida” de la universidad. Una vez dentro, se paró al lado de su apartado, metió la mano al cubículo sin mirar, lo que fuese que estaba ahí dentro lo agarró, se lo metió al bolsillo; salió al patio, con una prisa que no parecía acorde a su experiencia en cuestiones del amor. Buscó un banco en una esquina que no estuviera demasiada transitada. Con gran expectativa, sacó la carta del bolsillo, la olió, percatándose nuevamente de aquel olor singular a macho que caracterizaba dicha correspondencia. Se le escapó una sonrisa de la rendija de los labios y procedió a ojear que le deparaba el azar.

2

Ilustración: Lucero G. Michel

“Una vez más le pido disculpas por mi atrevimiento, lo ultimo que quisiera es incomodarla. Escribo este papel, que recoge los desbordamientos de mi ser, mientras me encuentro recostado en mi balcón. Miro la ciudad, los carros pasar y el cielo enrojecer. Escucho la radio y pienso en usted. Me imagino que está a mi lado, que me acompaña mientras los brisales estrangulan las cortinas. Que lee un libro, y me regala una sonrisa esporádicamente. Con aquella coquetería que le caracteriza, me comenta sobre aquellos capítulos.

Siento como me da la oportunidad de secar aquellas lágrimas que en más de una ocación le he visto derramar; que unto miel a esa amargura que sale por sus poros.

Una tarde tan elegante como hoy sufro por la ausencia de su aroma salado de todo un día de trabajo. Por que no puedo ser su hombre. Por que probablemente jamás me corresponderá, aunque en mi sueños acontece lo contrario y la humedad de mis sabanas me lo confirman cada mañana.”

Después de terminar, se quedó mirando al horizonte. Volvió a oler aquel papel, a su vez verificaba que no hubiese nadie demasiado cerca con la periferia de la vista perdida en algún punto de lo lejos.

Capítulo III (proceso de redacción) 


Cuento: Cartas Lascivas

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