
Para las personas que hayan leído Tríbada, de Miguel Espinosa, imagino que será sorprendente que la compare con Dar la vida y el alma, de Marina Mayoral. No lo hago tanto por la intensidad literaria de sus páginas (que juzgo superior en el caravaqueño) como por el espíritu que impregna ambas obras: la voluntad de analizar y entender todos los meandros íntimos de sus personajes. El asunto o argumento queda convertido en ambas obras en pura anécdota, porque la mirada de quien escribe se concentra en los móviles de sus personajes, en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus temores. Consciente de esa condición, Espinosa prefería con buen criterio la etiqueta de ‘libro’ a la de ‘novela’, pero entiendo que la autora gallega ensaya otro mecanismo: el manejo de dos líneas alternas, que se trenzan a lo largo de la obra como sinusoides independientes. En la primera (la más puramente novelesca), nos habla de Amelia, una chica jovencísima (18 años) que, tras su noche de bodas en París, es abandonada por su marido, Carlos, que la deja sin nada: ropa, dinero o calzado. Eso no la impulsa a la venganza o la amargura, sino hacia la conformidad: sigue considerándose casada con él y rehúye toda posible denuncia, para consternación o enfado de la familia (que no entiende su actitud) y para asombro de la ciudad (que mira con estupor y con respeto su gesto de conformidad cristiana). Enrique, un chico que la amaba desde antes de su boda y que la sigue queriendo platónicamente, se casará con Carmen, consciente de que ella nunca accederá a la anulación del matrimonio. De hecho, cuando las garras de la enfermedad arañen a Carlos en su vejez, Amelia acudirá para estar a su lado, contra todo pronóstico. En la segunda línea, Mayoral, auxiliándose con referencias a otros escritores (Eduardo Mendoza, Benito Pérez Galdós, Mercè Rodoreda, Emilia Pardo Bazán, Mario Vargas Llosa, Gabriel Miró, el arcipreste de Hita, Espronceda, Larra, Bécquer o Stendhal, entre otros), se adentra por un interesante sendero de análisis, donde psicología y sociología se dan la mano para hacernos reflexionar sobre la historia: ¿qué sintieron sus protagonistas? ¿Qué fue lo que motivó sus actos? ¿Qué porcentaje de amor, de religión, de conveniencia social o de terquedad impregnó las actuaciones de Amelia, de su padre, de Carlos, de Enrique, de Lola, de Carmen? Y, además, ¿cuánto nos revelan los recovecos de esta historia de la propia narradora, que ha sido abandonada por su pareja y que no puede evitar reflejar sus ideas en el libro (“A mí me sorprende cómo algunas mujeres luchan por retener al hombre que se ha enamorado de otra, o incluso al que se ha cansado de ellas y se enreda una y otra vez en aventuras buscando nuevas ilusiones. Yo me siento incapaz de hacer otra cosa que no sea facilitarle el camino para que se vaya”)?
A la postre, poco importa que hablemos de personajes reales o imaginarios; y poco importa que la voz narradora corresponda a Marina Mayoral o no (solamente un lector muy cotilla puede estar interesado en esos pormenores). Liberados del poder coyuntural del tiempo y del registro civil, los análisis y elucubraciones de Dar la vida y el alma, que me parecen muy valiosos, adquieren corporeidad por sí mismos y fijan su propio territorio. Notable.
