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Diario de Rodaje: "El Bosc" de Oscar Aibar (parte II)

Publicado el 22 junio 2012 por Fimin

22 de Junio del 2012 | etiquetas: Montecarlo, Diario de Rodaje Twittear diario-de-rodaje-el-bosc-de-oscar-aibar-parte-ii

Os dejamos con la segunda entrega del diario de rodaje de "El Bosc" de Oscar Aibar a cargo de nuestro habitual colaborador Montecarlo. Quienes aún no halláis disfrutado de la primera, podéis recuperarla aquí.

A nuestro lado, precisamente, está el autor del relato original y de la adaptación cinematográfica. Enjuto, algo retraído, la imagen de Albert Sánchez Piñol parece haber salido de un casting para interpretarse a sí mismo: escritor y antropólogo, sorprendente fenómeno “best-seller” traducido a multitud de idiomas, autor de mirada profunda hacia el entorno y la naturaleza humana, irreverente contador de historias en las que mezcla el género popular con la observación científica, Sánchez Piñol se muestra humilde, entusiasmado y gratamente sorprendido.

Hoy Albert ha venido al rodaje para conocer a sus personajes, para ver como en esta Matarraña de ficción María Molins interpreta a Dora, esa mujer que creó hace más de diez años y a la confinó en un cuento, en un campo y en un momento histórico tremendo y a la que convirtió en la guardiana de un secreto todavía más terrible. Está asombrado con el trabajo de la actriz y de cómo, en un suspiro, pasa de ser ella misma a ser esa mujer del bajo Aragón del siglo pasado. A pesar de fue él quien la imaginó y le dio vida, hoy Sánchez Piñol descubre por primera vez a Dora. No hace falta preguntarle nada, con mirarle a la cara basta para ver que el escritor ha caído rendido frente a la magia del cine.

Sigue el rodaje: es la hora de comer, pero antes de abandonar la localización el director necesita un plano. Uno más. Se trata de una escena de fuerte carga emotiva y de gran belleza visual. Tiene que ser cuidadoso con los planos que rueda, necesita que encajen en el montaje. Todos se aprestan a prepararlo. Es importante no dejarse nada atrás. Por fortuna (en realidad, por buena estrategia y planificación) Bernat Vilaplana (otro nombre que repite créditos) está montando la película casi al tiempo en que se rueda: eso permite tener una idea clara de qué se está haciendo, cómo va el timing y qué falta.

La comida transcurre tranquila bajo un gran entoldado que ofrece un poco de alivio frente a un sol omnipresente. El rodaje de la tarde será más llevadero, al menos por lo que se refiere a la temperatura: está previsto hacer un par de escenas en el interior de la masía. Tras la pausa, Óscar pasea y estudia las siguientes escenas. Mientras, Xavier Bernabeu supervisa la preparación de la primera escena de la tarde, los trabajos del equipo de cámara, eléctricos, maquillaje, vestuario y peluquería, del equipo de producción, de las necesidades previstas para la escena posterior (la última del día) y también de lo que van a necesitar mañana. Además, tiene tiempo de reparar en que estoy algo quemado por el sol y darme a elegir entre una crema protectora o una gorra. Todo con una eficacia y amabilidad demoledoras.El último plano de la mañana ha retrasado el plan de rodaje, así que toca hacer ajustes.

En el interior de la casa, Óscar se sienta a solas. Deposita sobre la mesa su copia del guión, repleta de notas y storyboards, y reflexiona. Marieta acude a su lado y repasa todo con él. Óscar piensa un poco más, elimina algunas líneas de guión que se habrían traducido en planos adicionales y soluciona la escena con gran economía de medios: la justa y necesaria para que el relato fluya y, como veremos en cuanto ensayen los actores, la cámara se centre en la tensión que se genera entre María Molins y Alex Brendemühl o, mejor dicho, entre Dora y Ramón. Por un momento, iluminado por un candil y una hoguera alimentados artificialmente por el equipo de eléctricos, Óscar es un personaje más de la historia que está contando, y ya no es un día de mayo caluroso, sino una noche del invierno del 36.

Me acomodo en un rincón de la escalera, en el sitio en el que estorbo menos, consciente de que hoy soy un simple observador entre un grupo de gente trabajando. Aprovecho para saludar a Dani Fontrodona, el ingeniero de sonido (otro nombre recurrente). Él sabe que con Óscar “los rodajes son tranquilos”. Efectivamente, Óscar Aibar es de esos directores que aplican lo que proponía Truffautt: “el director es único que no puede quejarse”. Puede que la procesión vaya por dentro, pero eso forma parte de las responsabilidades que asume con el cargo; está allí porque es allí donde quiere estar. Tiene algo que hacer, y va a hacerlo. Óscar Aibar tiene una historia que contar.

Mientras cada miembro del equipo se encarga de sus labores, disfruto del privilegio de ser el invitado y dedico mi atención a Alex Brendemühl y a cómo se sumerge en el personaje. “Mecagon Satanás… ¡Mecagon Satanás!”. El actor masculla la maldición que Ramón lanzará en cuanto estén todos preparados. Desde donde estoy sentado le veo a contraluz, y la iluminación del set se confunde con la energía que desprende este actor capaz de expresarse de un modo imperceptible. No hay efecto especial del mundo que supere una buena interpretación.

Finalmente se ruedan todos los planos necesarios y en cuanto Óscar ordena cortar y da la última toma por buena, el equipo de cámara empieza a desmontarlo todo y a preparar la siguiente escena. Encerrados en la penumbra de la sala, la tarde ha avanzado sin que nos diéramos cuenta. Óscar discute con Mario Montero, el director de fotografía, cómo rodar la próxima escena en un plano. Forman un buen equipo, están compenetrados y, con los años, han llegado a saber lo que el otro quiere sin tener que intercambiar muchas palabras. Mario Montero lleva la fotografía en las venas y se entrega a su trabajo con pasión. Cuando habla de la iluminación de una imagen o de un movimiento de cámara que imagina, se le alegra la cara.

En un espacio de dimensiones increíblemente reducidas, la gente de Montero consigue colocar la vía del travelling gracias a que es de ancho variable. El director de foto tendrá que, literalmente, encaramarse a la cámara para poder atravesar el quicio de una puerta al tiempo que reencuadra y, simultáneamente, el jefe de maquinistas desplaza la plataforma por el raíl. Todo ello mientras Alex Brendemühl asciende por una escalera angosta armado con un fusil. Es un bonito ejercicio de economía y virtuosismo técnico al servicio de la narración. Con dos tomas basta. Eficaz. Limpio. En la lata. Ahora sólo queda por rodar un plano de recurso del rostro del actor, algo necesario para que se capte el sentido completo de la escena. Desgraciadamente, es la hora y, por mucho valor que tenga la imagen no se va a poder hacer. Son las reglas del cine.


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