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Ejemplo de western psicológico: El valle de la venganza

Publicado el 04 octubre 2011 por 39escalones

Ejemplo de western psicológico: El valle de la venganza

No cabe duda de que el cine de aventuras fue el lugar predilecto de Richard Thorpe en Hollywood. Desde las películas de Tarzán hasta las epopeyas artúricas o las adaptaciones de Walter Scott con Robert Taylor (uno de sus actores recurrentes) como improbable (visto hoy) héroe medieval con calzas, leotardos y armadura, la filmografía de Thorpe, prolongada a lo largo de cuatro décadas, está asimismo salpicada de incursiones en la intriga criminal, el musical, los productos baratos para cantantes de moda (Bobby Darin o Elvis Presley, por ejemplo), o los bodrios nadadores de Esther Williams. También en su cine hay espacio para el western, y el mejor de todas sus películas en el género es El valle de la venganza, una película que, en contra de la simpleza a la que invita el título, esconde muchos matices que hacen del filme un western atípico, más para una fecha como 1951.

Porque casi casi se trata de un western, no fordiano, sino freudiano, cuya raíz de conflicto hay que encontrarla en la relación de subordinación-dominación que padece Lee Strobie (Robert Walker, que bordaba como nadie los personajes de psicópata perturbado, traumatizado, quizá porque no requería de él demasiado esfuerzo para su composición) con respecto a su padre (Ray Collins), un rico potentado ganadero, una situación que se complica por el culto que papá Strobie, la esposa de Lee, Jen (Joanne Dru) y todo el mundo en general sienten por el juicioso, fornido y valeroso Owen (Burt Lancaster), hijo adoptivo de Strobie y hermano por tanto de Lee, en quien el viejo Arch ve al hijo que le gustaría haber tenido en lugar del tarambana que le ha tocado en suerte. El soterrado juego de rencores, odios, envidias y amores difíciles, agravado sin duda por la ausencia temprana de una figura materna para Lee, se complica cuando éste, más amante de la noche entre cartas y mujerzuelas que del duro trabajo en el rancho, deja embarazada a una joven del pueblo. Owen, acostumbrado a sacarle las castañas del fuego a Lee para que su padre no se entere de sus frecuentes aventuras de violencia regada con alcohol, intenta que Lee reconozca su culpa, pero cuando éste, para salvarse, provoca y permite que la paternidad sea atribuida a su hermano adoptivo, no hace gran cosa para abrir los ojos a la gente por temor a la reacción del viejo Arch y, sobre todo, por atención a Jen. Sin embargo, cuando el hermano de la joven (John Ireland), un pistolero sin escrúpulos, se presenta en el pueblo para vengar la afrenta, es el inocente Owen y no el culpable Lee el objeto de su venganza, mientras éste último hace planes para, cuando falte su hermano, preparar la liquidación del negocio familiar y así poder marcharse lejos a quemar el dinero en juergas eternas.

La película resulta interesante como ejercicio de síntesis: en apenas ochenta minutos plantea un drama de hondas raíces psicológicas, establece relaciones entre múltiples personajes a varias bandas, ofrece alguna trama romántica secundaria, ofrece escenas de acción y violencia, y concluye con un final de culpa y redención. Thorpe se maneja con oficio y alterna las tomas exteriores de Technicolor en entornos naturales de gran belleza, casi paradisíaca (prados, vacas, ríos, bosques, montañas…), para subrayar el estado de gracia y placidez en el que transcurre la vida de los vaqueros, con las opresivas secuencias de interiores, siempre en espacios angostos, mal iluminados, sucios (excepto la habitación del matrimonio en casa de los Strobie), en las que Lee-Walker pasea sus profundos traumas y odios.

Sin unas escenas de acción ni de romance que destaquen técnica o dramáticamente (salvo probablemente el esperado desenlace con el enfrentamiento entre Owen y Lee), son los personajes y sus relaciones entre sí el elemento que suscita el mayor interés en la película. Arch ha sido un padre duro y cruel con su hijo Lee, quizá porque ha volcado en él algún remordimiento, su sentimiento de culpa con respecto a su madre; Lee, crecido con la ausencia materna, vive acomplejado por la figura paterna y lleno de rencor por el afecto que Arch ha demostrado siempre con Owen, al que, por si fuera poco, su propia esposa trata con una deferencia propia más de la devoción de la enamorada que de la corrección y la cordialidad que se espera de la familia. Lee, ansioso por conquistar su libertad de estas tutelas emocionales, confunde su liberación con la destrucción del entorno que lo rodea, y no deja de crear situaciones de tensión que amenazan constantemente la convivencia y el modo de vida de su padre, de su esposa y de su hermano, al mismo tiempo que sus contradictorios sentimientos de venganza, odio, culpa y remordimiento, lo convierten a menudo en un simple niño grande deseoso de atención de los seres a los que ama. El conflicto, resuelto con la victoria de su lado oscuro, no tiene otra salida que el enfrentamiento a muerte. Owen, por el contrario, tampoco es un angelito, ya que no sólo ha disculpado constantemente las distintas fechorías de Lee, sino que ama a su esposa apenas sin disimularlo. No es su naturaleza superior lo que le hace comportarse como un hombre ejemplar, sino un elevado concepto de “lo correcto”, que él sí es capaz de colocar por encima de su egoísmo. De modo que ama a Jen, pero sería incapaz, al menos al principio, de cometer adulterio, no por respeto a su hermano, sino por su particular sentido del deber. Igualmente con respecto a Arch, al que anuncia su propósito de abandonar al comienzo del filme y junto al que se queda por una especie de deber familiar, de favor a cambio de la tutela y protección recibidas desde niño. Hasta el secuaz del villano, el hermano de la joven embarazada, es un forajido atípico: no se trata de un ladrón o de un asesino cruel, sino de un tipo tosco, brutal, no muy inteligente, que pretende vengar una cuestión de honra en una época repleta de pecados de esa clase.

La película, que finalmente eclosiona en un final previsible producto de la tensión que va creciendo y acumulándose a lo largo del metraje, resulta por tanto más un elaborado estudio de personajes que un western consagrado a la acción y a la aventura, en el que los indios brillan por su ausencia, las largas travesías de ganado son interrumpidas por las necesidades de la historia, y temas como la familia, la convivencia, la infidelidad y la lucha intergeneracional son los leit-motivs de una historia que encuentra en la venganza su única respuesta a un clima enrarecido a punto de estallar.


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