Revista Filosofía

El don del librepensador

Por David Porcel
Existe cierta inclinación instalada en lo más hondo del ser humano a realizar aquello que la sociedad espera de él. Quizá sea el miedo a la soledad lo que explica este fenómeno, visible en muchos ámbitos y contextos. De alguna forma, parece que nos cuesta desatender lo que la sociedad demanda de nosotros y recogernos en nuestra intimidad para descubrir lo que verdaderamente pensamos y sentimos sobre cualquier asunto. Debe ser por eso por lo que me gusta tratar con artistas, científicos y filósofos, verdaderos expertos en el arte de la ensimismación y del recogimiento. Su libertad y fortaleza radican precisamente en su capacidad para desatender lo social y apostar por ellos mismos. De hecho, el don del librepensador no radica en su talento, variable y multiforme, sino en su valentía para suspender las demandas del yo social, recogerse en sí mismo y actuar conforme al pensamiento recibido. Por ello es muy gratificante comprobar en las clases que todavía hay alumnos con la fortaleza y el inconformismo suficientes para cuestionarse el discurso de los otros y aventurar preguntas todavía no resueltas. La sociedad luego vivirá de ellos.
No se crea que es desear faena tan fácil. Observen ustedes la específica angustia que experimenta el nuevo rico. Tiene en la mano la posibilidad de obtener el logro de sus deseos, pero se encuentra con que no sabe tener deseos. En su secreto fondo advierte que no desea nada, que por sí mismo es incapaz de orientar su apetito y decidirlo entre las innumerables cosas que el contorno ofrece. Por eso busca un intermediario que le oriente, y lo halla en los deseos predominantes de los demás. He aquí la razón por la cual lo primero que el nuevo rico se compra es un automóvil, una pianola y un fonógrafo. Ha encargado a los demás que deseen por él. Como hay el tópico del pensamiento, el cual consiste en la idea que no es pensada originariamente por el que la piensa, sino tan sólo por él repetida, ciegamente, maquinalmente reiterada, hay también un deseo tópico, que es más bien la ficción y el mero gesto de desear. (Ortega y Gasset, Meditación de la técnica)

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