Revista Cultura y Ocio

El paisaje de mi infancia, Thomas Bernhard

Publicado el 07 septiembre 2019 por Kim Nguyen

Mis abuelos (no conozco a madre ni padre) me enseñan, mi abuelo las asignaturas filosóficas, las demás mi abuela, cuando no estoy en la granja. Me crío con caballos, con vacas y cerdos y con filosofía estremecedora. De noche dispongo sobre todas las cosas. Con los trabajadores (mozos y sirvientas) he concertado un pacto de amistad, y ahora mi relación con los astros, con los “errores universales” (mi abuelo), con los fantasmas y superfantasmas, es perfecta. No leo, pero oigo cómo son las cosas. La imparcialidad, como la desconfianza, constituye un instrumental con el que se puede aumentar adecuadamente la riqueza de “capacidad natural personal”. Los dos, mi abuelo, el filósofo, y yo, estamos en el bosque, estamos aquí y allá, salvamos las mayores distancias en el tiempo más breve, somos maestros de la distancia y de la falta de distancia. Estamos juntos cuando él no trabaja y cuando yo estoy en la granja. Voy a la escuela del silencio. A la escuela de la ironía. A la escuela de la independencia. Me interrogan e interrogo. Estar juntos es un juzgado de instrucción ininterrumpido. Mi infancia, como su vejez, es capaz de esfuerzos. Sin embargo, nos decimos, no hay que lamentar nada. La muerte lo posibilita todo. Vivimos en la inquietud. Vivimos en un mundo de dudas. Nos encanta despreciar, como nos encanta querer. Observamos el mundo como si solo existiera a través de nosotros. Tenemos dos vidas, dos mundos reales para nuestras excursiones, vivimos dos poderes ejecutivos, probablemente: ¡una palabra deprimente! Vivimos juntos, paralelamente, dos decenios totalmente distintos, totalmente iguales, vivimos dos guerras, yo vivo mi guerra, mi abuelo vive su guerra, la misma guerra. En el camino de la escuela oigo de pronto a la grosera mujer del vecino: “¡Descuida, a tu abuelo lo conseguiré meterlo en Dachau!”. ¿Qué es Dachau? Lo pregunto y no entiendo lo que me dicen. ¿Qué es la “patria”? Caen bombas en la ciudad de mi escuela secundaria. ¿Qué es para mí? ¿Qué, si no un martirio? Alternativamente voy del infierno de la ciudad al infierno del internado. Estoy aislado, me quedo aislado. Todas las noches me ahogaba en el dormitorio como en una ciénaga humana, turbia, maloliente y podrida. Salzburgo: ¡ese embrutecimiento es criminal! Los filósofos de mi abuelo, que se han convertido en mis filósofos, no hablan ya. La ciudad se convierte para mí en una psicosis de angustia. Se vuelve cada vez más fea, mientras aprendo de mala gana inglés y francés y vuelvo a olvidarlos. Me obliga a tocar el violín. De pronto, un ala de bombarderos aniquila todas las condiciones para mis estudios, mi estancia en la ciudad aborrecida. Se me quema el cabello, la caja de violón queda destrozada. Estoy trastornado pero vivo. En casa trabajo en los establos y en los campos. La guerra se convierte en un estruendo cada vez más fuerte y despiadado. Pero me protegen Montaigne, Pascal y Goethe. Mi abuelo, mientras el mundo se desangra, me enseña a comprender los hechos, a comprender en los hechos. Reina una oscuridad que no veo. Tormento político, ¿qué es eso? ¡Teme! Lo que no pasa mientras duermes es dolor. ¡No juzgues! Pero contraer la epilepsia de la falta de juicio es lo más despreciable. La infancia está encerrada en el mayor dilema político de la Historia. Todo lo que oyes, lo que ves, lo que respiras, es letal. A muchos a los que has querido los ves muertos. Oyes hablar de fusilados, ves a fusilados, ves a los que fusilan. Tu abuelo trata de apartarte de esa muerte generalizada leyéndote —¡no, no a los hermanos Grimm!— a Cervantes. Oyes que tu padre ha sido fusilado. Pero no lo has visto nunca. Al final, la guerra ha terminado, tienes catorce años, encuentras a tu madre, una mujer hermosa, eso no lo has visto hasta ahora. Hoy están muertos todos los que he mencionado. Pero también la mayoría de los que no he mencionado están muertos. Casi todos están muertos. También el paisaje de mi infancia ha muerto.

Thomas Bernhard
La inmortalidad es imposible
Febrero de 1967

Foto: Bernhard Strobl
Johannes Freumbichler y su nieto Thomas Bernhard

Previamente en Calle del Orco:
Siempre me he refugiado en mi Montaigne, Thomas Bernhard


Volver a la Portada de Logo Paperblog

Revista