Revista Cultura y Ocio

El sueño de Nueva Tabarca

Por Armando_p
Artículo de JOSÉ MANUEL PÉREZ BURGOS Arqueólogo. Director del Museo Nueva Tabarca. Ayuntamiento de Alicante
Publicado en la Revista Canelobre n.º 60, Invierno 2012 Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert El sueño de Nueva Tabarca.
Un anhelo utópico entre el deseo y la realidad
Salvar el precipicio entre el sueño y la realidad es un anheloutópico consustancial a todos y cada uno de los seres humanos...
El devenir histórico reciente de una pequeña isla mediterránea situada cercana a la costa española de Alicante, conocida desde finales del siglo XVIII como Nueva Tabarca, la antigua Planesia, Planaria o Isla Plana, es una historia repleta de ambiciones desmedidas, sueños rotos y proyectos incompletos que podrían, sin duda, incluirse en el verdadero terreno de la utopía.

El sueño de Nueva Tabarca

Plano Bahía Santa Pola y Tabarca. José Montojo y Rafael Pardo, 1877


Planesia
La popularmente llamada Isla de Tabarca se trata en realidad de un diminuto archipiélago situado frente a la costa de Santa Pola, de la que dista escasas tres millas náuticas, conformada por una serie de islotes y escollos que lo han hecho un lugar de no muy fácil navegación en sus inmediaciones desde la antigüedad. Efectivamente, los islotes de La Cantera, La Nao y La Galera, junto con Isla Plana, conforman la que oficialmente se llama en la actualidad Nueva Tabarca.
Conocida desde los primeros siglos de nuestra era [Strabón, en su libro III de la obra "Geographia", cita dos islas cercanas a la antigua Dianium: Plumbaria y Planesia, posiblemente en referencia al pequeño islote frente a las costas de Benidorm y a la Isla Plana], los antiguos navegantes focenses masaliotas procedentes de la primigenia Marsella, la bautizaron como "Planesia", nombre que, como pudo documentar en su día el profesor Arpide (González Arpide, 2002: 32), se refiere a la peligrosidad de sus aguas de cara a la navegación, ya que ese término griego etimológicamente significa en realidad "traicionero" o "peligroso". Ya en época romana, la ínsula pasaría a conocerse como "Planaria" que, ahora sí, se refería a la planicie de su pequeño territorio emergido.
Precisamente, es el periodo bajoimperial romano, a partir de la segunda mitad del siglo III d.C., del que se tienen las noticias más antiguas de movimiento de gente en la isla, dato corroborado científicamente a través de la arqueología. En efecto, las intervenciones arqueológicas practicadas en la Isla Plana nos han identificado restos de hábitat, como decimos, desde la tardo antigüedad, los periodos alto y bajo medievales, y por supuesto, los primeros siglos de la Edad Moderna, hasta que se produce la colonización definitiva a finales del XVIII de la que por aquel entonces se conocía como Isla Plana.

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Calas y escollos de Nueva Tabarca. Foto: José M. Pérez Burgos


Ya en el siglo XII el célebre geógrafo, viajero y tratadista árabe, Abu Abd Allah Muhammad al-Idrisi, conocido como el Nubiense, en su descripción de las tierras de Al-Ándalus, nos acerca a la ciudad de Alicante (Laqant) y a Isla Plana (Planesia), haciéndose eco de la existencia e importancia geoestratégica de esta ínsula:
Alicante es una ciudad pequeña de buenas construcciones. Tiene zoco, mezquita-aljama y otra mezquita con predicación. Exporta esparto a todos los países del mar. Hay muchas frutas y hortalizas, higos y uvas. Tiene una alcazaba inasequible y elevada en lo más alto de un monte, al que se sube con fatiga y cansancio. En ella a pesar de su pequeñez, se construyen naves para largos viajes y barcazas. Cerca de esta Ciudad, hacia el oeste, hay una isla llamada Planesia. Está a una milla de la costa y es un buen fondeadero, que puede servir a las naves del enemigo. Está enfrente del Promontorio del Observatorio. Desde aquí a la ciudad de Alicante hay diez millas.
Existe documentación escrita referente a la Baja Edad Media en la que se refleja la necesidad de dotar a la isla de alguna construcción defensiva, de cara a evitar su utilización por parte de barcos piratas: "para esquivar muchas muertes y cautiverios que causan los moros que vienen por mar en contra de los cristianos..." (AME, Sala 1, Arm. 2, doc. XVII), a la vez que se pone de manifiesto la importancia del enclave desde el punto de vista pesquero.
A principios del siglo XVII, el cronista Vicente Bendicho en su Crónica de la Muy Ilustre, Noble y Leal Ciudad de Alicante, nos hace interesantes reseñas sobre la Isla Plana:
...es también de mucho provecho la isla por el buen pescado que en todo su género se pesca, aunque los daños que se reciben de ella son muchos, ya que han sido hechos cautivos en ella. Es así, que el excelentísimo Duque de Lerma, cuando con su majestad Felipe III despachaba, le puso en el ánimo el que edificase un fuerte en la isla, aunque no tuvo efecto por lo mucho que costaría el sustentarlo y porque está cerca del Lugar Nuevo. La isla no tiene agua, ni ha sido jamás habitada, aunque me dicen, hay vestigios que debieron ser de alguna atalaya o abrigo de pescadores.

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Vista general de Nueva Tabarca. Foto: Juan van der Hosfstadt


Por consiguiente, pensamos que en base a su magnífica situación geográfica, así como a la riqueza de sus aguas en cuanto a los recursos pesqueros, la Isla Plana sería frecuentada durante siglos en determinados periodos del año, sin una ocupación permanente, hasta, como decíamos, el momento de la colonización dieciochesca. Así nos lo demuestra, tanto la documentación arqueológica que se ha podido obtener en los últimos años, como la documentación escrita, tal como hemos visto, incluso en referencia a algunos intentos, aunque infructuosos, de construcciones defensivas, lo que demostraba una vez más la importancia geoestratégica de este pequeño enclave insular.
Realmente, hasta ya avanzado el siglo XVIII, la documentación que manejamos no aporta nuevas noticias sobre la Isla Plana, siendo ese el momento en el que se inician los primeros movimientos y circunstancias encaminadas a la colonización definitiva que se produciría a partir de 1770. Es en este punto en el que debemos centrar la atención sobre unos acontecimientos históricos con claros tintes utópicos, los cuales originaron el devenir posterior de un grupo de personas de origen genovés que conformaron el núcleo embrionario de la colonización tabarquina en el Siglo de la Luces.
El origen de una historia singular: Tabarka
La antigua colonia romana Iulia Thabarcenorum, Tabarka, situada en la costa norte de Túnez, muy cerca de la frontera argelina, fue en su día una pequeña isla pegada a la costa de poco más de 16 hectáreas de terreno. Todo comenzó aquí....
En 1541, en el marco de la campaña militar de Túnez por parte del emperador Carlos V, aquella pequeña isla de Tabarka es incorporada a la corona hispana a causa de su valioso posicionamiento geoestratégico en un mar de conflictos, como era el Mediterráneo de la época, y por su importancia desde el punto de vista comercial, en base a un producto de gran demanda en esos momentos: el coral rojo, lo que la llevaría a convertirse en las décadas siguientes en un importante emporio comercial. Estos aconteceres fueron el embrión de una "aventura" histórica, un devenir singular de un contingente humano que culminó dos siglos después con la construcción de un proyecto utópico en la España del rey Carlos III.

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Fortaleza hispano-genovesa de Tabarka, Túnez. Siglo XVI
Foto: José M. Pérez Burgos


Sin duda, para la hacienda española, el mantenimiento de un enclave como Tabarka, donde incluso se había mandado construir una fortaleza-presidio fortificado y artillado, sería muy gravoso, por lo que para amortiguarlo, se concedió un permiso de pesca del coral a una familia de comerciantes genoveses de gran raigambre como fueron los Lomellini, emparentados con otra de las familias más influyentes de la república genovesa, los Doria, que sirvieron con gran valía al emperador español en sus disputas navales contra el poder otomano. En definitiva, siempre bajo pabellón hispano, los comerciantes genoveses contribuirían a las arcas españolas con una quinta parte del valor de la explotación del rico banco coralígeno tabarkino y, como contraprestación, España asumiría gastos de infraestructura y mantenimiento militar de la fortaleza hispano-genovesa de Tabarka.
En el Archivo Histórico de Simancas (Valladolid, España) se conserva un legajo, transcrito por el profesor González Arpide, en el cual se hace una completa descripción de Tabarka en 1582:
...hay fortaleza principal, con bastiones de cal y piedra cocida. ...// Tabarka es casi península porque una punta casi toca tierra firme y un canal que hay en medio muchas veces está lleno de piedras, arena y tierra traída por el mar y se puede pasar a pie en cierto tiempo...// En la fortaleza suelen estar unos 70 soldados, aunque caben hasta 300. Hay muchas barracas donde residen marineros, oficiales y mujeres, que fluctúan según se envían barcos a pescar.

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Vista general actual de Tabarka, Túnez. Foto: José M. Pérez Burgos


A lo largo del siglo XVII, la codicia de Túnez y Argelia, incluso con la ayuda y el beneplácito de Francia, país que no veía con buenos ojos ese empuje comercial hispano-genovés, hizo que la presión sobre la isla fuera en aumento, hasta tal punto que la otrora bonanza comercial se veía ahora seriamente amenazada, episodio que coincidía con la evidente saturación de los mercados y la clara ralentización del despacho de asuntos con la Secretaría de Estado española, que dejaba a las claras una disminución en el interés por este enclave mediterráneo. Todo ello provocó serias dudas e inquietudes en los mandamases genoveses que regentaban la isla, hasta tal punto que se vislumbraba claramente el final de aquella, hasta entonces, "época dorada".
A comienzos del siglo XVIII los acontecimientos se iban a precipitar, ya que la situación en la pequeña Tabarka, que acogía una población cercana a las 2000 personas, entre genoveses, sardos e italianos, empezaba a ser insostenible. La diáspora de los tabarkinos estaba cada vez más cercana.
Una primera salida se produjo en 1738, cuando un numeroso contingente de aquellos, más de quinientas personas, y previo beneplácito del rey Carlos Manuel III de Cerdeña, tuvo el coraje de romper con el pasado y se aventuró a la colonización de una pequeña isla muy cercana a la costa sarda, San Pietro, consiguiendo con ello retomar una vida de mayor bienestar en un lugar nuevo. Dos años antes, en 1736, ya se había informado de las intenciones puntualmente al Estado español por parte de la familia Lomellini, fructificando las gestiones ante el rey de Cerdeña, tal como relata el profesor Arpide (González Arpide, 2002: 72-75), a cargo del religioso tabarkino padre Giovanni, ayudado por el que era intendente en Tabarka, Agustín Tagliafico, impulsor del proyecto de colonización de la pequeña isla sarda.

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Grabados de la Tabarka tunecina, siglo XVII


Décadas de oscuridad
Las tensiones en Tabarka iban en aumento, viviendo muchas circunstancias que abocaban a un irremediable destino. La fecha decisiva fue el 18 de junio de 1741, cuando el Bey de Túnez con sus escuadras, toma Tabarka, que estaba mínimamente defendida, y esclaviza a más de ochocientas personas entre hombres, mujeres y niños, trasladándolos a Túnez. La fortaleza hispano-genovesa sería desmantelada y la historia de la isla se diluía casi para siempre. Aparte de otras aportaciones, infinidad de pertrechos y restos de determinadas dependencias de la fortificación se usaron de relleno para lograr conectar el islote con la costa muy cercana a través de un istmo artificial, lo que convirtió a la antigua Tabarka en un saliente más de la costa noroeste tunecina, tal como está configurada en la actualidad.
Sobre aquellos desdichados que fueron apresados, desde el primer momento de su cautiverio, tanto la República de Génova, de la que la mayoría eran súbditos, como el reino de Cerdeña, buscaron la forma de ayudar al rescate de los mismos, usando como mediadores a religiosos como el propio párroco de los tabarkinos, el agustino fray Juan Bautista Riverola, que buscó denodadamente fondos económicos para la causa, aunque, en el caso del gobierno español, la posición oficial encabezada por el Marqués de Ensenada, no fue muy alentadora, ya que las preocupaciones del gobierno apuntaban principalmente a reforzar la fuerza naval que pudiera combatir a la piratería berberisca procedente de Túnez y Argel. Mientras tanto, los cautivos cristianos, hacia 1756, habían pasado a ser esclavizados en tierras de Argel...
Eran las circunstancias que envolvían la apasionante historia en la que se convertiría este rescate, toda vez que coincidieron varios hechos fundamentales para su conocimiento histórico: dos cartas dirigidas a la casa real española y la propuesta, que tuvo en su mesa el rey Carlos III, sobre un ambicioso proyecto enmarcado en esa dieciochesca España de la Ilustración.

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Retrato del Conde de Campomanes. Antonio Carnicero, 1777


Una de las misivas, fechada en 1750, era rubricada por fray Bernardo de Almanaya, religioso de las órdenes redentoras, en la que informaba al monarca de la lamentable situación que vivían los cautivos cristianos de ascendencia genovesa. La otra carta la firmaba el mismísimo ministro Campomanes, en 1761, en la que se advertía de la conveniencia de establecer una guarnición militar en una pequeña isla frente a la Bahía de Alicante, la Isla Plana, para evitar las incursiones corsarias en los territorios costeros, que tantos perjuicios provocaban a la población y a las arcas del Estado.
Por último, la propuesta del proyecto. Este consistió en iniciar la colonización de muchas tierras del reino que permanecían deshabitadas, caso de Sierra Morena, en 1767. Esta gran planificación territorial correspondería al Conde de Aranda y se incluía dentro de las políticas reformistas ilustradas de la segunda mitad del siglo XVIII.

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Carlos III funda colonias en Sierra Morena. Victorino López, s. XIX


Un destino en el horizonte: Nueva Tabarca
Hechos y coincidencias validaban la puesta en marcha del aparato administrativo español, para lo que ayudó mucho la mediación de Marruecos aprovechando las buenas relaciones diplomáticas que tenía con el gobierno de Carlos III, de cara a encargar a las órdenes redentoras de religiosos trinitarios y mercedarios la gestión e intermediación del rescate, tras cerca de tres décadas de cautiverio, de aquellos, ya casi olvidados, confinados tabarkinos.
En consecuencia, se establecieron las bases del que conocemos como "Tratado del ajuste de canje y redención entre cautivos argelinos y españoles", para el que se disponían hasta dos expediciones marinas financiadas por la corona española, aunque el rescate, de un montante superior a los 800.000 reales de vellón, corría en gran parte a cargo de las aportaciones de las ordenes redentoras. El documento se firmaba el 17 de septiembre de 1768 en Cartagena por parte de fray Alonso Cano, redentor de los Trinitarios calzados, fray Antonio Manuel de Artalejo, redentor mercedario, y fray Juan de la Virgen, redentor de la orden trinitaria. A su vez, una Real Orden nombra como comandante de la expedición de Argel al capitán de navio José Díaz Veañez, que gobernaría una flota compuesta finalmente por tres navíos, el San Isidro, el San Vicente Ferrer y el Santa Isabel, con el apoyo y escolta de la tartana Santísima Trinidad.
En una primera expedición, de los más de mil españoles rescatados en Argel, tan solo quince eran tabarkinos. El grueso número de éstos fue rescatado en una segunda expedición entre el 3 de febrero y el 10 de marzo de 1769, en la que a bordo del navío San Vicente Ferrer y la fragata Santa Teresa, arribaba al puerto de Alicante un número superior a los trescientos redimidos.

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Fragmento de la Matrícula de los Tabarquinos, año 1769.
Ordenada realizar por el Conde de Aranday
firmada por el gobernador de Alicante, Conde de Baillencourt


Los tabarkinos eran por fin súbditos de la Corona en territorio español, por lo que el ministro Aranda dio las oportunas indicaciones al gobernador de Alicante, Conde de Baillencourt, para que se hiciera el censo de este contingente de personas, la conocida como "Matrícula de los Tabarquinos":
Haviendo juzgado conveniente y preciso para en lo sucesivo, que verificando el arribo a esta ciudad, de los tabarquinos que de orden del Rei han sido rescatados i cangeados en Argel, se forma un libro en folio en el que con toda distinción de nombres, apellidos, hedades y estado se estienda una puntual matrícula de las personas de ambos sexos de que constare cada familia, incluyendo en ella los que ya se hallan en esa ciudad, y arribaron a la de Cartagena, conducidos por el padre redentor Fray Juan de la Virgen, i en los navios del Rei de mando de don Joseph Díaz Veañes; Prevengo a Vs. Cuide de que así se agecute con toda claridad y distinción que corresponde; a fin de que en todo tiempo se puede venir en conocimiento sin confusión alguna del número de familias que han sido adminitidas para la población de la nueva colonia de la Isla Plana de San Pablo y personas de que se compone cada una...
En este documento se detallan los nombres, apellidos y parentescos de todas estas personas, y lo firmó el gobernador en Alicante con fecha de 7 de diciembre de 1769, cuando estas gentes llevaban ya varios meses viviendo en la ciudad de forma provisional, en concreto en el edificio que fue en su día colegio de la Compañía de Jesús que, tras la expulsión de los jesuítas ocurrida pocos años antes, pasó a estar deshabitado.

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Retrato del Conde de Aranda. José Mª Galván, s. XVIII


Así pues, el ministro Aranda ya tenía el grupo humano que necesitaba para abordar aquel gran proyecto en la Isla Plana que tenía en mente con el beneplácito del rey. El mismo que años atrás recogía las indicaciones que Campomanes había realizado sobre la necesidad de reforzar las defensas costeras de Alicante, y que el propio Aranda había desarrollado sobre la colonización de zonas deshabitadas a través del Fuero e Instrucción de Nuevas Poblaciones. Este documento sirvió de guía principal para consolidar las nuevas experiencias repobladoras de la segunda mitad del siglo XVIII, cuyos propósitos, tal como apunta el profesor Jordi Oliveras (Oliveras, 1998), giraban en torno a la superación de los fuertes desequilibrios territoriales y a la mejora en el aprovechamiento de todos los recursos disponibles en el territorio hispano.
En consecuencia, había llegado el momento de la colonización definitiva de esa pequeña y estratégica isla frente a la Bahía de Alicante, la cual pasaría a llamarse oficialmente Nueva Tabarca, en homenaje al origen de sus nuevos pobladores.
La construcción de una utopía
Como señalábamos líneas atrás, ya habían existido múltiples ideas e intentos de impulsar la construcción de elementos defensivos en la Isla Plana. Incluso en 1766 el propio Conde de Aranda, en su empeño de reforzar las defensas costeras levantinas desde los tiempos en los que ejerció de capitán general de Valencia, diseña una torre defensiva para la Isla, dibujada en este caso por un ingeniero militar, el coronel Don Fernando Méndez de Ras, el cual tomaría todo el protagonismo años después con el desarrollo del desmesurado proyecto de Nueva Tabarca.
La torre defensiva nunca se llegaría a realizar, pero marcó el inicio de los primeros trabajos de acondicionamiento de la isla para la futura repoblación que estaba cada vez más cercana.

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Proyecto torre defensiva para la Isla Plana, 1766.
Dibujada por Fernando Méndez sobre diseño del Conde de Aranda


Efectivamente, con gran parte de las construcciones iniciadas y algunas ya avanzadas, el 8 de diciembre de 1769 es autorizado por parte del Rey el traslado a Nueva Tabarca de aquellas gentes alojadas en Alicante, de cara a la repoblación definitiva de la antigua Isla Plana. El proyecto estaba en marcha y la complicada construcción de una completa, presuntamente ideal y a todas luces, utópica y casi rocambolesca ciudadela amurallada ex novo, en donde se combinaban los fines militares y civiles, era una realidad. El proyecto respondía a planteamientos tardobarrocos, confluyendo dos objetivos primordiales: alojar a una pequeña comunidad de tabarkinos liberados y, de paso, poblar esta pequeña isla y fortificarla de cara a evitar las incursiones piráticas a las costa cercanas. También reforzar de manera contundente las defensas exteriores de una ciudad como Alicante, para lo que se tuvo en cuenta incluso los modelos constructivos que, a partir de las teorías del ingeniero militar Sébastien Le Preste de Vauban, habían alcanzado un alto grado de perfeccionamiento en las defensas de plazas militares.
En definitiva, algo menos de 300 personas arribaban a su nuevo destino insular, entre las que figuraba el que fuera antiguo gobernador de Tabarka, Juan Leoni, junto con su familia, y también el que ejerció de subgobernador, José Sales. Muchos de estos tabarkinos, incluso no llegaron a conocer la tierra de sus orígenes, ya que habían nacido durante el cautiverio argelino.
Sobre un diseño de ciudad cerrada, rectangular, de planta hipodámica y tradición renacentista, rodeada de murallas, tendente hacia una economía autosuficiente, y muy jerarquizada socialmente, se desarrollan en ella los ideales reformistas diseñados por Aranda y ejecutados sobre proyecto de Fernando Méndez de Ras, coronel de ingenieros militares, que plasmó su proyecto en diversos planos realizados entre 1771 y 1775, donde se constataban los ideales utópicos que esta ciudadela amurallada encerraba, poniendo de manifiesto ese imaginado "mundo idílico" que al ingeniero le obsesionaba, usando las palabras que el profesor Enrique Giménez utiliza en el magnífico trabajo que él mismo firma en este volumen.
A Méndez no se le reprocharía su esfuerzo en cuanto al planeamiento del proyecto tabarquino y la dotación de múltiples infraestructuras encaminadas a la propia subsistencia de la población civil insular.

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Plano de Nueva Tabarca. Fernando Méndez de Ras, 1775.
Servicio Geográfico del Ejército.


Sin embargo, en lo que el ingeniero no estuvo acertado fue en cuanto a su concepción, así como en la calibración de los importantes condicionantes naturales que el lugar tenía de cara a su ocupación y habitabilidad permanente: falta de suelo fértil, que dificultaba el desarrollo de actividades económicas de carácter agropecuario, la excesiva insolación y azote continuo del viento, así como el más importante de todos, cual era la falta de recursos hídricos naturales para atender las necesidades básicas de una población como la que se pretendía instalar en el lugar. En este sentido, y a pesar de los esfuerzos del ingeniero encaminados al diseño y ubicación de multitud de pozos-aljibe para la recogida de aguas en puntos estratégicos de la ciudadela amurallada, e incluso en los exteriores de la misma, la falta de lluvia en la zona hacía que se dependiese, desde los inicios de la colonización, del transporte de agua a la ínsula por medio de barcos-cisterna, algo que complicaba y encarecía aún más el mantenimiento de esta población insular.
Por consiguiente, al cabo de escasos años, el ideario del proyecto comenzaba a tambalearse, también provocado más adelante por los cambios producidos en la situación geoestratégica y militar una vez firmada la paz con Argel después de las campañas bélicas de 1783 y 1784, lo que provocó el inicio del fin de la tan temida piratería berberisca.
En base a ello, la ingente cantidad de gastos que producía el mantenimiento del sitio tabarquino, hizo que pronto se elevaran voces en pos de un cambio radical de uso en este enclave. Fue el caso de personalidades de la época como el ilustrado marino y científico alicantino Jorge Juan y Santacilia, quién realizó duras críticas al proyecto de Nueva Tabarca "por absolutamente desmesurado e irreal", en definitiva, de un claro tinte soñador y utópico. Incluso se llegaba a dudar de la propia capacidad del ingeniero Méndez, en base a su falta de realismo en cuanto a calibrar cuáles eran las posibilidades de este espacio insular para acoger un proyecto de las dimensiones del que allí se pretendió.

El sueño de Nueva Tabarca

Retrato del marino y científico alicantino Jorge Juan y Santacilia.
Realizado por Rafael Tejeo. Museo Naval Madrid


Todo esto provocó que Aranda, cansado ya de la problemática generada por un proyecto que no generaba confianza, pero sí excesivo gasto a las arcas estatales, procedió a su paralización provisional hacia el verano de 1771. Los problemas se acumulaban para Méndez: falta de recursos hídricos, críticas feroces a su trabajo por el que tanto había luchado, pérdida de confianza hacia él por parte del ministro Aranda...
Sin embargo, siguió empeñado en sacar adelante su ideario para Nueva Tabarca y así es como, entre 1774 y 1775 preparaba nuevos planos acompañados de un completo memorial, en el que aceptaba algunas nuevas ideas y recapacitaba sobre otras, en el sentido de dar más consistencia al poblamiento civil de la isla, aminorando en gran medida los recursos que la vertiente militar del proyecto tanto le obsesionaba.
Es evidente que de lo que no se puede dudar es del carácter irreductible de este personaje. Si en su primera idea eran las dotaciones militares las que tenían un sentido absolutamente excesivo y desmesurado, ahora, escasos años después, con tal de agradar a las autoridades estatales y poder continuar con su proyecto, son las dotaciones civiles a las que les concede una dimensión igualmente desproporcionada: hornos, tahonas, fábricas, escuelas-taller, etc., todo al servicio de la idealista autosuficiencia de la plaza, una idea que incluso convenció al monarca, en contra de sus propios ministros, que habían perdido completamente la confianza en las propuestas que Méndez podía realizar.
Si hubo en ese momento alguien radicalmente contrario a continuar invirtiendo en este proyecto, ese fue el ministro José Moñino y Redondo, Conde de Floridablanca, personaje de gran influencia y poder en la corte, que insta de manera taxativa a Méndez por medio de una Real Orden fechada en 1778, a concluir de manera definitiva las obras de Nueva Tabarca, a pesar de lo cual y aún con las contundentes restricciones presupuestarias que tenía, en el otoño de 1779, y ante el estupor de autoridades como el Gobernador Baillencourt, el ingeniero llevó a cabo algunas de las últimas obras en la isla.

El sueño de Nueva Tabarca

Retrato del Conde de Floridablanca.
Francisco de Goya, 1783


El final de un sueño
Proclamado como primer gobernador militar de la plaza fuerte, la obsesión, el anhelo utópico por un proyecto como el de Nueva Tabarca, acompañó casi de manera enfermiza a Méndez hasta el final de sus días, en el año 1782, perseverando en su afán de conseguir fondos económicos para completar su "obra", aún teniendo en contra a la práctica totalidad de la autorizada opinión de la época.
En poco más de una década se deshonoraba la que había sido una de los más emblemáticas experiencias repobladoras, combinada con fines militares, sin duda provocado por el evidente cálculo fallido de las posibilidades que el enclave ofrecía.
Las consecuencias recayeron en los propios habitantes del lugar, los tabarquinos, que tras las brillantes perspectivas iniciales, se veían al cabo de escasos años, abocados hacia una dura realidad en un lugar de escasas posibilidades. Adversidades, problemas de competencias, incluso el choque de "egos" personales, provocaron una difícil situación imposible de predecir muy pocos años antes. En tal coyuntura, se alzaban voces pidiendo incluso el derribo de la ciudadela amurallada, y el traslado de la población civil a localidades costeras cercanas.
A pesar de todo, incluidas las voces críticas de muchos, Nueva Tabarca subsistió. Eso sí, el Estado debía asegurarse de la situación real de las obras en las que tanto esfuerzo había invertido en los últimos años y, ante la falta de confianza que se depositaba a esas alturas en el propio Méndez, se encargaba a otro ingeniero militar, Balthasar Ricaud, un informe exhaustivo del estado de las obras y de la isla en general: el Discurso sobre la Plaza de San Pablo en la Isla de Nueva Tabarca, en el que, a lo largo de cuatro extensos artículos, se detalla la situación de Nueva Tabarca, la geografía del enclave, analiza la situación de la plaza, su estado de conservación y la subsistencia de los propios moradores del lugar, así como, finalmente, la conveniencia o no del mantenimiento de la ciudadela, cuestión en la que se postulaba a favor de la misma:

El sueño de Nueva Tabarca

Fragmento del Discurso sobre la Plaza de San Pablo de la Isla de Nueva Tabarca.
Balthasar Ricaud, 17 de abril de 1779


Con atención a las circunstancias de la Isla de Nueva Tabarca... estimo incontestable la insubsistencia de su población sin causar graves costas, mediante que sus producciones que deben ser el fondo principal de cualesquiera Fábricas y manufacturas no son suficientes a mantener el número de sus habitantes. Pero también es cierto que con haberla fortificado se ha conseguido la ventaja de quitarles a los contrabandistas el depósito a los efectos de sus ilícitas introducciones y a los piratas argelinos un abrigo de donde con sus galeotas inquietaban nuestra navegación y agredían las inmediatas costas y ensenadas.
Es así mismo evidente que sin causar tantos costos se ludieron lograr las expresadas ventajas con haber erigido un reducto en la cabeza del Levante de la isla capaz de ocho cañones y en la de Poniente una torre con tres o cuatro. Este pensamiento todos los inteligentes lo adoptan; pero ni de él ni de la insubsistencia de la población se concluye que hechos ya tan crecidos gastos en la erección de esta Plaza, se deba abandonar o demoler. Por convenir todos en lo substancial de establecer alguna fortificación. Por tanto, atendida la física entidad de los objetos de su establecimiento y otros fundamentos que a mediana reflexión se manifiestan, entiendo ser útil la conservación de la referida Plaza de San Pablo en la Isla de Nueva Tabarca. Este es mi parecer...

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