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Ensayo sobre la felicidad: Horizontes perdidos

Publicado el 19 febrero 2010 por 39escalones

 

Ensayo sobre la felicidad: Horizontes perdidos

Este título con reminiscencias saramaguianas (valga el palabro) bien podría ser la síntesis de esta película de Frank Capra de 1937, una de las más recordadas de entre su filmografía sin que haya navidades de por medio y también una de las que mejor evidencia una de las características más notables del realizador, la superioridad de su estilo y de su capacidad de narrar, de una muy notable calidad y complejidad técnica y artística, por encima de la fuerza y la perfección de los argumentos, los guiones y de los mensajes e ideas utilizados, generalmente esquemáticos, simples y facilones. La película, filmada en el clima prebélico de la carrera armamentística y diplomáticamente intimidatoria de Alemania e Italia que derivó en la Segunda Guerra Mundial, puede considerarse efectivamente, además de un alegato en favor de los valores más humanistas de paz y entendimiento entre los pueblos, como un tratamiento de los pros y los contras de la hipotética llegada de ese estado idílico que todos identificamos con la idea de felicidad, y que bien puede devenir en auténtica pesadilla cuando comprendemos que lo absoluto no existe más allá de las matemáticas.

Un famoso y prestigioso diplomático británico (Ronald Colman) es enviado a China para salvaguardar la integridad personal de los ciudadanos europeos amenazados por una revuelta. Tras lograr organizar la evacuación, él mismo, junto a su hermano y un puñado de pasajeros, huye en el último momento de territorio chino en el último avión fletado por su gobierno. Sin embargo, a causa de una traición, el avión cae en picado sobre el Himalaya y se estrella, aunque, milagrosamente, sus pasajeros son rescatados con vida por los habitantes de Shangri-La, un lugar protegido por las montañas en el que la nieve y el hielo han pasado de largo y donde todos sus habitantes viven plácidamente, felices y sin envejecer, sin que existan conceptos como la maldad, la envidia, la codicia, el crimen o la mentira, y satisfaciendo todos sus caprichos materiales gracias a las incalculables riquezas que poseen. Esta utopía convertida en realidad de manera inesperada motiva distintas reacciones que van desde la euforia a la mayor de las desconfianzas entre los occidentales, y no tardarán en comprobar que las jaulas de oro, aunque vayan recubiertas de tan preciado metal, no por ello dejan de ser una prisión. 

Premiada en su edición correspondiente de los Premios de la Academia al mejor montaje y a la mejor dirección artística, la película destaca en un primer momento por las localizaciones (la gran mayoría de ellas recreadas magníficamente en estudio), la monumentalidad de los decorados y la riqueza en la ambientación, los vestuarios y los medios utilizados en una llamativa variedad de escenarios. Algo más justa en cuanto a interpretaciones, son el protagonista Ronald Colman, H.B. Warner y el siempre secundario de lujo Thomas Mitchell quienes dan solidez al reparto y también algo más de profundidad a una historia, por lo demás, un tanto lineal y previsible, por no decir plana y vulgar (por ejemplo en lo tocante a las historias de amor que salpican la trama) aunque huya con acierto (no del todo) del sentimentalismo del que tanto se resienten otros filmes del director, aunque sí conserve su perspectiva ingenua, casi infantil, de aquellos temas que aborda. Lo principal en la película, por supuesto, es la historia y el número y profundidad de lecturas que transmite, desde las más evidentes, como son la búsqueda permanente de la felicidad, la insatisfacción de una vida cómoda en lo material pero falta de alicientes de otra especie, la naturaleza de sentimientos como el anhelo o el deseo, la necesidad de utopías que jamás puedan cumplirse o, en un plano menos desarrollado, fenómenos como la colonización, aunque, insistimos, con trazos gruesos y superficiales y con innecesario edulcorante para niños que hace tiempo que no lo son.

Desgraciadamente perdidos para siempre, algunos fragmentos de la película cuyo sonido, no obstante, sí se conserva, han desaparecido del metraje original y han sido sustituidos por fotogramas y foto-fijas de esas escenas en los metrajes que circulan en las versiones puestas a la venta. El mismo deteriorio del negativo hace que haya grandes saltos de calidad fotográfica en diferentes momentos de la cinta. Pero el mayor acierto y a la vez la mayor objeción que puede ponerse a la película lo constituye la propia historia, un bello, fantasioso, por no decir disparatado (y empalagoso) cuento de hadas con final triste para algunos, o la edulcorada e ingenua visión de la condición humana para otros. Un Capra menor alejado de los grandes filmes de su carrera (para un servidor, Arsénico por compasión y Un gángster para un milagro) al que la propia evolución mundial en los años posteriores obligaría a despertar a una pesadilla o le haría caerse del guindo a palos. En cualquier caso, algo que él mismo se barruntaba cuando tituló su película. Anthony Flags (Antonio Banderas) tiene razón cuando dice que la felicidad es una brisa que te toca la cara de vez en cuando. O quizá es un breve resplandor que te ilumina la cara por un instante, a veces proveniente del sol, otras gracias a una simple lámpara de petróleo.

 


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