Me salvo, me exploto, me quemo, me endeudo, intento dormirme, me despierto a las tres, me desvelo hasta que suena el despertador. Me pido la Didi moto, me subo al Sarmiento. Me aprieto, me contorsiono, me odio. Odio a los que se tiran abajo del tren. ¿Siempre a la altura de Liniers tiene que ser? Esto explota, me dice un chabón de unos sesenta que tengo visto porque siempre sube en Ramos, siempre en el mismo vagón, siempre en la misma puerta. Esto explota, murmura mirando para afuera. Él ya está explotado, se le nota en la cara y en el desánimo con que mendiga una explosión. Con las deudas, con lo lejos que está fin de mes cada mes, con los pibes que no esperan nada, con el alquiler que espera poco, con las pibas que esperan todo. Esto explota, escucho como mantra, deseo, murmullo, paja. Algunos amigos, el chabón de sesenta que sube en Ramos, algún politizado trasnochado, una peronista amanecida, yo, vos, ellos, creemos que esto explota.Por Diego Valeriano
Un chispazo y arranca. ¿Qué es esto que explota? ¿Qué es explotar? Un chispazo y listo.
¿Cuántas ganas de que todo explote te brotan en el tren demorado a la altura de Liniers? ¿Cuándo es el momento de la explosión? ¿Cuando bajás a las vías, cuando pedís una moto, cuando caminás por Rivadavia, cuando llegas tarde?
El chabón que tengo de vista porque siempre sube en Ramos era jefe de taller de una textil que cerró el año pasado, me cuenta. Ahora trabaja en un centro de datos en el centro. No entendí bien qué hace, no me supo explicar, no le puso muchas ganas. Cobra un palo, está en negro, los sábados que va cobra doble.
Bajamos del tren, ayudamos a una mamá con dos nenes y, sin decirnos nada, empezamos a caminar juntos hacia Villa Luro a ver si ahí para el tren. Yo, por mí, caminaría hasta Flores para perder el tiempo o Ciudadela para perderlo de otra manera. Caminamos, apenas charlamos. Su esposa es maestra. Tiene dos hijos y una hija. No me cuenta nada de ellos. Está cansado, intuyo que de ellos.Hay un cambio que noto hace un tiempo en las distintas charlas que voy teniendo. Antes arrancabas cualquier conversación quejándote de la situación, pero cuando ibas a lo íntimo, a lo propio, no todo era garrón. Los hijos, el fútbol del sábado, pavadas del tiempo libre, un recital, algún viaje por hacer. No todo era fiesta, no todo era bienestar, pero no todo era garrón. Ahora ya no es solo un laburo de mierda. Una suerte de mierda. Un Veraz de mierda. Ya no es solo un gobierno de mierda. Es, más que nada, una vida de mierda.
Caminamos varias cuadras en silencio. Los bondis, las motos, los ruidos, la mugre, las ratas, los ratis. Él no cuenta demasiado, yo no pregunto por las dudas. En un kiosco hay un par de Rappi tomando mate y comiendo unas facturas. Son dos pibes que no pasan los veintipocos. Están escuchando Los Redondos desde el celu. Suena para el orto, suena hermoso, suena Momo Sampler.
…
El chabón sonríe. Nos miramos, sonreímos.
—Hay esperanza —me dice, señalando a los pibes.
Y de repente algo cambia.
Además de viajar juntos en el Sarmiento explotado, a punto de explotar, además de caminar por la avenida, de estar igual de cansados, también estuvimos juntos en Villa Domínico, en el duelo más grande y necesario de este mundo, el nuestro. Me sentí tan mal y tan bien que no puedo explicarlo, me dice de manera genuina. Fuimos en familia, hacía rato que no hacíamos algo todos juntos.
No decimos nada, tiramos la mirada para adelante. Saco el celu, abro Spotify y le pregunto qué disco quiere escuchar.—Gulp, obvio.
Estamos a quince cuadras de Villa Luro, pero podría ser Domínico, Plaza de Mayo, Huracán o Autopista Center. Podríamos ser nosotros, podríamos ser otros. El Sarmiento sigue parado. Nosotros seguimos caminando. Este día garrón, de repente, puede convertirse en una previa de algo bueno.
Diego Valeriano
