Revista Arquitectura

Experiencia

Por Arquitectamos

Una de las veces que he proclamado que me jubilo un amigo se ha enfadado bastante conmigo, y con voz y gesto muy serios me ha dicho que estoy cometiendo un grave error.

-José Ramón, tú no puedes jubilarte. ¿Cómo se te ocurre decir eso? Tú tienes un tesoro que te ha costado mucho trabajo y mucho tiempo conseguir: experiencia. No puedes dejar que esa experiencia se pierda y se borre. No puedes hacer esto. Eres un profesional muy cualificado, y tienes que seguir siendo útil.

Que conste que le agradecí mucho sus palabras, sobre todo por el mal rato que estaba pasando y lo tan a pecho que se lo había tomado. Pero no me creí nada. ¿Experiencia? Permitidme que os cuente lo que entiendo por experiencia.

Experiencia

No es experiencia, en el sentido de sabiduría, conocimiento, dominio. Es vejez. Sencilla y mera VEJEZ. Son cosas que no tienen nada que ver.

Sí, ya sé que antiguamente los dos conceptos se relacionaban. Los viejos eran los jefes de la tribu, los consejeros, los oráculos, los patriarcas. El senado era la cámara de los viejos ("senator" viene de "senex"="viejo"), y se entendía, como quiere mi amigo, que el viejo era el que sabía de la vida, el que las había conocido ya de todos los colores y estaba de vuelta, y su consejo era utilísimo para los jóvenes, que recién empezaban el camino de ida.

Pero eso era porque las cosas eran como siempre. Siempre se sembraba igual, se recolectaba igual, se tenían los mismos problemas, las mismas enfermedades con los mismos tratamientos, las mismas angustias y las mismas guerras y envidias. Cualquier viejo sabía que no se podía sembrar tal planta en tiempos de lluvia, o provocar a un enemigo si tenías tales carencias. Cualquier viejo había salido de ochocientos graves problemas y podía explicarle a un joven cómo salir también de ellos, o, aún mejor, como no meterse en ellos. Cualquier viejo, por el mero hecho de seguir vivo y, por lo tanto, no haberse hundido y despedazado en ninguna de las crisis de su vida, era un ejemplo a seguir y un héroe a imitar.

Pero ahora eso ya no es así. Ahora las cosas cambian muy deprisa y la experiencia lo es de situaciones y circunstancias obsoletas. ¿Queréis que os enseñe cómo estirar el pelo torcido o arrugado de un estilógrafo Staedler, o, ya en caso de ruina, cómo de dos puntos inservibles hacer uno útil? Ah, no, que eso ya no existe.

Experiencia¿Queréis que os explique cómo poner celo (previamente pasado por el canto del tablero para quitarle el exceso de adhesivo) en el centro del futuro arco de circunferencia para pinchar con la aguja del compás sin que se resbale y sin que perfore el papel? Ah, no, que eso ya no existe. (Pues precisamente en eso era yo muy bueno. Ya veis: habilidades atesoradas que ya no sirven para nada).

No, nada de eso tiene sentido. Y, por otra parte, no tengo ni idea de BIM. Es más, mis últimos años en el estudio han sido una carrera frenética para que no me atrapara el BIM. "A ver si me da tiempo a terminar los proyectos que me quedan sin que necesite BIM". "A ver si termino mi misión en la vida y cierro el chiringuito antes de que el BIM me alcance". Y lo he conseguido.

Esa es mi experiencia: sé muchas cosas que ya no le valen a nadie para nada. Sé muchas cosas que están como manuscritas en pergamino. Es más: creo que debería escribir mis memorias o mi testamento vital con pluma de ave sobre pergamino. Esa es mi sabiduría. Esa es mi experiencia.

Experiencia
Por ejemplo, sigo dando clases de estructuras, y me manejo bien, y me gusta mucho, y hasta estoy más o menos al día, pero cuando les doy alguna charla sobre el manejo de algún programa informático de cálculo me hago un lío con la última versión, en la que no encuentro los menús donde "deberían estar". Y me da vergüenza deciros cuál es la versión de Autocad que manejo: la que aprendí en su día (a mis más de cuarenta años de edad) y con la que me desenvuelvo divinamente. Nunca me ha hecho falta pasarme a una posterior. (Sí, ya lo sé: Este es el último argumento rezongón de todo viejo pestoso(1)).

¿Y en las obras? Tengo mucha experiencia en pelear presupuestos con los constructores, en discutir certificaciones, en supervisar armaduras, pero me preguntas si prefiero el pavimento de termoglucosa(2) o de choriclocio(3) y me quedo sin saber qué decir. Y no digamos las siglas. En su día me sorprendió lo del SATE, pero ahora que ya sé lo que es no paran de salir nuevas combinaciones de letras que me marean. Y si alguien me pide opinión sobre cualquier material sugiero alguno "de los de toda la vida" (otra típica expresión de viejo pestoso).

Definitivamente, en un campo tan tecnológico y cambiante como el de la construcción, la experiencia no sirve de nada, pero aún peor es la psicología del viejo (sí, naturalmente: pestoso), que a menudo se une a la del fracaso -lo explicaré luego-. Quiero decir que, pese a todos los cambios frenéticos, uno acaba teniendo la convicción de que no hay progreso, quiero decir progreso real, progreso en lo que de verdad importa; y, aún peor, el cansancio, la pereza, la pérdida del entusiasmo y de la fe. (Los sigo teniendo a menudo, pero siempre se acaban disipando por circunstancias absurdas y, ay, habituales).

Voy con lo del fracaso: No quiero ser pesimista, pero igual que sabemos que la entropía del universo (y de cualquier sistema) siempre crece, también sabemos que todo proyecto vital queda incumplido, que toda nuestra vida es siempre un borrador que jamás pasaremos a limpio y que nada termina limpiamente, sino que se va borroneando y chapuceando hasta quedar arrinconado, abandonado y percudido de roña. Llegas a una edad en la que ya ves que no es que no vayas a llegar jamás a hacer tu obra maestra o tu misión trascendental en la vida y a cerrarla con broche de oro, o al menos con algún broche, sino que ni siquiera vas a completar lo más sencillo y elemental que te propusiste: ordenar tus libros por autores o épocas, colocar bien tu colección de discos, ponerle unas bases de fieltro a las patas de la mesa del salón. Es decir: sabes ya con absoluta convicción que todo va a quedar manga por hombro porque no puede ser de otra manera. Y eso es incluso bueno: no podemos dedicarnos a museizarnos y a embalsamarnos a nosotros mismos, a enmarcarnos, a posar para la estatua, a planificar nuestro final y a dejarlo todo ordenado. Creo que lo normal es que la vida nos pase por encima, nos lleve por delante y nos deje hechos un guiñapo. Con mucha experiencia, eso sí.

Pero, para no dejar esto en un tono triste y negativo (Emilio dice "abrileño", y, en efecto, estamos de nuevo en abril) os cuento la otra cara de la moneda: preocuparme ya de casi nada, bajar todos los días con mi mujer a Aranjuez a desayunar churros y porras, pasear, leer, no tener prisa (cada vez menos, aunque todavía tengo unas cuantas obligaciones y algunos compromisos), ver los toros desde la barrera, disfrutar de casi cualquier cosa por tonta que sea, llamar a mis amigos y echar un buen rato cada vez que me apetece, aprovechar cada instante y cada oportunidad, respirar, oler el pan, ponerme un disco de Lester Young, retomar un libro que subrayé hace muchísimos años e intentar comprender por qué subrayé tal cosa, quién era yo entonces, qué absurdeces me preocupaban, y no importarme demasiado nada de eso.

Sorprenderme, mirar, escuchar, no sufrir mucho si no entiendo algo, ensayar los domingos con mi banda, tocando bastante mal el saxo pero disfrutando cada nota, tomarme un vermut el sábado a medio día en casa con mi mujer, hablar y escuchar (creo que ya lo he dicho), hablar a mis hijos, que son buenos, escucharlos, reírme con ellos, y ahora, sin ninguna experiencia y con muchísima ilusión y algo de miedo, esperar y desear mi futuro estreno en mi condición de abuelo y querer con toda mi alma abrazar a una muchachita que ya, antes de venir, está haciendo que se me caiga la baba y un poco las lágrimas.

¿Experiencia? Ninguna. Lo que salga. Lo que vaya viniendo. Todo. Todo. Lo quiero todo.

____________________(1).- La palabra "pestoso" no está en el diccionario de la RAE, lo cual no habla muy bien de la RAE. En esta zona en la que vivo se usa como apócope de "apestoso" (esa sí la admite la RAE) en su segunda acepción ("que causa hastío"). Más bien es "fastidioso", "cansino", "inaguantable", "pesado", etcétera, y se usa sobre todo para referirse a los viejos cuando están así:ExperienciaO más bien cuando están como estén: quejándose de esto o de lo otro, diciendo "en mis tiempos esto no era así", asombrándose de cómo va ahora la vida ("disparatá") y/o, sencillamente, siendo viejos.(2).- Me lo acabo de inventar, pero precisamente porque no conozco el último tipo de baldosa o de revestimiento continuo que ha sacado el mercado.
(3).- Exactamente lo mismo.

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