La playa de Parazuelos comparte sus aguas cristalinas con los términos municipales de Lorca y Mazarrón. Allí se encuentra la Casa Colorada en la que un joven aspirante a la presidencia del Gobierno español, Felipe González, veraneó hasta en dos ocasiones a comienzo de la década de los ochenta del siglo pasado.
González, quien se preparaba a conciencia para llegar al palacio de La Moncloa en octubre de 1982 con una apabullante mayoría absoluta, pasaba el tiempo de relajamiento bañándose con su mujer y sus hijos, jugando al billar, charlando con amigos en veladas interminables en el porche de la vivienda, fumando puros habanos y pescando con lugareños de Puntas de Calnegre o Cañada de Gallego, como el de la fotografía que ilustra este texto. Fue a través del entorno de Julio Feo, su mano derecha luego en sus primeros años como jefe del Ejecutivo, como Felipe y su familia llegaron hasta este paraje de la Región de Murcia.
Viendo esta foto de González con bañador slip, uno recuerda a aquel joven dirigente socialista que tanto temor imponía entonces a los sectores más conservadores de este país. Y es que llegaban los rojos al poder, válgame Dios, por primera vez desde el 36…
Pasados los años, reseteado aquel ímpetu juvenil y aparecidas las canas, en ocasiones, oyéndolo hablar, a uno se le antoja que bien podría pasar hoy por miembro de un consejo de administración de cualquier banco o gran empresa de aquella época. Es, al menos, la perspectiva que da la madurez, esa enfermedad que, a diferencia de la juventud, no se cura con el paso del tiempo. Ni en su caso, ni en el mío.
