Revista Opinión

El ‘influencer’ de la amistad

Publicado el 19 julio 2026 por Manuelsegura @manuelsegura
El ‘influencer’ de la amistad

No ha constituido para nadie una sorpresa que mi hermano Enrique, fallecido de forma repentina este viernes, tuviera una legión de amigos y amigas y que tanta gente lo quisiera, como desde entonces nos han demostrado a los que formamos parte de su familia. Estos dos días en el tanatorio, y luego en la iglesia, han dejado patente que si en algo era millonario era en cuestión de ejercer y practicar el noble arte de la amistad. Nunca hizo distingos para reclutar a ese ejército de incondicionales, alguien que vivió siempre con intensidad y perseverancia, como Sinatra cantara, en la más amplia acepción de sus palabras, a su manera. Ricos y pobres, cultos y menos instruidos, veteranos y noveles, gentes de cualquier raza, religión y sexo.

Descubrí su fragilidad cuando con apenas 8 o 10 años nos perdimos un día de San Antón por los caminos de la huerta, entre Alguazas y Campos del Río, tras abandonar una excursión con amigos mayores cuyos planes aventureros no nos convencían del todo. Suerte que nos encontró un matrimonio amigo y nos orientó hacia el lado exacto hacia el que debíamos caminar para retornar a nuestra casa, que era el opuesto a la ruta que ambos llevábamos. Recuerdo su llanto antes de eso y su lamento desesperado porque esa tarde habíamos perdido el rumbo y ya imaginaba que pasaríamos una noche al raso, muertos de frío y rodeados de alimañas. Yo intenté calmarlo convenciéndole de que alguna solución encontraría, como hermano mayor que era, mientras él sollozaba y mosdisqueaba una naranja. El azar quiso que encontráramos a esa pareja providencial y salvadora. Ese día debí decidir que ya nunca lo dejaría caminar solo.

Mi hermano siempre buscó el amparo de su entorno para eludir la navegación con una cierta autonomía por los mares embravecidos de la vida. Sus padres, sus hermanos, su mujer, su suegro, sus hijos, sus amigos… Eligió la opción de alcanzar la felicidad necesitando poco frente a las tentaciones de la abundancia. Y desertó de cumplir con las obligaciones morales y materiales que le pusiese delante la sociedad porque eso prefería dejarlo para que otros lo llevaran a la práctica.

No fue un meapilas, como casi nadie lo ha sido en mi familia, pero militó con puntual devoción procesionaria en la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, con cuya medalla en el pecho lo hemos enterrado este domingo en nuestro panteón.

No deja herencia material porque nunca apreció cuanto no fuera puramente etéreo. Descubrió una veta en una red social, se convirtió en una especie de influencer y generó un sorprendente movimiento de simpatía hacia sus publicaciones, no solo entre cuantos lo conocieron personalmente sino entre los que nunca lo tuvieron delante.

He visto en estos dos días a muchos hombres y mujeres llorar a lágrima viva ante el cristal, frente a su féretro, rodeado de flores y coronas, y confieso sin rubor que es lo que a mí me gustaría que me pasara el día que transite de forma definitiva: que hubiera tanta gente que me quisiera y que lamentara mi ausencia como lo han hecho con él todas esas personas que, rotas y desconsoladas por el dolor, han desfilado por la que ha sido, desde que inopinadamente nos dejó, su capilla ardiente.

A todas ellas, gracias. Por eso y por todo.


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