En marzo de 1938, el gallego Julio Camba publicó en el ABC de Sevilla un artículo en el que narraba la costumbre culinaria de un amigo suyo. El hombre adquirió durante la guerra dos o tres docenas de magníficas gallinas, a las que bautizó con los nombres de las posiciones republicanas durante la contienda civil. Refería Camba que, conforme estas iban cayendo del lado franquista, su amigo, afecto a la causa de los sublevados, se zampaba una con su correspondiente arroz.
«No seré yo quien censure su patriotismo», aclaraba en su artículo. Si bien añadía que había -y hay- en España «muchísimas personas de cuyo patriotismo no tenemos otra noticia que la de las gallinas que se engullen, las copas que se sorben o los cigarros que se fuman».
A este respecto, Camba concluía que hay grandes patriotas que fuman cigarros muy pequeños y patriotas pequeñísimos que fuman unos cigarros enormes.
Traslademos esto al ferragosto de 2026 y ratifiquemos que este hombre era, aparte de un gran articulista -el mejor pagado de su época-, todo un visionario de lo que fue y es la piel de toro.
