Hace unos días se actualizó mi Photoshop, pasando de la versión CC2024 a la última CC2026. Hasta ahí, una actualización más de las tantas que fui instalando a lo largo de los años. Uno ya está acostumbrado a que cada nueva versión traiga alguna herramienta nueva, algún filtro, alguna manera diferente de hacer más rápido aquello que antes llevaba un poco más de trabajo. Pero esta vez, al abrir el programa, me encontré con algo que llamó inmediatamente mi atención. En la pantalla principal aparecían dos grandes opciones. Una, la conocida de siempre, algo así como la edición profesional tradicional. Y al lado, otra que hasta hace poco tiempo prácticamente no formaba parte de nuestro vocabulario fotográfico, la edición asistida por inteligencia artificial.
Y claro... ¿cómo no iba a probarla?. Después de revelar una serie de archivos RAW en la última versión de Camera Raw, elegí una de las fotografías y decidí hacer una prueba. No buscaba simplemente mejorar la exposición, corregir un color o limpiar alguna pequeña imperfección, cosas que forman parte de cualquier proceso normal de edición fotográfica. La idea era darle a la herramienta una serie de instrucciones bastante precisas acerca del resultado que pretendía obtener y ver hasta dónde era capaz de llegar.
Y ahí vino la sorpresa, porque en cuestión de unos diez segundos tenía delante de mí algo que, si no hubiera sabido exactamente lo que acababa de hacer, probablemente me habría costado muchísimo imaginar que había sido generado o modificado por una inteligencia artificial.
Acá voy a poner las instrucciones que le di para que puedan entender mejor qué fue exactamente lo que le pedí al programa.
En el prompt textualmente le pedí que cambie la relación de aspecto de la foto pasando de la original 3:2 a 2:3, hablando en castellano que pase de horizontal a vertical
De ser necesario modificar la posición del ave que haga los ajustes necesarios sin modificar las proporciones ni la anatomía.
Escribí que no altere colores, contraste, luces, sombras, y saturacioón de color. agregar mas textura al tronco del árbol, y reemplazar el cielo grisáceo por un fondo de vegetación con distintas tonalidades de verde, dar efecto de reducida profundidad de campo desenfocando el plano del fondo, pedí también que filtre la totalidad del ruido digital, y en cuestión de menos de 15 segundos obtuve lo que pedí.
El resultado me dejó sinceramente sorprendido. No solamente por la velocidad, sino por la capacidad que tiene actualmente una herramienta de este tipo para interpretar una indicación escrita y transformarla en algo visualmente convincente. Y cuando digo convincente, lo digo en serio.
Esta es la imagen original.

Y esta es la imagen generada por Firefly, así se llama la IA de Adobe Photoshop

De hecho, después de compartir la fotografía con algunos amigos fotógrafos, varios de ellos creyeron que la escena era real. Obviamente no tardé demasiado en contarles la verdad y explicarles cómo había sido realizada, porque justamente parte de la prueba consistía en comprobar hasta qué punto una fotografía generada o modificada de esta manera podía pasar por una fotografía auténtica, y ahí fue cuando la cosa dejó de ser solamente una curiosidad tecnológica. Porque una cosa es saber que la inteligencia artificial existe, que puede escribir, dibujar, generar música, modificar fotografías, crear videos, imitar voces, reconstruir escenas y hacer una cantidad de cosas que hasta hace muy pocos años parecían directamente sacadas de una película de ciencia ficción. Y otra muy distinta es tenerla delante, darle unas instrucciones con palabras comunes y ver aparecer en cuestión de segundos algo que nuestros ojos aceptan como verdadero y ese último punto es el que más me interesa porque al menos en mi caso uno ya empieza a mirar todo con cierta desconfianza.
Una fotografía puede haber ocurrido exactamente como la vemos, puede haber sido retocada, puede haber sido parcialmente reconstruida o puede no haber ocurrido nunca. Una voz puede pertenecer a una persona que jamás pronunció esas palabras. Un video puede mostrar a alguien haciendo o diciendo algo que nunca hizo ni dijo. Una canción puede haber sido creada sin que detrás exista siquiera un músico tocando un instrumento. Y una imagen puede mostrarnos un lugar, un animal, una persona o una situación que jamás existieron, y esto recién empieza. No lo digo como una crítica a la tecnología. Todo lo contrario. Me parece fascinante. También me parece extraordinario que una herramienta pueda hacer en segundos algo que hace unos años hubiera requerido conocimientos técnicos, horas de trabajo y probablemente bastante experiencia. El problema, al menos para mí, no está en que la tecnología sea capaz de hacerlo. El verdadero problema empieza cuando nosotros dejamos de preguntarnos qué estamos viendo.
Porque durante mucho tiempo la fotografía tuvo algo de prueba, no era una prueba absoluta, por supuesto. La fotografía siempre pudo ser manipulada, recortada, retocada, iluminada artificialmente, tomada desde un determinado ángulo o seleccionada para mostrar solamente una parte de una situación. Mucho antes de que apareciera la inteligencia artificial ya existía el retoque fotográfico y también existía la fotografía engañosa pero había una diferencia importante porque había que hacer el trabajo y hoy esa frontera se volvió muchísimo más difusa.
Una persona que jamás haya utilizado Photoshop puede escribir una frase y obtener una imagen prácticamente terminada. Y probablemente dentro de poco ni siquiera necesite saber exactamente qué está pidiendo. La propia herramienta podrá interpretar una intención, corregirla, proponer alternativas y realizar modificaciones cada vez más complejas, y entonces aparece una pregunta que me parece bastante más difícil de responder que cualquier cuestión técnica.
¿Porque algo puede hacerse significa necesariamente que debemos hacerlo? Y ahí entramos en un terreno mucho más incómodo.
La tecnología siempre avanzó porque alguien se animó a hacer algo que antes no podía hacerse. Sería absurdo pretender detener el progreso. Tampoco creo que tenga sentido mirar la inteligencia artificial como si fuera el enemigo. Es una herramienta, y como cualquier herramienta puede utilizarse de muchas maneras diferentes, un martillo puede servir para construir una casa o para romper una ventana, la herramienta no decide qué hacemos con ella y quizás ahí esté buena parte del dilema. ¿Qué hacemos nosotros con esta posibilidad?
En fotografía, por ejemplo, para mí existe una diferencia bastante grande entre revelar una fotografía y fabricar una fotografía. Ajustar exposición, contraste, temperatura de color, recuperar luces, levantar sombras, reducir ruido o realizar un recorte son cosas que forman parte del proceso de llevar a una imagen el resultado que uno tenía en mente cuando apretó el disparador.
Pero otra cosa es pedirle a una inteligencia artificial que agregue un animal que nunca estuvo allí, que cambie completamente el fondo, que elimine elementos importantes de la escena o que construya una situación que jamás ocurrió y después presentar esa imagen como si fuera una fotografía documental.
Ahí, al menos para mí, aparece una frontera, y no necesariamente una frontera tecnológica, una frontera ética porque cuando fotografío un ave, especialmente después de tantos años de hacerlo, una parte importante de lo que me interesa no está solamente en la fotografía final, está en todo lo que ocurrió antes, está en haber encontrado al animal, en haberlo esperado, en haber observado su comportamiento, en haber elegido el momento, en haber soportado que se fuera justo cuando uno estaba a punto de apretar el disparador, en haber sacado veinte fotografías horribles para conseguir una que más o menos sirviera, en haber vuelto a casa y descubrir que la que uno creía extraordinaria estaba movida, en haber aprendido con los años; y también está ese pequeño orgullo de saber que, detrás de esa fotografía, hubo una situación real, el ave estuvo allí, yo estuve allí, la luz era esa, el fondo era ese, y ese instante ocurrió una sola vez.
Quizás por eso me cuesta tanto separar la fotografía de la experiencia que existe detrás de ella, y por eso también esta imagen que estoy publicando hoy va a ser una excepción dentro de Aves del NEA, porque es la única fotografía del blog que hasta ahora fue procesada utilizando inteligencia artificial para modificar de manera sustancial el resultado, y justamente por eso decidí publicarla.
No para hacerme el moderno, ni para demostrar lo que puede hacer Photoshop, ni mucho menos para engañar a nadie; todo lo contrario, la publico para dejar constancia de lo que puede hacerse y, sobre todo, para que quede claro que la fotografía que están viendo no representa una escena tal como fue registrada originalmente por la cámara.
Podría haberla publicado sin decir nada.
Probablemente muchos la hubieran tomado como una fotografía real.
Y justamente ahí está el problema.
Porque si una imagen puede engañarnos tan fácilmente, entonces también nosotros tenemos que empezar a cambiar la manera en que miramos las imágenes. Quizás dentro de algunos años ya no alcance con decir "lo vi en una foto" y habrá que preguntar quién la hizo, cuándo, cómo, con qué cámara, si existe el archivo original y, dependiendo del caso, qué tipo de modificaciones recibió.
Puede parecer exagerado hoy, pero hace algunos años también parecía exagerado pensar que íbamos a necesitar desconfiar de un video porque podía haber sido generado artificialmente, y acá estamos.
Por mi parte, seguiré disfrutando de la edición tradicional, me gusta hacer yo mismo las cosas, me gusta revelar un RAW, mirar qué información captó el sensor, decidir cuánto contraste necesita una fotografía, corregir una exposición, trabajar los colores y tratar de sacar de esa imagen lo mejor posible sin convertirla en otra cosa, no necesito que la computadora salga al monte por mí, prefiero equivocarme yo, prefiero que una fotografía tenga un pequeño defecto pero que ese defecto también sea parte de la historia, prefiero una foto imperfecta de un ave que realmente estuvo delante mío antes que una fotografía técnicamente perfecta de un ave que nunca estuvo allí.
Quizás alguno diga que estoy chapado a la antigua y probablemente tenga razón pero en este caso no me molesta, me gusta lo tradicional, lo clásico, lo real. Me gusta saber que detrás de una fotografía hay una persona que salió, caminó, esperó, miró, tuvo paciencia y finalmente consiguió registrar algo que realmente sucedió; eso no significa que quiera volver atrás ni que pretenda negar todo lo que la tecnología puede ofrecernos. Seguramente seguiré utilizando herramientas nuevas y aprendiendo cosas. Sería absurdo no hacerlo pero creo que también tenemos que aprender a poner límites y quizás esos límites no deberían estar escritos solamente en un programa de computadora, deberían estar también en nosotros porque la pregunta interesante ya no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, la pregunta interesante es qué queremos que haga.
Y todavía más importante... ¿Qué queremos seguir haciendo nosotros?
En un mundo donde una máquina puede crear en diez segundos algo que parece una fotografía auténtica, quizás el verdadero valor de una fotografía ya no esté solamente en lo bien que se ve; quizás empiece a estar nuevamente en la historia que existe detrás de ella, en saber que ese momento ocurrió, que ese animal estaba allí, que alguien tuvo la paciencia de esperarlo, que hubo una mañana, una tarde, un camino, un monte, un árbol, una luz determinada y una persona detrás de una cámara. Y mientras todo eso siga existiendo, creo que todavía hay algo que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar.
La experiencia de haber estado allí y por ahora, personalmente, me quedo con eso.
Para terminar esta entrada al blog les comparto el resto de la serie que edité (Sin IA) de la única vez que apareció esta especie en el Club Refugio Ombú allá por el año 2015 para nunca mas aparecer nuevamente.

