13 de agosto de 2026
Puede que lo que siempre he pensado de J., que le quita importancia a lo mío mientras que lo suyo es mejor y más guay y más interesante, yo se lo haga también a mi hermana.
Ella me cuenta que ha ido al gym y que el reloj le dice que tiene una edad física de veintitrés años, y yo no le doy demasiada importancia, pero sí se la doy al hecho de que puedo hacer dominadas y lo demuestro en el momento.
Y no es porque lo suyo me parezca peor o más nimio, sino porque necesito que vea que soy guay. Quiero la validación de esa persona en concreto justamente porque la considero importante, porque quiero que sus ojos me vean brillante, que me idolatren. Ella se ríe por todo y su risa es clara como el agua de la Fuente Vieja, creo que es la persona con la que más me río, antes decía eso de J. También me pasa un poco con O., y solo lo conozco desde hace unas semanas, cada frase que dice me hace estallar en carcajadas. El caso es que mi hermana tiene algo luminoso dentro y quiero que ella vea también esa luz en mí. Por eso tengo ganas de contarle todo lo mío, no es que no quiera escuchar lo suyo.
Y por primera vez, he pensado que quizá a J. le pasaba lo mismo conmigo, con otra gente no puede ser él mismo (lo que nos suele pasar a todos en realidad) y conmigo podía sentirse admirado y querido, pero no por cualquiera. A nadie le importa que un compañero de trabajo aburrido te admire o que el novio de tu amiga que tiene una vida tan rutinaria piense que eres divertido y aventurero. Lo que nos importa es que la persona a la que, en cierto modo, envidiamos nos devuelva un reflejo de nosotros mismos que nos guste.
Por eso me hablaba con tanta pasión del libro que se estaba leyendo, sobre los apegos, por eso le molestó que le dijese que no me esforzaría en leerlo, que no me lo compraría, solo me lo leería si lo encontraba en la biblioteca. Por eso me enviaba fotos de la piscina de la casa a la que fue con sus amigos, de sus saltos mortales. Por eso me mostraba lo que comía en el mejor restaurante de Barcelona, a veces era una taberna antigua, otras un bar cutre donde el dueño, un hombre de ya casi setenta años, trabajaba desde que cumplió la mayoría de edad, otras el mejor japonés. Se jactaba de que le invitaban sus clientes, me restregaba que eso no me pasaba a mí. Y no me pasaba de esa manera, pero mi hermana justamente siempre me decía: ¿Cómo lo haces para que siempre te inviten a comer? Y a eso no le daba importancia, a mis compañeros de piso cocinando para mí, a mis amigos trayéndome dulces a la oficina, a los chicos con los que quedaba invitándome a cenar, preparándome los platos más elaborados.
Aunque supongo que eso lo hace desde siempre y por eso me gustó tanto, cuando me hablaba de las mejores noches con su amigo alemán, en un parque bebiéndose un six-pack cada uno, yo nunca había oído la expresión six-pack en español, hablándome de Gdansk, una ciudad costera de Polonia de la que no había oído hablar nunca, con una casa boca abajo, con la mesa de madera más larga de algún sitio. Y recuerdo ver sus selfies con el gorro color café, que para mí era más anaranjado, y me daba penita que viajase solo y no tuviese a nadie para hacerle fotos, y ternura porque sonreía con vergüenza, con la boca estrecha, los labios apretados, la sonrisa de medio lado que tanto le he visto, y a la vez me hacía sentir que era independiente, que podía con todo solo, que se divertía siempre, en cualquier circunstancia, hasta cuando fue borracho en el bus nocturno cruzando la frontera
Y espero no hacer sentir inferior a nadie contando mis historietas y fardando de las cosas que me pasan, de la gente que conozco, de los regalos que me hacen, de las aventuras que vivo, de los lugares que descubro, playas, ríos, bares, librerías, miradores, pueblos.
