-El sonido del ventilador es como el de unas tijeras cortando una tela infinita -me dice mientras aún estamos desnudos en la cama, abrazados. Me sigue sorprendiendo la inventiva que tiene, la mente tan diferente a la del resto, las asociaciones que hace.
Sin embargo, yo ya estoy en un lugar lejano, mi cabeza está enfadada con él y conmigo misma. El arrepentimiento y la culpa son sentimientos con los que he convivido los años posteriores a la ruptura.
Nos despedimos en la puerta solo porque él me pide que le acompañe, yo me habría quedado en la cama sin moverme como una muñeca rota. No quiero y a la vez quiero hacerle sentir mal. ¿Cómo puede no afectarle?
-¿Te puedo preguntar qué es todo lo que te pasó y que te guardaste?
-No lo sé…
Silencio por mi parte.
-Me estoy agobiando, ¿me puedo ir?
Creo que tiene la gorra estrujada entre las manos, veo sus nudillos apretados volverse blancos.
Y el sufrimiento en su cara me recuerda a su peor época, cuando estaba perdido y le superaba todo, cuando tenía ganas de irse a casa un domingo por la tarde porque al día siguiente madrugaba y quería tenerlo todo ordenado y estaba bien conmigo y eso todavía le hacía sentir peor.
Cuando cierro la puerta tras de mí, estallo en llanto como no lo había hecho en años. Solo lloro de esa forma tan violenta por él. Es un lloro que me desgarra la garganta, me doblo por la mitad apoyada contra la pared, a veces no sale sonido por la boca, como cuando en las películas se muestran los segundos después de la detonación de una bomba.
Y por la mañana me encuentro la taza llena de agua en el suelo de la habitación, los hielos restantes se derritieron sin llegar a nuestra piel. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo al pensar en sus manos deslizándose por mi espalda, todo derretido en segundos por el calor que desprendía nuestra piel.
Recuerdo la sensación, él sobre mí quitándome la camiseta, recorriendo mi espalda. Luego mis piernas. Yo me pongo la camiseta de nuevo. Él me la vuelve a quitar y confieso que esa muestra de poder me pone mucho. Quiero que haga conmigo lo que le dé la gana.
Yo también juego con él, el hielo pasa sobre su pecho, recorre su ombligo, que es perfecto y precioso, baja un poco más, vuelve a subir, se acerca a sus ingles, vuelve a su cuello. Su cara lo dice todo.
Se vuelve a colocar sobre mí.
-Sí que estás morena -me dice mientras aparta ligeramente mi ropa interior.
¿Por qué me gusta tanto que juegue así conmigo?
-Nos estamos pasando, vamos a parar -le digo.
-Tienes razón -responde mientras su mirada intensa sigue posada sobre mis ojos.
Sé que lo hará y sé que le dejaré. Se acerca y me besa y sus besos son tan húmedos y me susurra que estoy mojada y todo es rápido y lento y el placer se expande y quiero tenerle dentro siempre.
Se nos quedó la historia sin contar, no sé qué casa vio, ni qué animal, ni qué hizo con el bol, ni si se metió en el agua de golpe o lentamente, o lo esquivó. Él no sabrá qué pasa con sus respuestas.
-¿Por qué no quisiste estar conmigo?
-No lo sé, Claudia, ¿cuánto tiempo ha pasado?
Tres años. Mucho tiempo, pero ninguna respuesta aún.
Veo los vídeos que sube mi amiga viendo el partido y me noto mayor. Morena, pero mayor, el cuello estirado. Ahora, lavándome los dientes, mi reflejo se ve en la brillante tapa del desagüe, deformado, mi torso desnudo intenta hacer equilibrios sobre la superficie plateada.
No quiero a nadie que no sea como yo quiero que sea. Por eso no quiero a Axel. Según M., tengo unos estándares de lo que quiero en una relación basados en mi primera relación, es decir, lo que me gusta de mi futura pareja lo ha marcado J.
