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hedy lamarr: pero qué invento es esto?

Publicado el 07 noviembre 2015 por Enriquestenreiro @soyconfeso
hedy lamarr: pero qué invento es esto?
La extraña mujer (Edgar G. Ulmer, 1946) esun folletín (con co-dirección no acreditada de Douglas Sirk) en blanco y negro que narra el imparable ascenso hasta la gloria de Jenny Hager (Heddy Lamarr). Como armas, Jenny posee la mentira, que maneja con destreza desde su más tierna infancia, la ambición («No quiero el más joven, quiero el más rico») y, sobre todo, la belleza («Esta no es la vida para la que nací. Gusto a los hombres y ellos son los que manejan el dinero»). Como telón de fondo, Jenny tiene una vida miserable marcada por la ausencia de una madre y el alcoholismo de un padre. Pues bien, escapando de esta realidad, Jenny se desposa con el hombre más rico del pueblo, el Sr. Poster (Gene Lockhart) quien además es el padre del mejor y más viejo y querido amigo de Jenny, Ephraim (Louis Hayward). Desde muy pronto, Jenny comienza a trazar el plan que la encumbrará. Primero, consigue manejar a su antojo a un esposo que, acomplejado por la edad, quiere enviar fuera a Ephraim para evitar posibles tentaciones con su ahora madrastra. Además Jenny logra que el Sr. Poster desembolse importantes sumas de dinero para así convertirse en la más altruista del lugar, limpiando su reputación y asegurando un destacado lugar en ese ente tan poderoso en EE.UU llamado «comunidad». Alcanzada la cima, a Jenny le sobra su viejo esposo, por lo que convence a Ephraim, ya convertido en amante, para que simulando un accidente termine con la vida de su propio padre. Así lo hace o, al menos, esto es lo que opinan todos (en realidad no existió tal asesinato) porque los encantos de Hedy Lamarr es lo que tienen… El pánfilo de Ephraim es condenado en vida al alcoholismo y Jenny, lejos de tenderle una mano, firma la sentencia («No puedes entrar en esa casa, miserable cobarde. ¡Mataste a tu padre!»). Y Ephraim se suicida. La nueva viuda ha puesto los ojos en otra víctima, John Evered (George Sanders), un empleado de su difunto esposo que Jenny convierte en jefe. ¿A quién le importa que John esté prometido? ¡A Jenny no, desde luego! Sucede que John es un hombre bueno (uno de los pocos papeles positivos que interpretó George Sanders a lo largo de  su carrera) y poco a poco, recordando las advertencias de Ephraim, va comprendiendo la verdadera personalidad de su amante, una personalidad que también incluye la celopatía entre sus rasgos más destacados.    Un buen día John está reunido castamente con su ex amante en una plantación. Jenny teme que debido a este encuentro todos sus pecados salgan a relucir. Así que sube a un carro y rauda y veloz y celosa corre hacia la plantación. Cuando está llegando, ve a lo lejos a John y su antigua prometida. Jenny arrea el caballo. Quiere llevarse por delante a la pareja pero una piedra en el camino provoca que salga despedida por los aires, caiga sobre un talud y ruede y ruede y ruede hasta detenerse. John corre a su encuentro y la toma entre sus brazos. Jenny, bellísima, sin apenas un rasguño, agoniza.
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Jenny Hager es uno de los personajes más paradigmáticos del arribismo durante la edad de oro del cine americano a pesar de ser la protagonista de un producto de serie B. El realizador Edgar G. Ulmer posee una de las filmografías más interesantes del siglo XX. Aunque a veces celebramos que en las listas de “las mejores” se incluyan títulos suyos como la imprescindible y negra Detour (1945) o la fantástica El Ser del Planeta X (The Man From Planet X, 1951), no podemos obviar que dirigió en 1934 a Bela Lugosi y Boris Karloff en Satanás(The Black Cat) o que aprendió la profesión junto a nombres tan importantes como F.W. Murnau, Fritz Lang o Erich Von Stroheim. Con estos inicios, todo parecía presagiar que Ulmer ocuparía un lugar destacado en la primera división de Hollywood. Pero no fue así. El principal impedimento fue enamorarse de la mujer del sobrino de Carl Laemmle, fundador de los estudios Universal y, en consecuencia, uno de los personajes más poderosos del momento. Edgar G. Ulmer fue desterrado de por vida a la siempre interesante segunda fila de Hollywood. Eso sí, lo hizo acompañado de su amante, ahora convertida en flamante señora Ulmer, con quien permaneció unido hasta el fin de sus días.
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Hedy Lamarr no fue una gran actriz, la verdad. Su interpretación en La Extraña Mujer es deudora en gran medida de la ejecutada por Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (papel al que, cómo no, también se postuló). Más allá de Sansón y Dalila (Cecil B. DeMille, 1949), grabada en el imaginario colectivo como “una película de Hedy Lamarr”, y —quizás— Argel(John Cromwell, 1938) o Camarada X (King Vidor, 1940), en su filmografía, compuesta por poco más de treinta títulos, no encontramos grandes proezas interpretativas. Destaca, eso sí, Extasis(Gustav Machatý, 1933), más que nada porque gracias a ella Lamarr se convirtió en la primera actriz en aparecer completamente desnuda en una película comercial, y destacan también — ¡y de qué manera!— las fotografías promocionales que le hizo George Hurrel en distintos momentos de su carrera, unas fotografías que congelarían de por vida la belleza y juventud de la actriz austríaca y ante las que se lamentaría cada vez que acudiera a hacerse un retoque estético, una afición que devino adicción, eliminando casi por completo de su rostro cualquier leve atisbo de lo que un día fue. Más allá de estos títulos, Hedy siempre ha sido mucho más interesante por todo lo que no hizo en el cine. En primer lugar, rechazó los papeles protagonistas de Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y Luz de gas (George Cukor, 1944), hecho por el que los fans de Ingrid Bergman la adoran. Mientras su carrera cinematográfica ensombrecía, su presencia en los tabloides aumentaba a base de escándalos, amantes y hurtos pues fue sorprendida en varias ocasiones robando objetos inútiles de tiendas y almacenes. Fue autora de frases ingeniosas, de esas que se anclan a una biografía como lapas a una roca. «Cualquier chica puede ser glamurosa. Lo único que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida» es, quizás, la más célebre y celebrada de todas, no tanto por las veces que ha sido llevada a la práctica como por la triste realidad que escondía. Y es que Hedy, como Judy Holliday o Jayne Mansfield, tenía una inteligencia superior a la media. Su biografía está jalonada por multitud de acontecimientos dignos del mejor de los guionistas de Hollywood, entre los que destaca su matrimonio en Europa con el magnate de la industria armamentística Friedrich ‘Fritz‘ Mandl, proveedor de los ejércitos de Hitler y Mussolini. Fritz era muy celoso, tanto que Hedy se vio obligada a abandonar la interpretación y enclaustrarse en casa. Durante este tiempo aprovechó para estudiar ingeniería y, gracias a las reuniones de trabajo a las que acudía con su marido, así como a sus numerosos contactos, fue adquiriendo valiosos conocimientos que años más tarde compartiría con el ejército de los EE.UU. Las leyendas cuentan que Hedy abandonó a su marido escapando por la ventana de un restaurante, huyó en automóvil a París, desde aquí viajó a Londres, vendió sus joyas y compró un pasaje en barco a EE.UU.

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Hedy Lamarr by George Hurrell, 1938


Anunciada por la Metro como «la mujer más bella del mundo», paralelamente a su carrera cinematográfica desarrolló una faceta por la que hoy es, si cabe, más conocida. Junto al compositor George Antheil, patentó en 1942 un sistema de comunicaciones secreto, un sistema en salto de frecuencia que permitía teledirigir los torpedos por radio. Se adelantaron a su tiempo, de ello no cabe duda, pues la primera vez que se puso en práctica fue con motivo de la crisis de los misiles de Cuba. Hoy existe unanimidad a la hora de reconocer el invento de Lamarr y Antheil como un precedente indispensable para idear la tecnología en la que se basa el wifi moderno. Dos años antes del fallecimiento de la actriz, en el año 2000, la Electronic Frontier Foundation le otorgó un premio por su contribución a las comunicaciones inalámbricas y además el día de su nacimiento, 9 de noviembre, se celebra el Día del Inventor.   

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