Revista Arte

Hirst, Muñoz Molina y el arte que no existe

Por Deperez5
Antonio Muñoz Molina visitó hace pocos días la exposición de Damien Hirst abierta en la galería Gagosian de Nueva York, una experiencia que sirve, dice, “para entender algo sobre el mundo de ahora y para no entender nada al mismo tiempo”.
Como introducción a las reflexiones que le inspiró la muestra, el escritor español hace un inventario de las invenciones de Hirst, “tan previsibles como los productos de una franquicia comercial. Hay una cabeza de vaca conservada en formol, con media lengua fuera, con un disco de oro en el testuz, con los cuernos forrados de láminas de oro; hay fotografías a todo color y gran formato de píldoras medicinales; hay armarios de cristal que contienen amontonamientos diversos de cajas de medicinas; hay paneles cubiertos por mariposas de alas desplegadas y adheridas a la superficie; hay anaqueles de marcos dorados, semejantes a escaparates de joyerías, en los que se alinean imitaciones de brillantes o brillantes verdaderos en los que restalla la luz de los focos; hay cuadros de calaveras hechas con pintura sintética y otros en los que la pintura se ha expandido al verterla sobre un panel giratorio. Escaleras arriba y escaleras abajo en un edificio situado en una de las zonas comerciales más caras de Manhattan la exposición parece no acabarse nunca. Una sala conduce a otra sala idéntica. Un cuadro de mariposas conduce a otro cuadro de mariposas, y un armario de cajas de medicinas se parece extraordinariamente a otro, aunque habrá expertos que puedan distinguirlos entre sí”.
Titulada End of an Era, la exposición le sirve a Muñoz Molina para entender, en línea con Don Thompson, que “los clientes de Hirst y de la galería Gagosian buscan lo mismo, aunque a un precio mucho más alto, que los de Prada o Gucci en esa misma zona de Madison Avenue. Lo que se paga es lo que casi no existe: el nombre, la idea, el brillo del papel en una revista de modas".
Más adelante Muñoz Molina reproduce las explicaciones que le ofrece un experto de la galería: “Damien Hirst no tiene que molestarse en hacer nada. Asistentes anónimos amontonan con paciencia las cajas de medicinas en los anaqueles o pintan los cuadros de lunares o pegan las mariposas sobre los paneles de madera a los cuales aplican después capas de color y barniz. Ni siquiera vierte él mismo la pintura en la centrifugadora de la que se extraen algunas de sus obras. A estas alturas al experto se le va poniendo un gesto sarcástico ante mi ignorancia: lo que Hirst crea, se apresura a explicarme, no es un objeto material en sí, sino algo mucho más preciado, un concepto”.
La invitación de Muñoz Molina “a entender algo y no entender nada al mismo tiempo”, sobre este curioso mundo del arte oficial de nuestros días, en el que incomprensiblemente se paga “por lo que casi no existe”, tiene, posiblemente, una interpretación que no es difícil intuir.
Ese gesto de pagar por lo que no existe se podría explicar, con toda probabilidad, como una demostración de superioridad de quienes se jactan de poseer un conocimiento impenetrable para el común de los mortales, o de los poderosos propietarios de fortunas desmedidas, que pueden permitirse el lujo de pagar cifras de 6 ceros por una cabeza de vaca o una caja de medicinas.
El resultado es indudablemente exitoso en esta era que nos toca transitar, como lo demuestran las bienales, las galerías de moda y los grandes remates de arte.
Pero vale preguntarse qué pasará cuando la espesa trama de relaciones e intereses creados, que hoy sostiene el valor de lo que no existe, se haya hundido en el olvido.
Hagamos un esfuerzo de imaginación para trasladarnos al mundo de mañana.
Imaginemos la sociedad del siglo XXIII, momento en el que las ideas y las modas del presente, caracterizado por su imperiosa sed de futuro, reposarán en el polvo y la melancolía del pasado, y las nuevas generaciones con sus nuevas ideas impondrán el tono de la época.
En ese mañana inexorable, las obras de hoy estarán solas, obligadas a expresar significados por sí mismas. Para volver a Muñoz Molina, ya no contarán con el concurso de “los entusiastas y los escandalizados, los críticos, los expertos, los periodistas fascinados por lo último, (que) ya ni siquiera somos público. No somos más que comparsas”.
En ese contexto, no parece aventurado predecir que el sacralizado mingitorio de Duchamp y la infinidad de imitaciones que lo siguieron, como las cajas de medicina y las cabezas de vaca, volverán a ser nada más que lo que son, y dejarán de ser lo que el afiebrado mundo del arte conceptual imagina que son.

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