"No hace falta ser muy listo -me dijo-, o lista", e hizo ese gesto de paciencia cómplice que tan bien conoces, "para comprender que estos segundos que estás viviendo ahora, ya ves, no van a volver, como lo oyes, no... van... a... volver". "Pues... ¡menos mal! -le dije abriendo los brazos de ese modo que tanto te gusta-, porque, francamente, estas horas se me están haciendo del todo insoportables". Luego me miró y se fue silbando.
