Revista Cine

La escena de la Anunciación en el cine

Por Amendiz @alfonso_mendiz
Hoy es la antigua fiesta del Arcángel San Gabriel (“antigua” porque hace años se pasó al mes de septiembre, unida a la de San Miguel y San Rafael) y mañana celebraremos la Solemnidad de la Anunciación. Es quizás el día más apropiado para reflexionar sobre cómo ha reflejado el cine ese sublime momento de la historia de la Salvación.
Ciertamente, es una escena compleja: Dios que se hace hombre, la Eternidad que entra misteriosamente en el tiempo. Y en ella intervienen dos personajes de singular relieve: un Arcángel, que habla en nombre de Dios, y una criatura que, desde ese mismo instante, queda convertida en la Madre del Redentor. Por eso mismo, aunque la dignidad angélica es muy superior a la humana, es el Arcángel quien se humilla y sirve a la criatura, porque María es la Reina de cielos y tierra, la Reina de todos los ángeles y arcángeles. Por todo ello resulta muy difícil representar esta escena en toda su amplitud, en toda su significación.
Las primeras películas sobre Jesús desarrollan esta escena con un sentido muy pictórico, imitando las composiciones de cuadros renacentistas. De hecho, los filmes sobre Jesús de la primera época muda (hasta 1915) no tienen un hilo argumental definido, sino que son más bien cuadros piadosos y aislados, a modo de estampas. El fotograma que vemos arriba es de la película “Vida y pasión de Nuestro Señor Jesucristo” (1907), de Ferdinand Zecca, y evidencia un estilo que sería típico en toda esta época: imágenes estáticas, que identifican fácilmente escenas de la vida de Jesús, plasmadas con un tono solemne que invita a la contemplación del misterio. Del mismo modo se representa la escena en la otra gran película del cine mudo: “Del pesebre a la cruz” (1912), de Sidney Olcott.
En las grandes producciones de los años sesenta, tanto en las de Hollywood (“Rey de reyes”, 1961; “La historia más grande jamás contada”, 1965) como en las europeas (“El Evangelio según San Mateo”, 1964; “Son of man”, 1969) la escena de la Anunciación se omite, y esto aunque todos los relatos comienzan con el nacimiento y la infancia de Jesús.
En los años setenta ocurre algo parecido. Ni “Godspell” (1973), ni “Jesucristo Superstar” (1973) ni “El Mesías” (1975) incluyen la escena del Arcángel, aunque aquí la omisión sí está justificada: los guiones de esas películas comienzan en la vida pública del Señor, eludiendo toda referencia al nacimiento de Cristo. La misma situación argumental van a presentar las últimas películas sobre Cristo: “El hombre que hacía milagros” (1999), “The Gospel of John”(2003) o “La pasión de Cristo” (2004) arrancan con la vida pública del Señor.
Con esto, nuestro análisis tiene que centrarse necesariamente en los dos filmes que sí se han atrevido a tratar de plasmar en imágenes el pasaje evangélico de la Anunciación: “Jesús de Nazaret” (1977), de Zeffirelli, y “La Natividad” (2006), de Catherine Hardwick. Adelanto ya que ninguna de las dos representaciones ha gustado plenamente a las audiencias.
En la primera de esas cintas, la escena contradice en parte lo imaginado durante siglos por la piedad popular: en el filme de Zeffirelli el anuncio de Gabriel sorprende a María conciliando el sueño, mientras que la iconografía tradicional la ha representado habitualmente recogida en oración. Por otra parte, vemos a una María inicialmente asustada y superada por la irrupción del ángel, algo que empaña la visión de una mujer “llena de gracia”, llena sobre todo de serenidad y de confianza en Dios. Afortunadamente, ese arranque un tanto heterodoxo da paso a un final de secuencia en que María muestra cada vez más sosiego, más recogimiento y paz interior.
Por lo demás, la puesta en escena resulta especialmente simbólica. Una iluminación en fuerte contraluz se convierte en signo de la intervención divina: igual que —en el plano sonoro— oímos la voz del Arcángel sin ver la figura de la que proceden sus palabras, también percibimos —en el plano visual— una fuerte luminosidad sin ver la fuente de la que procede: un Misterio (la Encarnación anunciada en las palabras) se expresa en otro misterio (el origen de esa luz en medio de la noche). Al mismo tiempo, la luz cegadora alude a una enseñanza de la tradición cristiana: la luz de Dios es tan intensa que nos ciega, por eso no podemos verle ni comprenderle en su totalidad.
Algunos han reprochado la ausencia en la escena tanto del Ángel como de sus palabras. Esto obedece a la decisión de Zeffirelli de no mostrar seres sobrenaturales (ángeles, demonios, el Espíritu Santo) en las escenas que protagonizan: Anunciación, Tentaciones y Bautismo del Señor, respectivamente. El director italiano pensaba que la representación física de esos seres —siempre difícil y controvertida— podría no congeniar con lo imaginado por cada uno de los espectadores. Aquí, en la escena de la Anunciación, se elude mostrar al Arcángel y escuchar sus palabras, y se narra toda la escena desde el punto de vista de Santa Ana: sólo oímos las respuestas de la Virgen y vemos el fuerte resplandor que atraviesa el ventanal.
Finalmente, este modo de narrar lo ocurrido pone el acento en la especial relación de la Virgen con su madre, Santa Ana. María está particularmente unida a ella, y por eso le confía todo su mundo interior, también la Encarnación del Verbo. Es más, toda la escena de la Anunciación, como ya he dicho, se nos cuenta desde el punto de vista de Santa Ana: la vemos despertarse en la noche por el ruido que hace María y contemplar absorta una luz maravillosa sin percibir la figura del ángel ni tampoco su voz.
En “La Natividad”, esta escena presenta también algunos aciertos junto a notables reticencias. El principal motivo de rechazo ha sido la manipulación del texto evangélico. El ángel empieza su embajada con estas palabras: “Salve, oh elegida, el Señor está contigo…”. Pero María es mucho más que eso: es la llena de gracia, una criatura a la que Dios amó de tal modo que decidió que su propio Hijo lo fuera también de Ella, por eso la convirtió en una figura insustituible en la historia de la salvación. Quizás la fe presbiteriana de la directora ha podido influir en ese cambio sin justificación escenica.
Antes de rodar este filme, Catherine Hardwicke había abordado siempre historias sobre jóvenes enfrentados a fuertes conflictos (“Thirteen”, “Los amos de Dogtown”), y ella misma ha señalado que “La Natividad sigue siendo una película sobre una adolescente que se enfrenta a problemas”. El retrato de la Virgen, personaje central de la historia, presenta a una muchacha tímida e introvertida, con cara de susto en la primera parte del filme. Resulta curioso que una chica que aparentemente es muy querida y respetada en Nazareth no devuelva los saludos y se muestre como una joven casi retraída.
Sobre todo, su expresión es con frecuencia apesadumbrada o triste, sin atisbo de la alegría interior de quien —en su humildad— sabe que el Espíritu Santo le ha cubierto con su sombra y va a ser la Madre de Dios: nadie diría, desde luego, que es la Inmaculada, la llena de gracia. Eso a la película le cuesta mucho expresarlo, pero lo intenta con mucho respeto y con una delicadeza que evita lo que podría suponer un planteamiento deformado de la verdad de fe sobre la Virgen.
En este pasaje, la puesta en escena es original, aunque discutible. Hardwicke la sitúa en pleno campo, a mediodía, durante una de las pausas en el trabajo. Las hojas se agitan por el viento (símbolo de la acción del Espíritu Santo, aludiendo así al diálogo de Jesús con Nicodemo) y a continuación oímos unos ecos un poco extraños que repiten “¡Salve, salve!”. La Virgen se asusta. Un apuesto —y un tanto remilgado— Gabriel se presenta en la lejanía y después a su lado. Los símbolos son claros: al terminar el parlamento, una paloma se eleva al cielo y el espectador asocia esa figura a la presencia del Espíritu Santo, como en el Bautismo de Jesús. Pero cuando María, asustada levemente por ese vuelo, vuelve los ojos a su interlocutor, éste ha desaparecido. La escena es bella y pretendidamente alegórica, pero quizás la Virgen hubiera debido estar más en el centro: en todo momento es Gabriel quien conduce la escena, y no la Madre de Dios. Muy al contrario, es ella la que se arrodilla ante al Arcángel, y queda siempre como en un segundo plano.
En todo caso, las críticas vertidas no desmerecen el logro cinematográfico de ambas cintas en una escena de de tan difícil plasmación visual. Para que podáis juzgarlas por vosotros mismos, os dejo aquí la escena de “Jesús de Nazaret, y debajo (en los primeros 2 minutos de ese clip) el pasaje paralelo en “La Natividad”.
¡Felicidades hoy a todos los Gabrieles, y felicidades mañana a todas las Encarnas y Anunciaciones! Feliz día a todos.

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