Esta semana pasada leía un artículo en donde, la persona que lo escribía analizaba la importancia del lenguaje, de las palabras para definir lo que está sucediendo en Ceuta. De cómo la derecha y la ultraderecha utilizan expresiones como “invasión”, “violencia”, “avalancha”, etc. para tensionar a la población y crear alarmismos.
Ocurre algo similar con las violencias machistas y el patriarcado: En la medida se habla de “mujer muerta” y no de mujer asesinada se está ejerciendo, a través del lenguaje, violencia estructural contra las mujeres y utilizando el lenguaje para infringirla.
Es muy sutil, pero ocurre. En los medios de comunicación hay cierta resistencia a hablar de asesinatos de mujeres porque llevan la carga de culpabilidad implícita. Y el patriarcado lo que busca es la justificación del maltratador. Es una cuestión cultural e histórica.
La naturalización de las desigualdades viene de muy atrás y a través de plumas de pensadores que van desde Aristóteles a Rousseau, padre de la pedagogía moderna (y así nos sigue yendo en las escuelas) a través de una biologización de la supremacía masculina a través de los siglos.
Simone de Beauvoir denunciaba en su libro “Memorias de una joven formal” que “Mi educación, mi cultura y la visión de la sociedad tal como era, todo me convencía de que las mujeres pertenecían a una casta inferior”.
Si le sumamos a permanente utilización del genérico masculino y las férreas reticencias de utilizar un lenguaje más inclusivo para incluir a las mujeres y a las niñas, comprenderemos que el lenguaje manipulado por y para los intereses masculinos que tratan de mantener a toda costa sus privilegios, es un arma al servicio de la violencia machista estructural.
Si tenemos en cuenta que la violencia de género no entró a formar parte de las agendas de los gobiernos hasta la IV Conferencia Mundial sobre las mujeres celebrada en Beijing en 1995 y que fue allí donde, por fin, se acuño una definición, comprobaremos que a nivel histórico “sólo” han pasado 31 años des de aquel histórico acuerdo.
Llegamos tarde para la prevención y la formación en el uso más inclusivo del lenguaje que nos represente a las mujeres también como parte de la sociedad.
Una sociedad tiene mujeres trabadoras, sindicalistas, políticas, periodistas, activistas, escritoras, lectoras y así un largo etc. Porque formamos parte de la sociedad, ayudamos a crearla, vivimos en ella. No somos elementos decorativos que se pueden reemplazar por otros cuando te hayas cansado. Somos seres humanos con derechos humanos plenos.
Y sí, aunque sigue habiendo muchos intereses de todo tipo para mantener la supremacía del poder masculino, desde el feminismo seguiremos exigiendo que el lenguaje sea más inclusivo, que nos tenga en cuenta, porque somos, porque existimos.
Otra de las consecuencias del genérico masculino es, como decía Gerda Lerner en 1986 “eliminan a las mujeres en la formación del sistema de ideas” por tanto nos invisibilizan y nos dicen cómo hemos de actuar en cada momento y situación.
Otra de las consecuencias directas es que impiden o evitan que las mujeres desarrollemos una conciencia de género como un grupo particular y eso repercute reforzando al patriarcado en todos los sentidos.
Si tomamos como referencia la definición que hizo en su día el Consejo de Europa sobre violencia estructural y que es “La violencia estructural hace referencia a una forma de violencia no explícita, sin voces, insultos o amenazas. Pero que sitúa a ciertas personas en una situación de desigualdad en el acceso a los recursos o que imposibilita su desarrollo personal” entenderemos la tesis de cómo el lenguaje no inclusivo imposibilita la igualdad real y plena entre mujeres y hombres.
Precisamente por esa igualdad plena es por lo que seguimos luchando desde el feminismo radical (el que va a la raiz) e histórico. Y pese a que hay momentos en que te puedas sentir sola, en este caso, el fin justifica los medios y ahí están los avances conseguidos en el último medio siglo. Y seguimos…
Ben cordialment,
Teresa
