No supimos nada de su verdadera condición hasta que un día, tras un pequeño seísmo, se abrió una grieta en la cueva y penetró por ella un surco de luz que, al dar de lleno en su bulto oscuro, lo transformó en una especie de antorcha y lo lanzó hacia el exterior, convertido en una blanca ráfaga zigzagueante, y no volvimos a verlo. Alguien dijo que se llamaba Lucifer, pero nunca ha habido quirópteros con ese nombre.
