Revista En Femenino

La pausa necesaria:

Por Coachingparamamas

cuidarnos para poder cuidar

Hay un tipo de cansancio que no se nota a simple vista. No es el cansancio de no dormir, aunque también. Es el cansancio de estar en dos lugares al mismo tiempo: con el cuerpo aquí, cocinando, llevando a los niños al colegio, respondiendo correos, y con el alma allá, pegada al teléfono, esperando la próxima noticia, el próximo audio, la próxima confirmación de que los que amamos siguen de pie.

Si estás leyendo esto desde afuera, sabes exactamente de qué hablo.

Llevamos días algunos llevamos años, pero estos días han sido distintos viviendo con el teléfono como una extensión de la mano. Refrescando grupos familiares. Viendo videos que no deberíamos ver dos veces pero vemos tres. Sintiendo que si dejamos de mirar, si nos permitimos un respiro, estamos abandonando a los nuestros.

Y quiero decirte algo con toda la delicadeza que este momento merece: eso no es cierto.

El peso de estar lejos

Los que migramos cargamos una culpa silenciosa que casi nadie nombra. La culpa de haber salido. La culpa de estar seguros mientras otros no lo están. Y cuando llega una tragedia como esta, esa culpa se dispara, se vuelve ruidosa, y nos convence de que la única forma de demostrar que nos importa es quedarnos pegados a la pantalla, sacrificando cada minuto propio en nombre de un dolor que, aunque sea nuestro también, no podemos cargar solos.

Pero aquí está la verdad que a veces se nos olvida: no le sirves a nadie desde el agotamiento.

Tu mamá que está allá no necesita que tú también te derrumbes. Tus hermanos no necesitan una versión tuya vacía, ausente, que contesta mensajes desde el fondo de un pozo. Necesitan que sigas siendo una fuente de fuerza, y eso solo es posible si primero te permites respirar.

Lo que estamos descuidando sin darnos cuenta

Mientras estamos ahí, pendientes de lo que pasa allá, hay algo que se nos escapa entre los dedos: la familia que tenemos aquí. El hijo que te pregunta si todo está bien y tú le contestas distraída. La pareja que te ve presente en el cuerpo pero ausente en la mirada. Los pequeños gestos de cuidado propio que hemos ido dejando de lado comer bien, dormir, salir a caminar porque sentimos que no tenemos derecho a esas pequeñas normalidades mientras allá todo se derrumba.

No se trata de olvidar. Se trata de entender que el cuidado no es un recurso infinito. Si no lo reponemos, se acaba. Y cuando se acaba, no podemos sostener ni lo de aquí ni lo de allá.

La imagen de la piscina

Quiero dejarte una imagen que me ha acompañado estos días y que creo que explica esto mejor que cualquier consejo directo.

Cuando alguien se lanza a una piscina y quiere volver a la superficie con fuerza, no lo hace pataleando desde la mitad del agua. Busca el fondo. Toca el suelo con los pies, y desde ahí, desde ese punto más bajo, toma impulso para subir con fuerza.

Eso es lo que necesitamos hacer ahora. No estamos evitando el dolor al tocar fondo: lo estamos usando. Permitirnos sentir, permitirnos parar, permitirnos llorar y descansar no es debilidad ni indiferencia. Es el único camino real hacia la fuerza que vamos a necesitar después, porque lo que viene la reconstrucción, el acompañamiento a largo plazo, el sostener a quienes lo perdieron todo va a exigir de nosotros mucho más que estos primeros días de angustia inmediata.

Cuidar de cerca para poder cuidar de lejos

Esta pausa no es un lujo. Es una estrategia de supervivencia emocional, y también un acto de amor hacia los que tenemos cerca.

Algunas cosas que pueden ayudar en estos días:

  • Elige momentos para informarte, no vivas informándote todo el día. Revisar las noticias cada hora no cambia lo que está pasando allá, pero sí desgasta tu capacidad de estar presente aquí.
  • Habla con tu familia de aquí sobre lo que sientes. No tienen que vivirlo contigo con la misma intensidad, pero merecen saber por qué estás distinta estos días.
  • Permítete un abrazo, una comida tranquila, una risa. No es traición. Es lo que te va a sostener.
  • Busca un espacio para soltar lo que sientes, ya sea con alguien de confianza, con un grupo de apoyo, o simplemente escribiendo. El dolor que no se expresa se acumula, y un cuerpo acumulado de dolor no tiene fuerza para dar después.

Lo que viene después también nos necesita enteros

Estamos apenas al principio de un proceso que va a ser largo. Los niños que se quedaron sin escuela, las familias que perdieron su hogar, los que quedaron huérfanos: todo eso va a necesitar de nosotros de la diáspora, de los que estamos organizando ayuda, de los que sostenemos desde lejos durante meses, quizás años.

No podemos llegar a esa parte del camino ya exhaustos. Por eso esta pausa, este respirar, este permitirnos tocar fondo por un momento, no es que nos olvidemos de lo que está pasando. Es, precisamente, cómo nos aseguramos de tener la fuerza para no soltarles la mano cuando más nos necesiten.

Respira. Abraza a los tuyos. Y luego, con el corazón un poco más entero, volvamos a organizarnos.

La entrada La pausa necesaria: se publicó primero en Coaching para Mamás.

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