Revista Expatriados

La psicología del budismo tántrico

Por Tiburciosamsa
La psicología del budismo tántrico

Una de las cosas que más sorprende al que se acerca por primera vez al budismo tántrico es toda su parafernalia de deidades. Uno creía que se acercaba a una filosofía que predicaba la vacuidad y se encuentra con que el espacio está atiborrado de dioses diversos. Rob Preece en “The Psychology of Buddhist Tantra” procura aclarar un poco el panorama desde la perspectiva de la psicología junguiana.
Preece nos pide que veamos a las deidades del budismo tántrico como símbolos de fuerzas que se encuentran en la frontera entre la realidad convencional en la que nos movemos y la verdad absoluta a la que aspiramos. En términos de la teoría budista de los tres cuerpos, se encontrarían en el umbral entre la verdad relativa del nirmanakaya y la verdad última del dharmakaya; estarían actuando en el reino del sambhogakaya. Preece estima que el dharmakaya tiene muchos paralelismos con el inconsciente colectivo de Jung. El Yo sería el intermediario entre esa dimension y el ego, cumpliendo una función semejante a la de la naturaleza búdica en la doctrina budista. Pero, para Jung, el Yo siempre permanece en el inconsciente, inalcanzable por el ego.
El budismo estaría de acuerdo con Jung en que la ignorancia hace que el ego se solidifique y se aparte de su verdadera naturaleza. La diferencia es que el budismo cree que la conexión con la naturaleza búdica que realmente somos es posible mediante la práctica. En el budismo tántrico las deidades juegan un papel muy importante en esto.
En un primer nivel, visualizamos a la deidad delante nuestro. Las cualidades arquetípicas que llevamos dentro, las colocamos fuera y las veneramos en la forma de una deidad. Es una manera de empezar a abrirse a nuestra naturaleza búdica. Desarrollar la devoción en estas deidades supone desarrollar sus cualidades dentro de nosotros mismos. Por ejemplo, Mañjushri es el Buda de la sabiduría y representa la capacidad de cortar a través de la confusión y la ignorancia para desarrollar una visión clara de la naturaleza de la realidad. En un nivel más mundano, sería la deidad ideal sobre la que practicar cuando estamos perdidos en nuestra vida y no sabemos qué camino tomar.La psicología del budismo tántricoAquí Mañjusri de buen rollito.
En un segundo nivel se pasa a la autogeneración: el practicante se ve a si mismo transmutado en la deidad. Identificándonos con la deidad nos identificamos con nuestra verdadera naturaleza, accedemos al sambhogakaya. En términos junguianos, decimos adiós a la dualidad ego-Yo.
En un tercer nivel, que no tiene equivalente en la psicología junguiana, comprendemos que en última instancia ni la deidad ni nosotros mismos tenemos existencia real. Es el nivel del dharmakaya, la verdad última.
Preece estima que el budismo tántrico nos ayuda en el proceso de transformación espiritual porque utiliza símbolos que nos permiten conectar con nuestros arquetipos. Existe un nivel inconsciente con el que sólo podemos trabajar por medio de símbolos y rituales. Alejandro Jodorovsky en “Psicomagia” habla mucho de esto. Los alquimistas en sus descripciones sobre la manera de transmutar el plomo en oro, no hablaban de otra cosa.
Preece insiste mucho en que la vía no pasa ni por reprimir ni por dar rienda suelta a nuestros instintos y emociones. Cuando nos negamos a reconocerlos, quedan embalsados dentro del cuerpo y acaban produciendo enfermedades y neurosis. Cuando les damos rienda suelta, sin haberlos integrado, nos vemos envueltos en patrones de conducta. Nos dejamos arrastrar por esos instintos y emociones, pero no los transformamos, simplemente repetimos una y otra vez la obra de teatro que nos obligan a representar.
Un problema frecuente en Occidente es el no querer asumir nuestro lado sombra. Queremos ser buenos chicos sin mancha. Nos indigna pensar que en nuestro interior pueden anidar las emociones de un violador o de un genocida. Creemos que si lo negamos, no existe. Por eso, en Occidente nos gustan los sistemas éticos del todo o nada, o santo o pecador, blanco o negro. Esos sistemas parecen establecer una barrera infranqueable a nuestro lado sombra. La mala noticia es que no existe ninguna barrera tan alta que la sombra no pueda saltarla. La sombra debe de reírse bastante cuando hombres que han hecho el voto de celibato y enseñan a no cometer actos impuros, pierden la cabeza por el monaguillo.
El tantrismo acepta que somos un manojo de emociones, algunas de ellas bastante poco presentables, pero no las etiqueta en buenas y malas. Son lo que hay y con ese material tenemos que trabajar. Una emoción supuestamente “mala”, una vez integrada se convierte en una herramienta muy potente de transformación.
Aquí entran las figuras de las deidades airadas, que causan tanta sorpresa cuando uno se aproxima por primera vez al tantrismo. Tomemos por ejemplo a Yamantaka. A Yamantaka se le representa con cabeza de toro y un pene con una erección que ya la querrían muchos. Ruge, gruñe y da patadas en el suelo como si fuese a embestir. Y hasta es posible que cuando esté cabreado, embista. En la tradición judeocristiana occidental, diríamos que es un hijo del diablo y lo condenaríamos a las tinieblas. Lo convertiríamos en sombra no integrada que acabaría saltándose la barrera y dándonos un capón. El tantrismo no se queda en la apariencia. Ve en Yamantaka el lado airado de Manjushri, la sabiduría cabreada que destruye la ignorancia del ego y se impone al inconsciente. Yamantaka proporciona a la sombra una vía de escape y de expresión.
La psicología del budismo tántricoAquí Mañjusri de rebote, convertido en YamantakaParo aquí. No sé si me estoy liando. Lo que sí sé es que lo estoy explicando mucho peor que Rob Preece. Sólo espero haberle despertado la curiosidad a alguien para que se lea el libro.   

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