La oía hablar con tanto desprecio y tanta oscuridad del deseo de los otros -"todas esas miradas viscosas", decía- y había en sus palabras un tan mal disimulado resentimiento, que comprendió que tal vez nunca hubiera sentido nada semejante. Ni probablemente lo iba a sentir ya nunca. Era el suyo un rugido sordo, ofensivo, inútil. Una verdadera deserción. "Au revoir, tristesse", estuvo a punto de decirle al despedirse. Pero no pudo.
