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La tienda de los horrores – La diligencia 2 (1986)

Publicado el 20 octubre 2012 por 39escalones

La tienda de los horrores – La diligencia 2 (1986)

Esto no se comprende. ¿Hacía falta un puñetero refrito de la obra maestra de John Ford de 1939? Evidentemente, no. ¿Por qué demonios le pusieron La diligencia 2, como queriendo insinuar una continuación de la historia de Dudley Nichols allá donde John Ford la dejó, con John Wayne y Claire Trevor camino de un rancho mexicano, cuando de lo que en realidad se trata es grabar la misma historia, con ligeros cambios, todos ellos pésimos, con ánimo de emitirla en televisión y de hacerle el caldo gordo publicitario a tres músicos de country…? Incógnitas que quizá encuentren respuesta en el responsable último del desaguisado, el televisivo Ted Post, director de diferentes capítulos en distintas series como Colombo y de un puñado de películas entre las que destacan Cometieron dos errores (1968), western con Clint Eastwood, Regreso al planeta de los simios (1970), con Charlton Heston, continuación del célebre filme de ciencia ficción, Harry el fuerte (1973), secuela del Harry el sucio de Don Siegel (1971) o la película pro-guerra de Vietnam La patrulla (1978), con Burt Lancaster y Marc Singer (el guaperas que se enfrentaba a los lagartos de la serie V).

El caso es que este burdo pastiche sigue las líneas generales de la obra de Ernest Haycox que Nichols guionizó para John Ford: un heterogéneo grupo de personas viaja en una diligencia a través del desierto de Arizona en un tramo desprotegido por el ejército y bajo la amenaza de los apaches de Gerónimo, que han cortado los cables del telégrafo y se han puesto en pie de guerra. Se supone que, como el clásico de Ford, la obra debe retratar distintas personalidades, a su vez encarnación de distintas tipologías sociales, que en interacción mutua y continua ante un inminente peligro exponen su compleja psicología, sus diferentes motivaciones y comportamientos ante una situación de riesgo vital, de forma que representan un interesante mosaico humano que revela buena parte de las virtudes y miserias de nuestra especie. El grupo, como ya es sabido, incluye a Lucy, la esposa embarazada de un capitán de caballería con el que va camino de reunirse; Dallas, una prostituta con el corazón roto a quien ha expulsado del pueblo un grupo de mujeres moralistas, un sheriff que recoge a su preso durante el viaje, el conocido forajido Johnny Ringo, un jugador profesional interesado por Lucy, un banquero que ha robado los fondos de su banco… y Doc Holliday, un dentista borrachín (¿Y qué puñetas pinta aquí Holliday…? La idea de la película se supone que es explorar las tensas relaciones entre un grupo tan variopinto, cada uno con su drama y con su quimera, mientras la amenaza de los apaches les obliga a convivir, a transigir y a compartir, hechos que pone también en riesgo el cumplimiento de sus deseos.

Pero no, porque la idea final de la película parece ser la demostración de cómo es posible tomar una obra maestra del cine, despojarla de toda inteligencia, de toda profundidad, de todo atractivo, de todo estilo narrativo, y crear unos personajes de cartón introducidos en un drama forzado y postizo en los que se mezcla sin ton ni son a Doc Holliday, el pistolero y jugador que acompañó a los hermanos Earp en el famoso tiroteo del O.K. Corral de Tombstone de 26 de octubre de 1881 que ya reflejaron en el cine, entre otros, el propio Ford o John Sturges (por dos ocasiones). La película huye acertadamente de la imitación, renuncia a buscar la magnificencia en los exteriores de Monument Valley, las complejas y meritorias tomas de Ford en los espacios abiertos, y su brillante ejercicio de estilo narrativo, porque Post es consciente de que no es ningún genio. Intenta, por el contrario, profundizar en los personajes, incrementar la complejidad de sus relaciones, en ocasiones incluso alterando los personajes originales o sus historias, y al mismo tiempo dotar de igual protagonismo, casi casi medido en minutos, a las tres figuras de la música que promociona: Kris Kristofferson (el pistolero Ringo), Johnny Cash (el sheriff) y Willie Nelson (Holliday). Solo que los personajes carcecen del carisma y la profundidad que sabían otorgarles los miembros de aquel inmortal plantel (que incluía a Thomas Mitchell, John Carradine, Andy Devine o Donald Meek), aquí planamente emulados por Anthony Franciosa o Elizabeth Ashley, no hay diálogos de entidad, las situaciones carecen de tensión, y la amenaza india no está reflejada con la atmósfera de acecho y peligro que sería deseable para creernos la situación desesperada de los pasajeros de la diligencia. No hay tomas de mérito, no hay apenas lenguaje visual… No hay nada excepto grandilocuencia expresiva, solemnidad pretenciosa, la ridiculez intrínseca de Willie Nelson y sus melenas en una mixtura de pistolero-dentista-jugador-médico sin definición (no sé sabe qué aporta al guión el hecho de que encarne a Holliday; podría encarnar a Buffalo Bill, Billy el Niño, Calamity Jane o al perro pulgoso y no alteraría para nada la planicie de las relaciones que establece Post), un inexistente trabajo de cámara, un metraje no exento de incríbles pifias de montaje (tomas montadas al revés, puertas abiertas a lados distintos según la toma, sombreros que cambian de posición, personajes que entran y salen por lugares diferentes…)  y unas interpretaciones que van de lo irrelevante a lo penoso, siendo, curiosamente, Johnny Cash el que más airoso sale.

Tan desastroso es el refrito, que más allá del título, de la situación principal y de varios escorzos de guión, cuesta reconocer que esta cosa tenga algo que ver con La diligencia de Ford. Si, como dijo Orson Welles, aprendió a hacer cine viendo una y otra vez la película de John Ford y le salió Ciudadano Kane, es fácil pensar que si hubiera visto esta versión, en vez de al cine, se hubiera dedicado a los derribos o al gremio de la chatarra. Algunos momentos memorables, como el encuentro de Ringo con la diligencia, los requiebros amatorios del jugador a Lucy, el parto que debe atender el médito borrachín, la progresiva atracción de Ringo y Dallas o la salvación final de los viajeros con la carga de caballería son rodados con piloto automático, desposeídos de magia y encanto, privados de su poder de fascinación. Si de algo sirve La diligencia 2 es de demostración de que el solo uso de la técnica no hace el cine, y de que los grandes maestros del pasado, del gran periodo del cine, surgieron gracias a una conjunción de elementos personales, culturales, intelectuales y artísticos que se han ido perdiendo con las décadas y que, vistas las actuales carteleras, llevan, en su mayor parte, camino de volverse irrecuperables.

Acusados: todos

Atenuantes: …

Agravantes: el sacrilegio

Sentencia: culpables

Condena: atropello, rodillo, apisonadora, martillo pilón…


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